El quejarse o no quejarse, hablar o callar, decir la verdad…

En un encuentro casual, en la calle, con un obispo[1], cruzamos por un momento unas palabras. En un momento de la conversación sobre las vicisitudes de la Iglesia en España y su poca repercusión social en España, él, muy agradable como es, dijo cordial un lamento: «es que no nos hacemos comprender…«; es decir, como si los obispos estuvieran hablando un lenguaje que por las circunstancias que sean no llega a la grey, no es escuchado ni entendible por el común de los mortales.

Al menos tuvo la deferencia de auto-echarse la culpa de no ser entendidos porque no se explican o comunican bien. Pero lo cierto es que esa expresión es un topicazo; que no   realmente autocrítica, pues no lleva ninguna parte, a ninguna determinación o solución efectiva.

Lo cierto es que me quedé con ganas de comentarle algunas cosas…, pero no era ni el momento ni el lugar. Pero ahora sí deseo hacer algunas reflexiones:

La deserción (o apostasía) en Occidente por la rapidísima secularización (o paralización) ha provocado una caída brusca e inaudita de la creencia religiosa -y por ende, cristiana-.

El problema no es ya que los cristianos practicantes seamos pocos, el problema es que nos volvamos insignificantes, es decir, que la sal sea pisoteada por sosa. Vamos, que no pintamos casi nada; el testimonio y la voz de los que decimos ser cristianos, empezando por la jerarquía y siguiendo por las personas socialmente reconocidas -intelectuales, políticos, empresarios, artistas, etc.- y por fieles en general, no resultan significativos.

Para que la Iglesia pueda decir algo que la gente -más que entienda- escuche, tiene que decirlo y hacerlo en verdad. Tiene que ser signo de contradicción en medio de una sociedad arreligiosa, amoral y «enferma», que tiene mucho que cambiar y mejorar.

Para ello, para tener una palabra profética y verdaderamente testimonial, creíble y tomada en serio, ha  de empezar por atreverse a ello, y desligarse de los lazos que la atan. Ha de desligarse del Estado, del poder político (especialmente en lo tocante de la crucecita de la renta), y libertarse de complejos y de ser temerosa de las críticas; estamos achantados.

Dar al Cesar lo que es del Cesar. Pero lo del Cesar que no nos lo den a nosotros. Lo cual tiene la lectura de que hemos de desapegarnos de lo político; toda atadura nos lastra, maniata a la Iglesia de su labor libre ante cualquier poder.

Estamos artos de injerencias -acusaciones sectarias- de esos poderes (politico-mediaticos), que, cual martillo pilón, no hacen nada más que airear una y otra vez lo feo, lo poco feo, que la Iglesia tiene, como si fuera lo único de ella -y también de la sociedad-, y obviando lo bueno, lo mucho bueno, que tiene y hace. Se dirá que es algo con lo que la Iglesia tiene que cargar -como si se tratará de una cruz a portar siempre y en todo lugar-; pero eso es injusto y no estamos dispuestos a que se nos trata así, como si fuéramos seres a estigmatizar y de los que salir huyendo, pues les podemos pegar la creencia de un evangelio, que más que buena nueva, pareciera todo lo contrario.

La breve conversación con el obispo fue al inicio de la semana en la que había la Asamblea Plenaria, y en estos días, ¡oh supresa! contrariamente a todo lo imaginable, el presidente de la Conferencia Episcopal el cardenal Omella se atrevió a hablar en «defensa propia», es decir, a decir ciertas verdades, las verdades del barquero, referentes a ese trato que lo cristiano está padeciendo por esos poderes. Vean: «Omella critica `el afeo sistemático´ de algunos medios, agentes sociales y políticos a la Iglesi, «Omella alerta sobre las ideologías `pujantes´ y `progresistas´, y de la `asfixiante´ cultura woke», «El discurso de Omella levanta ampollas»

Y es que esto de quejarse o no quejarse es un dilema a plantearnos seriamente. No podemos estar constantemente genuflexos ante las críticas, pidiendo perdón por todo y a todas horas; cuando en realidad somos mayormente víctimas. La Iglesia está mediáticamente y socialmente desprestigiada, y eso pese a la labor espiritual y de bienestar social lleva a cabo, con su Caritas parroquial. No es posible que los creyentes, que es la mejor gente que existe, en todos los aspectos, aparezcan ante la opinión pública como nada reconocida ni apreciada.

