La Corrección Política: mito y realidad del nuevo totalitarismo del siglo XXI

 

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Que la Corrección Política se ha convertido en la mayor amenaza para la libertad desde la eclosión de las ideologías totalitarias en el pasado siglo es algo que cada vez resulta más evidente. Sin embargo, se tiende a reducir esta grave amenaza a una convencional confrontación ideológica, donde la Corrección Política sería lo que se ha dado en llamar marxismo cultural, estableciéndose así una forzada división que impide la reacción clara y contundente de la sociedad en su conjunto.

Lo cierto es que el embrión de la Corrección Política no surge de una ideología sino de un trauma, la Primera Guerra Mundial. Se trata de una reacción contracultural espontánea, en la que desde el primer momento la transgresión sexual es uno de sus principales signos distintivos.

Basta leer a Stefan Zweig en “El Mundo de Ayer” (1942) para comprobar el ambiente transgresor en que se hallaba sumida la juventud de la posguerra, durante la década de 1920. 

Esta reacción de rechazo a todo lo tradicional carece de raíces marxistas. Su razón es mucho más prosaica: el traslado por parte de los jóvenes de toda la responsabilidad de la Gran Guerra a sus ancianos gobernantes. 

 

La primera gran huida de la responsabilidad

La juventud de la década de 1910 era beneficiaria de un largo periodo de paz

Los jóvenes pertenecientes a la emergente clase acomodada y urbana tenían una visión romántica y casi festiva de la guerra. Y daban por supuesto que la Gran Guerra consistiría en un vistoso desfile militar, una oportunidad para demostrar su heroísmo y realizar hazañas dignas de ser noveladas. Pero, sobre todo, estaban convencidos de que el conflicto no se prolongaría más allá de unos meses.

Desgraciadamente, no hubo ningún paseo militar. El músculo desarrollado por las potencias europeas durante el largo periodo de paz y prosperidad que precedió al conflicto, los avances tecnológicos y la capacidad industrial convirtieron la contienda en una prolongada y colosal matanza. Y cuando por fin concluyó, los antaño eufóricos jóvenes fueron incapaces de sobreponerse al shock. Concluyeron que habían sido engañados y llevados al matadero por un “mundo viejo” gobernado por “ancianos”.

La reacción contracultural, embrión de la Corrección Política, que siguió al final de la guerra, fue fruto de la incapacidad de las nuevas generaciones para asimilar lo sucedido y asumir su propia responsabilidad

Así pues, la reacción contracultural, embrión de la Corrección Política, que siguió al final de la guerra fue en buena medida fruto de la incapacidad de las nuevas generaciones para asimilar lo sucedido y, sobre todo, para asumir su responsabilidad en el desastre. 

 

La Escuela de Fráncfort

Después de Gramsci y en orden cronológico, otro de los mitos que sirven para reducir la Corrección Política a marxismo cultural es el de la Escuela de Fráncfort.

A la leyenda de la Escuela de Fráncfort contribuye el hecho de que la mayoría de sus miembros tuviera que trasladarse de Alemania a los Estados Unidos durante el régimen nazi. Una circunstancia que ha servido para establecer la idea de que el llamado marxismo cultural europeo fue exportado a los Estados Unidos por sus miembros. Sin embargo, la reacción contracultural norteamericana, al igual que la europea, tiene su origen en otro trauma bélico: la Guerra de Vietnam. Un desastre que como la Gran Guerra animó toda clase de activismos y excesos ideológicos.

Otros integrantes de la Escuela de Fráncfort, como Theodor W. Adorno y Max Horkheimer se mantuvieron alejados de las reivindicaciones juveniles de la época. Para Adorno, el modo violento en que el movimiento estudiantil se enfrentaba a las instituciones universitarias, junto con el carácter frecuentemente liberal y burgués de sus reivindicaciones, era inaceptable. En su opinión, las consignas de los estudiantes remitían a una cultura libertaria, originariamente enraizada en el liberalismo, pero escindida en los 40, que invocaba la libertad de expresión y perseguía la destrucción de las instituciones. Que Adorno fuera marxista no significaba que fuera estúpido: advirtió que desmantelar la tradición sin sustituirla por algo mejor, sin crear un círculo virtuoso de la cultura, conduciría al caos.

