Eucaristía y Pasión de la IglesiaEl enemigo del género humano ha desplegado una saña especial, desde aquel instante de Cafarnaum; intentando revolver la escandalizada «sensatez» humana contra esta afirmación taxativa del Dios-hombre. Tal saña forma parte de un misterio de iniquidad operativo desde los inicios del cristianismo (2 Ts 2, 7) frenado por la autoridad de Roma.
“La Eucaristía, presencia salvadora de Jesús en la comunidad de los fieles y su alimento espiritual, es lo más precioso que la Iglesia puede tener en su caminar por la historia. El poder de la Eucaristía es infinito, como poder de Dios, hasta el punto que diviniza al hombre; preserva a la humanidad de las consecuencias de sus errores, y mantiene al abismo frustrado en sus expectativas. El asalto final contra la Eucaristía comenzó a ser prevenido en revelaciones proféticas privadas – incontables – desde mediados del s. XX. Recordemos la alarma de Nª. Señora en Garabandal el 18 de junio de 1965 – “a la Eucaristía se le da cada vez menos importancia” que se adelantaba a las irregularidades “post-conciliares”; las tremendas súplicas divinas, de alerta, trasmitidas en Kenia en las últimas décadas del siglo, a través de sor Ana Ali (“los masones se han puesto de acuerdo para abolir la Misa…Satanás está en medio de sus filas”) y la explicación de la Virgen al P. Gobbi: “El sacrilegio horrible cometido por el anticristo, que durará alrededor de tres años y medio (1290 días) será consecuencia de aceptar la gente (los católicos) la doctrina protestante, sosteniéndose que la Misa no es un sacrificio, sino únicamente una cena sagrada, es decir, un recuerdo de lo que Jesús hizo en su Última Cena…” Un coro de avisos que, coincidiendo visiblemente con el deterioro de la práctica eucarística, vino a respaldar el esfuerzo doctrinal de los dos últimos Papas. Esta relación puede entenderse en toda su exigencia meditando el capítulo 6º del Evangelio de San Juan: “Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida…” (Jn 6, 53-55) Resulta sorprendente, teniendo en cuenta que la numeración de los textos bíblicos arranca del s. XIV, que esta deserción suprema, provocada por el repudio de la transubstanciación, venga consignada con la cifra seis, seis, seis: Precisamente allí donde se anuncia que “muchos discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él” (Jn 6, 66). Filigranas del Espíritu Santo. J.C. García de Polavieja P. 12 agosto 2012 Fuente y texto completo: http://www.religionenlibertad.com/eucaristia-y-pasion-de-la-iglesia-24291.htm |
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