El espíritu de la infancia

En el evangelio (Mt 18,1-5.10)  de la misa de hoy,  2 de octubre, Jesucristo respondiendo a una pregunta de sus apóstoles nos da una enseñanza fundamental:  “Si no cambiáis y volvéis a ser como los niños, no podréis entrar en el Reino de los cielos (Mt 18,3).  

   

Lectura del santo evangelio según san  Mateo 18, 1-5. 10:

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es más grande en el Reino de los cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: «Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo’‘.

 

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            Para entrar en el secreto que es la vida trinitaria, es preciso no hacer pie, esa es toda la sal de la vida mística.

           Esta obligación (de no hacer pie) puede estar en el origen de un verdadero drama. Una historia verdadera os lo hará comprender: 

            Una madre tenía dos hijos, uno de cuatro años y otro de siete. Ella jugaba a menudo a hacerles girar en torno a ella agarrándolos por las muñecas. Un día les dice:

           —Hace mucho tiempo que no jugamos a dar vueltas. ¿Vamos a jugar?

            El más pequeño responde inmediatamente:

           —Oh, ¡Sí, sí!…

           Pero el mayor:

           —De acuerdo, pero no irás más de prisa de lo que yo quiera. 

..ooOoo..  

           El más pequeño era todavía un místico; el mayor había dejado de serlo. Había «rebasado» el espíritu de infancia, quería ser «mayor y responsable».[1] 

        “El Espíritu santo nos conduce como conduce una madre a su hijo de dos años, de la mano, como una persona que conduce a un ciego” (El cura de Ars)

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         A menudo confiamos de palabra, pero cuando llega el momento difícil de la prueba nuestra confianza se tambalea, junto con la esperanza. Habrá momentos de oscuridad, de dificultad, de tibieza, de soledad, de duda…, en que la barca parece naufragar…, en que todo parece venirse abajo y el suelo se hunde bajo los pies. Entonces es «el momento de gracia»…, es el momento bendito para la Gracia o Espíritu santo.

         Cuando todo sobre lo que nos hemos apoyamos durante largo tiempo de nuestra vida parece inconsistente e incierto, no hay que desesperarse sino abrirnos con confianza a Quien nos puede mantener de pie, y aún sin pies. Lo que se nos pide en cada momento es repetirnos las palabras de Pablo: «Se de quien me he fiado». Persistir en un vivir confiado en las manos de Quien está presente en los acontecimientos.

         Los valores humanos son endebles, están heridos, y no se sostienen pinos fácilmente y por mucho tiempo. Sólo si se abren a la gracia, si se apoyan en Dios, se mantendrán en pie. Y es fundamental que así sea, que lo que hay de nosotros que no se sustenta en Dios se venga abajo. El peligro es que esto no suceda, o que tarde. Pero, más aún, el que eso ocurra no es suficiente, es preciso arrojarse confiadamente a los brazos misericordiosos de Dios.

         Quien trata de elevarse empinándose sobre las puntas de sus pies, no llegará muy alto. Cualquier movimiento por intentar apoyarnos en algo distinto, propio, mundano,… por sutil que sea, hace imposible el no hacer pie absoluto, necesario para que la gracia de Dios irrumpa en nosotros. Cualquier intento de apoyarnos en algo que no sea Dios mismo es un veneno a nuestra vida de gracia. Todo movimiento por valernos por nosotros mismos es una resistencia a la presencia de la gracia, que impide que Dios realice lo que está dispuesto a llevar a cabo en nosotros. Tenemos miedo a echarnos en brazos de ese Amor pues «no conocemos» sus dimensiones, no lo controlamos a nuestro antojo, y nuestra confianza se quiebra, y entonces Dios no puede hacer nada. Es doloroso para Dios que dudemos de su amor.

         Si nuestro amor no hace apoyo en el Amor de Dios, todo está perdido. Tarde o temprano sobrevendrá el desfallecimiento, y se hará insostenible.

..ooOoo..

       Vivir en la libertad del Espíritu es perder pie. Hacerse disponible, llevable; así está el corazón del santo, a disposición del Espíritu que sopla cuando quiere. Es el espíritu de la infancia que con confianza absoluta se deja llevar en los brazos de su padre. 

      Es el Espíritu de Dios quien nos sostiene. Nos sabemos en manos suyas y por lo tanto no hemos de gloriarnos en nosotros mismos, pues nos descubrimos muy pequeños, impotentes, frágiles, necesitados. Entonces no se cree uno capaz de nada, sino que necesita de Otro, y eso resulta difícil de aceptar. Este momento es el punto crítico, donde uno se juega el ir o no hacia Dios; no hay más remedio que abandonar toda iniciativa. Es llegado el momento de olvidarse de sí, de perdernos de vista, para ver sólo a Quien lo llena todo, pero esto hace que nuestros nervios se rebelen negándose a esa inseguridad donde uno no sabe ni adónde va ni dónde se encuentra. Sólo cabe el abandono, la confianza absoluta, una fe de entrega total, y ¡oh! entonces todo sucede.

