El poder de la oración del humilde

«La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino» (Eclo 35,17).

El humilde hace su centro en Dios, no en él. Y desde Dios, a su luz, se ve a sí, tal cual es. Y ve la realidad que es: su pequeñez y la grandeza de Dios; su nada y el todo divino; su miseria y la misericordia del Dios de amor.

Y desde este esta realidad, el ser humano, pobre y desvalido como es, si se dirige a Dios Padre, rico en misericordia, su oración -porque Dios así lo ha querido y establecido– Él la escucha y tiene gran poder.

El hombre soberbio, satisfecho de sí, propiamente rico, suficiente, orgulloso… no necesita de Dios, él solo se basta; como señala el papa Francisco refiriéndose al fariseo pagado de sí mimo, «no le pide nada al Señor, porque no siente que tiene necesidad o que debe algo, sino que, más bien, se le debe a él. Está en el templo de Dios, pero practica la religión del yo». El hombre, aunque se tenga por creyente, si no ve la realidad desde Dios, la Verdad, sino desde sí, no la ve verdaderamente, desconoce a Dios y a los demás, es un ateo y no ama.

La oración humilde nos resitúa ante la realidad, aportándonos la visión lúcida y certera. Quien no ora humildemente -es como quien no ora-, anda a ciegas, reza para sí y su oración no es escuchada.

Lo contrario al pecado no es propiamente la virtud, sino la fe, que nos hace contemplarnos en la debilidad radical necesita de la gracia divina provocadora de toda virtud, con marchamo teologal.

Quien se planta ante Dios así, humilde, necesitado, fervoroso y constante, su oración es siempre es atendida. Se dice acertadamente: la oración del humilde es su poder y la debilidad de Dios. Dice el libro del Eclesiástico (35, 17-18a): «La oración del humilde atraviesa las nubes, y no se detiene hasta que alcanza su destino. No desiste hasta que el Altísimo lo atiende«.

Estas dos características de la oración son implacables: la humildad y la persistencia. El Señor ha querido que así sea. Amén.

«Recemos para pedir la gracia de sentirnos necesitados de misericordia, interiormente pobres.» (Papa Francisco)

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