El peligro del Estado

En su razón fundamental de ser, el Estado que se debería fundamentar -siguiendo al filósofo Hegel- en que ser el garante de la libertad de todos sus ciudadanos, ha venido a constituirse en el limitador de derechos y libertades de estos.

En su afán de acaparar todo el poder, el Estado se impone a todas las voluntades por todos los medios posibles cada vez más poderosos al alcance de sus manos. En este propósito -lo estamos viendo- el Estado -todos los Estados del mundo- en unión con otros poderes subsidiarios y lacayos suyos, especialmente el de imponerse a las voluntades de sus miembros, procuran adoctrinar, manipular y someter a los ciudadanos, tantalizándolos e idiotizándolos. Y para lo cual, sin escrúpulos ni conciencia, no se parará en barras.

Todo aquello que le haga sombra en cuanto a forjar el pensar y sentir de las personas y la sociedad, serán eliminadas de cualquier tipo de influencia que puedan ejercer. Así la religión, la familia y la escuela (excepto la propia, claro; la pública, que utilizan como medio de adoctrinamiento)  serán extinguidas.

A los colegios privados y especialmente los concertados, se les retirará cualquier tipo de subvención o ayuda. Y aunque supongan un bien objetivo y aun obtengan resultados satisfactorios y redunden en un beneficio, por su rentabilidad -como está comprobado- para la sociedad y el Estado, y cuyo rendimiento y reporte de lo invertido sea superior al de los otros colegios (públicos), no importa, no se tendrán en cuenta, y aunque le cueste al Estado un gasto superior, este preferirá un mayor gasto pero eliminar esos colegios que van por libre, con enseñanzas libres del adoctrinamiento estatal.

Es urgente deterner la intromisión del Estado en todas las parcelas de la vida de las personas. La separación de poderes de Montesquieu está dejando de -o ha dejado- de ser real; ya no existe tal separación: o bien porque el poder político nombra a los miembros de esos otros poderes o bien porque esos otros poderes están sometidos por corrupción moral, por ambiciones y carrerismo, por odios o fanatización ideológica o por simplemente intereses económicos o bienestar material.

A esta absorción del poder judicial que los tentáculos del Estado ha someter a su servidumbre, le acompaña el cuarto poder, el de los medios de comunicación, cada vez menos independientes y al servicio generalmente del poder establecido, al que sucumben lacayamente. A estos poderes habría que añadir los que aparentar no estar ni ser, pero que está ahí, los poderes económicos y finacieros y los grupos ideológicos de presión, que trabajan en la sombra, subvencionando colectivos, agrupaciones, asociaciones, movimientos, OBGs, etc., y sobre todo estableciendo a sus peones en los centros de deciones de organismos internaconales.

Concluimos esta breves líneas mencionando nuevamente a Hegel, quien pretende endiosar al Estado. El Estado absoluto, omnisciente y omnipotente, -hacía el que caminamos hoy más que nunca, aunque no lo parezca a ojos del profano-, Leviatán, se encarama a ocupar el lugar de Dios, pero eso es algo imposible, entre otras cosas porque solo Dios es capaz de respetar la libertad y dignidad espiritual de capa persona aún cuando tome decisiones que vayan en contra de Èl mismo. El Estado, pervertidamente, en una especie de remedo de esa libertad lo que posibilita y fomenta es el capricho de sus miembros lobotomizados.

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