En el Evangelio del día de hoy, 9 de marzo, Jesús cuenta una parábola en la que dos personas oran en el templo, y lo hacen de manera muy distinta: una, es cumplidora con la ley, pero se dirige a Dios de manera orgullosa y soberbia, y la otra, un pecador, sin méritos, que reza de manera humilde y compungida, reconociendo su condición.
El uno, satisfecho de sí mismo, parece no necesitar de Dios para ser bueno; con esa actitud opone resistencia a que la gracia divina obre en él. En cambio, el otro, se expone abiertamente al Señor, se ofrece con humildad y confianza para que Dios intervenga en su vida y la santifique. El uno, parece salvarse a sí mismo; el otro, precisa de la misericordia de Dios que le salve.
Al primero, Dios le mira como un padre que se apena por un hijo que esta desacertado, y que de manera incorregible, aunque sea inconscientemente, le hace imposible ayudarle, cogerle de la mano y caminar conjuntamente. El segundo, abre humildemente su corazón, y como un niño está dispuesto a tomar la mano de Dios como si fuera la de un Padre que le quiere y del que depende para ser bueno. «La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La humildad consiste en saber que en lo que se denomina “yo” no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse«[1].
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):
En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo:
“Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
El humilde hace su centro en Dios, no en él. Y desde Dios, a su luz, se ve a sí, tal cual es. Y ve la realidad que es: su pequeñez y la grandeza de Dios; su nada y el todo divino; su miseria y la misericordia del Dios de amor.
Y desde este esta realidad, el ser humano, pobre y desvalido como es, si se dirige a Dios Padre, rico en misericordia, su oración -porque Dios así lo ha querido y establecido– Él la escucha y tiene gran poder.
El hombre soberbio, satisfecho de sí, propiamente rico, suficiente, orgulloso… no necesita de Dios, él solo se basta; como señala el papa Francisco refiriéndose al fariseo pagado de sí mimo, «no le pide nada al Señor, porque no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que, más bien, se le debe a él. Está en el templo de Dios, pero practica la religión del yo». El hombre, aunque se tenga por creyente, si no ve la realidad desde Dios, la Verdad, sino desde sí, no la ve verdaderamente, desconoce a Dios y a los demás, es un ateo y no ama.
La oración humilde nos resitúa ante la realidad, aportándonos la visión lúcida y certera. Quien no ora humildemente -es como quien no ora-, anda a ciegas, reza para sí y su oración no es escuchada.
Lo contrario al pecado no es propiamente la virtud, sino la fe, que nos hace contemplarnos en la debilidad radical necesita de la gracia divina provocadora de toda virtud, con marchamo teologal.
Quien se planta ante Dios así, humilde, necesitado, fervoroso y constante, su oración es siempre es atendida. Se dice acertadamente: la oración del humilde es su poder y la debilidad de Dios. Dice el libro del Eclesiástico (35, 17-18a): «La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino. No desiste hasta que el Altísimo lo atiende«.
Estas dos características de la oración son implacables: la humildad y la persistencia. El Señor ha querido que así sea. Amén.
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 23 de octubre de 2022)
El Evangelio de la liturgia de hoy nos presenta una parábola que tiene dos protagonistas, un fariseo y un publicano (cf. Lc 18,9-14), es decir, un religioso y un pecador declarado. Ambos suben al templo a orar, pero sólo el publicano se eleva verdaderamente a Dios, porque desciende humildemente a la verdad de sí mismo y se presenta tal como es, sin máscaras, con su pobreza. Podríamos decir, entonces, que la parábola se encuentra entre dos movimientos, expresados por dos verbos: subir y bajar.
El primer movimiento es subir. De hecho, el texto comienza diciendo: «Dos hombres subieron al Templo a orar» (v. 10). Este aspecto recuerda muchos episodios de la Biblia, en los que para encontrar al Señor se sube a la montaña de su presencia: Abraham sube a la montaña para ofrecer el sacrificio; Moisés sube al Sinaí para recibir los mandamientos; Jesús sube a la montaña, donde se transfigura. Subir, por tanto, expresa la necesidad del corazón de desprenderse de una vida mediocre para encontrarse con el Señor; de elevarse de las llanuras de nuestro ego para ascender hacia Dios —deshacerse del propio yo—; de recoger lo que vivimos en el valle para llevarlo ante el Señor. Esto es «subir», y cuando rezamos subimos.
Pero para experimentar el encuentro con Él y ser transformados por la oración, para elevarnos a Dios, necesitamos el segundo movimiento: bajar. ¿Por qué? ¿Qué significa esto? Para ascender hacia Él debemos descender dentro de nosotros mismos: cultivar la sinceridad y la humildad de corazón, que nos permiten mirar con honestidad nuestras fragilidades y nuestra pobreza interior. En efecto, en la humildad nos hacemos capaces de llevar a Dios, sin fingir, lo que realmente somos, las limitaciones y las heridas, los pecados y las miserias que pesan en nuestro corazón, y de invocar su misericordia para que nos cure y nos levante. Él será quien nos levante, no nosotros. Cuanto más descendemos en humildad, más nos eleva Dios.
De hecho, el publicano de la parábola se pone humildemente a distancia (cf. v. 13) —no se acerca, se avergüenza—, pide perdón y el Señor lo levanta. En cambio, el fariseo se exalta a sí mismo, seguro de sí mismo, convencido de su rectitud: de pie, se pone a hablar con el Señor sólo de sí mismo, alabándose, enumerando todas las buenas obras religiosas que hace, y desprecia a los demás:»No soy como ese de ahí…». Porque esto es lo que hace la soberbia espiritual; pero Padre, ¿por qué nos habla de soberbia espiritual? Porque todos estamos en peligro de caer en esto. Te lleva a creerte bueno y a juzgar a los demás. Esto es la soberbia espiritual: «Yo estoy bien, soy mejor que los demás: este es tal y tal, aquel es tal y tal…». Y así, sin darte cuenta, adoras a tu propio yo y borras a tu Dios. Se trata de dar vueltas en torno a uno mismo. Esta es la oración sin humildad.
Hermanos, hermanas, el fariseo y el publicano nos conciernen de cerca. Pensando en ellos, mirémonos a nosotros mismos: veamos si en nosotros, como en el fariseo, existe «la presunción interior de ser justos» (v. 9) que nos lleva a despreciar a los demás. Ocurre, por ejemplo, cuando buscamos cumplidos y enumeramos siempre nuestros méritos y buenas obras, cuando nos preocupamos por aparentar en lugar de ser, cuando nos dejamos atrapar por el narcisismo y el exhibicionismo. Cuidémonos del narcisismo y del exhibicionismo, basados en la vanagloria, que también nos lleva a nosotros los cristianos, a nosotros los sacerdotes, a nosotros los obispos, a tener siempre la una palabra «yo» en los labios, ¿Qué palabra? «Yo»: «yo hice esto, yo escribí aquello, ya lo había dicho yo, yo lo entendí primero que ustedes», etc. Donde hay demasiado yo, hay poco Dios. En mi tierra, esta gente se llama «yo mí, me, conmigo». Y una vez se hablaba de un sacerdote que era así, centrado en sí mismo, y la gente solía bromear: «Ese, cuando inciensa, lo hace al revés, se inciensa a sí mismo». Y así, también te hace caer en el ridículo.
Pidamos la intercesión de María Santísima, la humilde esclava del Señor, imagen viva de lo que el Señor ama realizar, derrocando a los poderosos de sus tronos y levantando a los humildes (cf. Lc 1,52).
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[1] WEIL, S., La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, pp.87 y 79.
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