La derrota. Carencia de amor

No juzguéis y no seréis juzgados (Lc 6,37). 

La lengua apacible es un árbol de vida,

pero su aspereza hiere el corazón.  (Prov 15,4).

Que no salga de vuestra boca ninguna palabra mala sino la que sea buena y propia para edificación, a fin de hacer bien a los que os oyen, y no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios. (Ef 4,29-30). 

 

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           Una señora muy pobre, anglo-india, guardaba cola para entrar al comedor. Parecía inquieta, y trató de adelantarse a los demás. Pero alguien de la misma fila le llamó duramente la atención:

           —¡Eh, usted, señora! ¡No se pase de lista, guarde su turno como los demás, o quién se ha creído que es usted…

           La mujer dejó la cola avergonzada y se volvió a casa. Una o dos horas más tarde, falleció. Quién sabe qué urgencias tenía, qué sentimientos albergaba en su corazón. Quién sabe qué representaba para ella el servicio a los pobres…[1]

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Todo afecto, cariño, delicadeza… siempre es poco.

Todo trato comprensivo y tierno con los demás, aunque sea indebido o inmerecido, desde el mandato de la fe que profesamos de que hemos se tratar a los otros como el Señor les trata con misericordia, ha de ser pues la vitola de nuestra actitud hacia todos —justos o injustos—. ¿Por qué quién sabe realmente la responsabilidad de cada cual ante los ojo de Dios? Y aún sabiendo… ¡quién somos para ocupar el lugar de Dios, y juzgar…! Y aún así, ¡el que esté libre de pecado que tire la primera piedra! (Jn 8,7b) o ¡perdónanos como nosotros perdonamos…! (Mt 6, 12).

El trato afable, cariñoso, dulce, acoger y solicito (siempre disponible para renunciar al propio miramiento y poner al otro en primer lugar, y regalarle una sonrisa y hasta el propio tiempo  —del que a veces estamos tan escasos o egoístamente como incapaces de donar—), además de poner a prueba nuestro amor a Dios —por quien lo hacemos primero; por su amor, obedeciéndole según su voluntad, así expresamos el amarle—, y que ello ya sería razón suficiente; además —como decimos— supondría —para los que realmente estén en situación de recibir esa necesidad de afecto— un plus de vitalidad; y por último, por uno mismo, quien se ve beneficiado al actuar lo que uno es y expresa.  

Nunca sabemos a ciencia cierta el momento vital o trace existencial de una persona; cualquier derrota, trato inhumano, descortés, poco afable, puede suponer un partir interiormente a esa persona, que puede estar ya muy enferma por falta de amor…

En esta falta de amor no es solo el receptor el que puede morir por su falta, sino el emisor, nosotros mismos, que no somos capaces de generarlo, porque estamos de alguna manera carente de él, y en definitiva, enfermos.

Como decía el papa Francisco en el Angelus de ayer:

La peor enfermedad de la vida es la falta de amor, es no poder amar. Esta pobre mujer estaba enferma, sí, de flujos de sangre, pero en consecuencia de falta de amor porque no podía hacer vida social con los demás. Y la curación que más importa es la de los afectos. Jesús es capaz de curarlos.

Deja que Jesús mire y sane tu corazón. Y si ya has sentido su mirada tierna sobre ti, imítalo, haz como Él. Mira a tu alrededor: verás que muchas personas que viven cerca de ti se sienten heridas y solas, necesitan sentirse amadas: da el paso. Jesús te pide una mirada que no se quede en las apariencias, sino  que llegue al corazón; que no juzgue, Jesús nos pide una mirada que no juzgue sino que acoja. Abramos nuestro corazón para acoger a los demás. Porque sólo el amor sana la vida, solo el amor sana la vida. No juzguéis, dejad vivir a los demás y tratad de acercaros con amor.

 

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[1] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, pp.195-6.

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