La primera lectura de la liturgia de la misa de hoy, 17 de abril, nos habla de la dificultad de la Iglesia en su misión evangelizadora.
La causa de Cristo será combatida por siempre. El Maligno no va a cejar de oponerse a que el Reino de Dios se anuncie y expanda. El mismo Jesús ya lo advirtió: «Si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?» (Lc 23,31). «Recordad lo que os dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán« (Jn 15,20).
Para entender mejor el contenido del texto, que exponemos a continuación, hay que leer todo el capítulo 4 completo, que hemos puesto más abajo.
Lectura del Libro de los Hechos de los apóstoles (4,23-31):
EN aquellos días, Pedro y Juan, puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo:
«Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo:
“¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías”.
Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien tú ungiste, para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder. Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; extiende tu mano para que realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».
Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.
La cruz como el signo de identidad del Cuerpo de Cristo: Ya desde lo mismo inicios de la Iglesia, o sin tregua de continuidad desde la misma pasión de Jesucristo o, para ser más exactos, desde el mismo inicio de la aparición de Jesús, recordemos que tuvo que huir, recién nacido a Egipto o la muerte, por su causa de Juan Bautista, o la constante oposición de los escribas y fariseos…
Lo cierto, pues, es que la persecución del hecho de ser cristiano —cristiano, claro, comprometido— es una realidad ineludible. Nos gustaría que no fuera así, obviamente, pero no es posible mientras vivamos en este mundo, en la historia terrenal. Y esto cuanto antes se comprenda y asuma será mejor. Ser cristiano es ser valiente; valentía proporcionada por el Espíritu Santo. Es decir, que no depende de nuestras fuerzas, sino de la gracia divina. Esta valentía —además de otros signos— supone un testimonio de admiración y en sí es ya parte de la evangelización: Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado.
Este es el capítulo 4 de los Hechos de los Apóstoles:
1Mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, 2indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. 3Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, 4pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres. 5Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, 6junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes. 7Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?». 8Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos: 9Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; 10quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros. 11Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular; 12no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos». 13Viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, 14pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta. 15Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, 16diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; 17pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre». 18Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. 19Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo: «¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros. 20Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído». 21Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido, 22pues el hombre en quien se había realizado este milagro de curación tenía más de cuarenta años. 23Puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos. 24Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo: «Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos; 25tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo: ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos? 26Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías. 27Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, 28para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder. 29Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía; 30extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús». 31Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios. 32El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. 33Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado. 34Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido 35y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba. 36José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre, 37tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.
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