La fe y el hacer(la) obras

La fe ha de plasmarse en obras, sin no, es como si no existiera: si aquello que se cree no moviliza, no hace hacer…, si todo se queda en una expresión retórica, ¿de qué sirve? De nada. Si la fe no nos afecta  a la vida real, practica, sino que es mero teorizar, un asentir sin nada solido, transformativo, entonces se está a un paso de traicionarla en cualquier momento, o sea de ser un potencial ateo.

En la liturgia de la misa de hoy, 2 de diciembre, se lee el evangelio según san Mateo (7,21.24-27):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca.
El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

Son palabras contundentes, rotundas, inequívocas, del mismísimo Señor Jesús:   «No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos».

Y como decíamos arriba: si no se practica la fe, si no se plasma en hechos, en la realidad cotidiana, si no se encarna…  se está a un paso de perder la supuesta fe que se tenía; así se advierte de estas palabras del Señor: «El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande».

El riesgo, pues, de no llevar la fe al terreno de las obras es serio, grave: como dice Jesús: su ruina fue grande. Es la responsabilidad nuestra que esto no ocurra; y hoy día está ocurriendo con una falicidad pasmosa: el abandono de la fe, de la religiosidad, que se ha traducido en lo que se ha venido a denominar «apostasía silenciosa» es un fenómeno único de nuestros tiempos presentes. El derrumbe de la fe traerá una ruina muy grande, para la casa (de momento) de Occidente.

Urge no quedar bajo esos escombros; hay que rezar, para no decaer, y que la oración nos lleve a vivir la fe. No hacer esto es un pecado gravísimo: pues no hará la voluntad del Padre, que es la que conduce a entrar al reino de los cielos.

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