Decir España es decir María

España fue tierra de María, este es el bello título asignado a nación otrora tan católica y por ende cristiana. Y que de alguna manera jamás dejará de serlo, pues aquí misionó María, la Madre de la Iglesia, de la que Jesús —encomendado la continuidad de su misión de expandir el Reino de Dios— dijo mientras se despedía desde la cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». (Jn 19,26).

Desde el principio y por siempre, María estuvo comprometida con la causa del Reinado de su Hijo, es decir, de que el mudo tenga vida en abundancia, vida de gracia y de caridad cuya fuente está en la Trinidad. No solo estuvo en el fiat», «hágase», de la Anunciación o Encarnación. sino en toda la trayectoria vital del Mesías, su hijo, al comienzo de la vida pública y predicación del Reino en Caná, y en el momento de su muerte, e incluso después, como fue en Pentecostés, allí estuvo María, la única mujer presente, momento de la efusión de Espíritu Santo, con el que nacería la Iglesia, de la que ella se constituía Madre.

Desde entonces ella, dando testimonio su misión encomendada por su Hijo, viajó -como toda la Iglesia- a la divulgación de la Buena Nueva. María podría haber vuelto a Nazaret y vivir allí tranquila, con su hermana, etc.; pero no, y pesa a su edad, viajó hasta Éfeso con Juan,

María es la misionera por excelencia, la que testimonió la expansión de la Iglesia de su Hijo al mundo entero. Hasta Finisterre (España), fin de la tierra. A esta tierra lejana y difícil se le encomendó venir a predicar a Santiago, después de Pedro, el apóstol mas relevante. Ya se le dio pues, importancia a esta tierra Hispana. Y a esta tierra, también llegó María, la Madre de la Iglesia, la primera misionera. Viviendo en Éfeso, se le apareció milagrosamente a Santiago para animarlo en Zaragoza (España), cuando Santiago se sentía desanimado por los escasísimos frutos de su predicación.

Si aquellos tiempos de los orígenes del cristianismo fueron complicados, no parecen serlo menos hoy día, y así los corroboró ayer el Nuncio Apostólico en España, pidiendo encomendarse a la Virgen del Pilar en estos tiempos difíciles y ante los retos del futuro.

El 12 de octubre, el nuncio en España Mons. Bernardito Auza presidió la Santa Misa en la Basílica de El Pilar en Zaragoza en honor a la Patrona de la Hispanidad, haciendo suyo el  discurso de San Juan Pablo II en su visita a Zaragoza en 1984: «Decir España es decir María»

Estas fueron algunas de las palabras el Nuncio:

«Por medio de ella, de diferentes formas de piedad, ha llegado a muchos cristianos del mundo la fe en Cristo. En su discurso, Juan Pablo II afirmó que el Pilar de Zaragoza simbolizaba la firmeza de la fe de los españoles, en su amor a la Virgen María. Decir España es decir María»

«Siempre hay desafío, pero la fe se abre camino en medio de las dificultades, porque por la fe creemos en la bondad del hombre, porque el hombre es imagen de Dios el bueno. Donde hay fe en el hombre, no tenemos motivos para el desaliento. Creer en la bondad del hombre nos fortalece frente a determinadas ideologías que se nos proponen, reforzando la creencia de la dignidad humana como imagen de Dios».

«La razón de esta profunda vinculación es porque con sentido de fe sobrenatural, consideramos a María como el mayor bien que cabe después de Dios. María es un bien, una madre es siempre un bien, un bien que a nadie deja indiferente. Una madre despierta el respeto, suscita la admiración, se impone el reconocimiento. Por eso el pueblo cristiano siente la fascinación de la Virgen llamándole vida, dulzura, esperanza nuestra».

Este vínculo de los origines de María con España, que se ha expandido a América, con muchas advocaciones, como ocurre en la llamada «Madre Patria». No hay duda que el apelativo de «España, tierra de María» está más que justificado por el enorme cariño que a la Madre de Dios se la tiene por estas tierras. A ella, a la santísima Virgen, nos encomendamos en estos momentos de tribulación y de pérdida de fe; sabemos que ella está pendiente de las vicisitudes que estamos pasando, y al igual que como con Santiago, no permitirá que nos desanimemos ni que la fe desaparezca de estas benditas tierras hispanas.

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