 Por fin, en cuanto al tema tan agotador hasta la nausea, con el que las fuerzas adversas a la Iglesia se emplean a fondo y de manera repetitiva, hasta tener a la Iglesia tan aplastada y continuo escarnio público y pidiendo perdón una y otra vez…, por fin el portavoz de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello se atrevió a decir que resultaba -como en verdad es- una  “decisión insólita” focalizar la investigación en la Iglesia y no en toda la sociedad. Así lo explicó: “queremos manifestar que realizar una investigación de los abusos solo en la Iglesia, cuando se pone de manifiesto que sobre 15.000 casos abiertos en España, solo 69 se refieren a la Iglesia. Es una decisión sorprendente que no se investiguen el resto”.

La Iglesia no debe callar, cual culpable: »  quien calla, otorga». Ha de dar la cara aunque se la parten. Aunque se granjee criticas. Pero ha de hablar, hablar claro y no dejarse intimidar. Y además, porque tiene mucho que decir, y la Verdad está su parte.

Recordemos que Jesús se las tenía tiesas con los escribas y fariseos, y no retrocedió no dejo de ir al templo y predicar en sus atrios.

Si los cristianos corremos el riesgo de que seamos vapuleados,  no hay nada que temer; si se hace por la causa de Jesús, el ya dijo que defendería la nuestra en el Cielo.

La Jerarquía de la Iglesia a de atreverse, como hacen algunos -muy pocos de sus miembros, obispos de Asturias, Alcalá de Henares, Valencia o Orihuela Alicante-, a hablar sin complejos, valentía y diciendo las cosas claras. Quitando estas excepciones la mayoría de los prelados no corren ningún riesgo…, es decir, que no acabarán como acabó Jesús. Pueden estar tranquilos; pero ¿eso es parecerse a Cristo; tener algo que ver con él?  

La Iglesia no puede, no debe jamás, silenciar su verdad, la Verdad; todo lo contrario, tiene que proclamarla. Cueste lo que cueste y pese a quien pese. Ni aunque se esté ante la muerte ni por estrategia de no se sabe bien qué tipo, o por no aparentar conciliadora, o por no ser criticada por anticuada, hermética, que no está con los tiempos…., etc. etc., Jesús no cayó en ese juego y no calló.

La Iglesia, por la verdad que porta, por el mensaje que ha de anunciar y buena nueva que ha de llevar al mundo, no ha de callar y ha de chocar con el mundo en tinieblas, es inevitable.

Esta es una enseñanza de Jesús, de entonces y para siempre, que la Iglesia no debe ni por un instante olvidar: cuando Pilato cuestionó la verdad, Jesús no se adecuó lo que su interlocutor decía, no. ¿Por qué la Iglesia ante el interlocutor del pensamiento dominante, de lo políticamente correcto, de un mundo con cara de Pilato, tiene que renunciar a su verdad y resultar complaciente amoldándose a las circunstancias, lo que resulta ser una traición?

En una reciente entrevista, el actor católico Jim Caviezel, que interpretó a Jesús en La Pasión de Cristo, señaló que “muchos de nuestros pastores, nuestros obispos y sacerdotes se están rindiendo” y dejan que las iglesias sean quemadas. “Están dejando que las iglesias sean quemadas, y ¿cómo lo sabemos?, pues está en las noticias, las estatuas están siendo derribadas, y ellos no dicen nada”.

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[1] El Obispo de Seo de Urgel es Monseñor Joan-Enric Vives Sicília, que veníaa Madrid a asistir al pleno de la Conferencia Episcopal del 25 de abril de 2022.

 

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