Hace unos días, el Domingo de Ramos, pudimos ver (pinchar aquí) cómo la gente recibía triunfantemente -con honores de rey- a Jesús en su entrada a Jerusalén. Y reflexionábamos cómo días después le iba a abandonar, y tal vez, incluso, alguno de ellos se uniera al coro que gritaba ante Pilato:«¡Sea crucificado!» (Mt 27,23)..
Pero no fueron solo estos -entre los que nos podríamos encontrarnos nosotros, si hubiéramos vivido entonces- los que decepcionarían a Jesús, dejándole solo, a manos de sus enemigos; también le decepcionaron otros más próximos, sus amigos y discípulos y hasta algunos parientes. Empezando por estos últimos, a excepción de Juan, los demás, Santiago, Judas Tadeo y Santiago de Alfeo no aparecieron para acompañar a Jesús durante la pasión; e igual, los demás. Judas Iscariote ya sabemos de su traición… Y finalmente, Pedro, que le negó por tres veces. Parece increíble que aquellos que había convivido con Jesús durante tres años llegaran a renegar de Él. Unos, la mayoría -entre ellos Pedro-, por miedo; otros, seguramente por ser decepcionados de la idea equívoca de un Mesías político; otro, Judas, por el interés y la avaricia del dinero. Eran la Iglesia naciente. Y ya ven, le fallaron al Señor. Lo mismo ocurre hoy día, que los que formamos parte de su Iglesia también la fallamos, caemos el infidelidades, en pecados vergonzosos de todo tipo, dañando su imagen. La Iglesia del Cristo no solo recibe ataques exteriores que tratan de socavar su integridad y destruirla, también en su interior hay quien la daña… Sirva esto para que los que pertenecemos la Iglesia de Señor, no seamos demasiado crítica con ella y defendámosla siempre siendo agradecidos e hijos amantísimos.
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