Para algunos analistas, el acoso al que sometieron a Adorno las feministas, con acciones como desnudarse de cintura para arriba y mostrar sus senos durante sus clases (Busenaktion), fue una suerte de justicia poética: la metáfora del creador devorado por su propia criatura. Pero es una interpretación equivocada. La Corrección Política nunca fue una criatura de Adorno, como tampoco lo fue de Gramsci, Marcuse, Fromm o Horkheimer. Ninguno de ellos fue su padre. En el mejor de los casos, algunos actuaron como oportunistas, a remolque de los acontecimientos.

 

La CP es ya la ideología dominante del siglo XXI… y tiene vida propia

La Corrección Política genera constantemente nuevas reglas contradictorias entre sí y cuya utilidad es cuestionable, cuando no inexistente. Reglas que, lejos de desaparecer gradualmente, se dividen y multiplican en un proceso de mutación sobre el que la sociedad no tiene ningún control; tampoco las élites, que se limitan a ir a favor de la corriente para obtener algún beneficio o, en su defecto, sobrevivir a cambios vetiginosos.

Esta capacidad de mutación de la Corrección Política se puede apreciar con nitidez en la “revolución feminista”, un proceso que rápidamente escapó al control de los ideólogos. Ya en los años 70 se produjo la primera mutación. El feminismo se dividió en dos grupos antagónicos: el feminismo radical (Radfem) y el feminismo liberal (Libfem), esto es, el feminismo de la igualdad y el de la diferencia.

Más tarde surgió el transfeminismo (Transfem), que entiende el género como un sistema de poder que produce, controla y limita los cuerpos. A su vez, este transfeminismo dio lugar a la aparición del feminismo radical y transexclusivista (Terf, en sus siglas en inglés) que es su antagonista. Así, además de la misoginia, aparece también la transmisoginia, es decir, feministas transfóbas que rechazan a las mujeres transgénero.

De esta forma, paso a paso, mutación a mutación, la “revolución feminista” ha derivado en un caos, donde las sucesivas identidades se desdoblan a su vez en otras nuevas que resultan antagónicas.

 

La izquierda como rehén

Al identificar la Corrección Política como una criatura creada y dominada por la izquierda lo que se consigue es que los cada vez más numerosos grupos que la promueven puedan asociar su rechazo a la traición ideológica. De esta forma, convierten a la izquierda en rehén. Quienes critiquen cualquiera de los dogmas políticamente correctos pueden ser acusados de no ser verdaderos progresistas y, en consecuencia, estigmatizados. Lo que neutraliza cualquier reacción desde la izquierda.

Es cierto que le fenómeno de la Corrección Política es extremadamente complejo. Y cada cual puede tener su propia teoría sobre su origen. Sin embargo, de lo que no hay duda es que calificar hoy de marxismo cultural a este medio de control social, del que se aprovecha indistintamente el poder económico y el poder político, capitalistas y colectivistas, partidos progresistas y conservadores, no parece tener demasiado sentido.

Sea como fuere, nos enfrentamos a un nuevo y temible totalitarismo que ha trascendido las tradicionales fronteras ideológicas. Un monstruo con vida propia que apela a las emociones y no a la razón, a los delirios y no a la sensatez, que promete proporcionar aquello que cada uno desee, aunque sea una identidad imposible. Y que, incrustado como está dentro del propio Poder, puede proporcionar prebendas a quienes sean sus cómplices… y la muerte civil a quienes lo desafíen.

Javier Benegas 

Fuente y texto completo: disidentia.com

 


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