Intercesión de los santos

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres”  (1 Tim 2,1).

 Los creyentes católicos sabemos que tenemos hermanos allí en el Cielo, la Iglesia triunfante o gloriosa, que interceden por nosotros.

«Había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.» (Ap 7,9)

Este tan gran número de mártires, justos y santos están dispuestos a «echarnos una mano», a pedir al Señor, por todos nosotros, a la Iglesia militante.

«Los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación (cf. 1 Co 12, 12-27). Porque ellos, habiendo llegado a la patria y estando «en presencia del Señor» (cf. 2 Co 5, 8), no cesan de interceder por El, con El y en El a favor nuestro ante el Padre, ofreciéndole los méritos que en la tierra consiguieron por el «Mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (cf. 1Tm 2, 5), como fruto de haber servido al Señor en todas las cosas y de haber completado en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24). Su fraterna solicitud contribuye, pues, mucho a remediar nuestra debilidad.»  (Conc. VAT.II, Const. Lumen gentium, 49).

La primera santa de los santos que cuida como una madre por sus hijos, es la Santísima Virgen María. Ella inauguró o precipitó la revelación de su Hijo, el anuncio del Reino, allí en Canaá, en la boda en la que intercedió a Jesús por aquella pareja de novios que estaban necesitados. Tal fue su solicitud que como dijo el Señor «aún no ha llegado la hora…», y, sin embargo, Cristo actúo, cambiando sus «planes», por complacer a su madre.  ¡Qué gran intercesora tenemos!

 Al igual que nuestros hermanos que están en el Cielo están dispuestos a ayudarnos intercediendo ante Dios, el que está en el trono (el Padre) y el Cordero, también nosotros tenemos la «responsabilidad» de interceder, rogar, pedir por nuestros hermanos necesitados aquí en la tierra y también  por aquellos que forman la Iglesia purgante, los hermanos que esperan en el Purgatorio, acceder al Cielo, y que precisan la ayuda -por la oración, sacrificios, indulgencias y  misas- de los de fuera para acelerar su salida, ya que por ellos mismos no pueden hacer nada.

 «Quienes verdaderamente arrepentidos murieron en caridad antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por los pecados de comision y omision, sus almas son purificadas despues de la muerte con penas purgatorias […] y para aliviar estas penas les aprovechan los sufragios de los fieles vivos, es decir, el sacrificio de la Misa, las oraciones, limosnas y otras obras de piedad que segun las leyes de la Iglesia han acostumbrado hacer unos fieles por otros» (Conc.II DE LYON, Dz Sch. 856).

 «La Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, «porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados» (2 M 12, 46).» (Conc. VAT.II, Const. Lumen gentium, 50).

 

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