
Este enunciado corresponde al Evangelio de la Liturgia del día de hoy, 28 de julio, es según san Juan 6,1-15.
Un detalle en el que habitualmente no se repara es que Dios, el Señor de todo, el Todopoderoso, quiere que el ser humano aporte algo, aunque tan solo sea una pequeñísima parte, a partir de esa colaboración (expresado en las en pocos panes y peces), Dios hace el resto, todo (casi todo). Bien podría prescindir de esa parte insignificante nuestra; pero el Señor ha querido que fuera así, y se pliega humildemente a que el ser humano participe en su obra. Y esto para todo.
Amén de esta participación o aportación pequeña por la parte humana, no costosa pero si necesaria, y de gran responsabilidad por nuestra parte; Dios lo hace todo, todo es gracia. Por lo demás, como podemos ver en el relato evangélico, Jesús manda sentarse a todos, Él es el que invita a la comida; luego alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, y a renglón seguido se lo sirvió, por medio de sus discípulos, a la gente.
Jesús procuró un alimento físico y también espiritual, este no ya solo por el pan bendito, sino también por el alimento de su palabra.
Hemos de alimentarnos también y sobre todo espiritualmente para no desfallecer y crecer nuestra vida de fe… Jesús ofrece el pan de Vida, pero hay que tener hambre y la convicción de que tenemos que seguir alimentándonos para crecer.
Este milagro también pone de relieve la generosidad de Dios, la sobreabundancia de su Reino: comió una multitud, y aún así sobró: Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras.
Lectura del santo evangelio según san Juan (6,1-15):
En aquel tiempo, Jesús se fue a la otra orilla del mar de Galilea o lago de Tiberíades. Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía curando a los enfermos. Jesús subió al monte y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, festividad de los judíos. Viendo Jesús que mucha gente lo seguía, le dijo a Felipe: «¿Cómo compraremos pan para que coman éstos?» Le hizo esta pregunta para ponerlo a prueba, pues él bien sabía lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Ni doscientos denarios de pan bastarían para que a cada uno le tocara un pedazo de pan». Otro de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un muchacho que trae cinco panes de cebada y dos pescados. Pero, ¿qué es eso para tanta gente?» Jesús le respondió: «Díganle a la gente que se siente». En aquel lugar había mucha hierba. Todos, pues, se sentaron ahí; y tan sólo los hombres eran unos cinco mil.
Enseguida tomó Jesús los panes, y después de dar gracias a Dios, se los fue repartiendo a los que se habían sentado a comer. Igualmente les fue dando de los pescados todo lo que quisieron. Después de que todos se saciaron, dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos sobrantes, para que no se desperdicien». Los recogieron y con los pedazos que sobraron de los cinco panes llenaron doce canastos.
Entonces la gente, al ver el signo que Jesús había hecho, decía: «Éste es, en verdad, el profeta que habría de venir al mundo». Pero Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró de nuevo a la montaña, él solo.
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