       Ser como el pajarillo que -por primera vez y siempre- se echa al vacío confiando en que va a volar. El cristiano que confía que Dios lo va a mantener en el aire sin permitirle caer al suelo, ese ha entrado en el secreto de la amistad con Dios.

       Sólo quien se dispone para ser alzado sin miedo, sin temor a lo que pasará, con la confianza en Quien nos sostiene y levanta; sólo quien se arriesga a no pisar el suelo del mundo, a andar sobre el agua, conocerá el tesoro secreto del Reino. Es algo que solo al espíritu de la infancia es es concedido.

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Catena Aurea

San Jerónimo

Después que los discípulos vieron que se había pagado el mismo tributo por Pedro que por el Señor, dedujeron que Pedro era el primero de los apóstoles.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,2

Esta idea suscitó en ellos una especie de resentimiento, que da a entender el evangelista cuando dice: «En aquella hora se llegaron los discípulos a Jesús diciendo: ¿Quién piensas que es mayor en el Reino de los Cielos?» Se avergonzaban de confesar la pasión que sufrían y por eso no dicen abiertamente: ¿Por qué honraste más a Pedro que a nosotros? sino que preguntan de una manera general: ¿quién es mayor? Cuando distinguió el Señor a sus tres discípulos a la vez -a Pedro, a Santiago y a Juan- en la transfiguración, no experimentaron lo demás resentimiento alguno; pero cuando ven que uno solo es el honrado, se quejan los otros. Mas debemos considerar, primeramente, que no exigen las cosas de la tierra y además, que depusieron después este movimiento apasionado; pero nosotros no podemos llegar ni hasta sus defectos, porque no preguntamos quién es el mayor en el Reino de los Cielos, sino quién es el mayor en el reino de la tierra.
 

Orígenes, homilia 5 in Matthaeum

Si dudamos en alguna ocasión y no encontramos la resolución de las dudas, debemos imitar a los discípulos aproximándonos tranquilamente a Jesús, que tiene poder para iluminar los corazones de los hombres y hacerles entender toda clase de cuestión; preguntemos también a los doctores que están colocados al frente de las iglesias. Sabían los discípulos, al hacer esa pregunta, que en el Reino de los Cielos no eran iguales todos los santos; pero deseaban saber de qué manera se llegaba a ser el mayor y por qué camino se descendía a ser el menor. O también, por lo que el Señor les había dicho antes, sabían quién era grande y quién el menor; pero no comprendían quién sería el mayor entre muchos que eran grandes.
 

San Jerónimo

Mas el Señor, al ver sus pensamientos, quiso curar su deseo de vanagloria, mediante una comparación sumamente humilde. Por eso sigue: «Y llamando Jesús a un niño, etc.»
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3

Me parece una cosa muy bien hecha la presentación, en medio de ellos, de un niño inocente.
 

San Jerónimo

De manera que por su edad fuese el tipo de la inocencia. Por otro lado, el mismo Señor se presentó en medio de ellos como un niño, para demostrarles que no había venido para ser servido, sino para darles ejemplo de humildad. Otros significan por la palabra niño, al Espíritu Santo, a quien puso el Señor en el corazón de sus discípulos, para cambiar su orgullo en humildad. Sigue: «Y dijo: En verdad os digo, que si no os volviereis, e hiciereis como niños, etc.» El Señor no mandó a los apóstoles que tuvieran la edad de los niños, sino que tuvieran su inocencia y que obtuvieran por sus esfuerzos lo que aquellos poseían por sus años, de manera que fueran niños en la malicia, pero no en la sabiduría ( 1Cor 14). Es como si dijera: así como este niño, que os propongo como ejemplo, no es tenaz en la cólera, olvida el mal que se le ha hecho, no se deleita en ver una mujer hermosa, no piensa una cosa y dice otra; de esta manera, vosotros, si no tuviereis esa inocencia y esa pureza de alma, no podréis entrar en el Reino de los Cielos.
 

San Hilario, in Matthaeum, 18

Llamó también niños a todos los creyentes, por su obediencia a la fe; éstos siguen a su padre, aman a su madre, no saben querer el mal, desprecian los cuidados de los afanes de la vida, no son insolentes, no tienen odio, no mienten, creen lo que se les dice y tienen por verdadero lo que oyen. Tal es el sentido literal.
 

Glosa

Si no os convertís de ese orgullo y de esa indignación en que ahora vivís, y no os hacéis por la virtud tan inocentes y humildes, como son los niños por su edad, no entraréis en el Reino de los Cielos, porque de este modo no se puede entrar. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño será el mayor en el Reino de los Cielos.
 

Remigio

Esto es, en el conocimiento de la gracia, o en la dignidad eclesiástica, o en cierta bienaventuranza eterna.
 

San Jerónimo

O de otro modo, cualquiera que se humillare como este niño -es decir, el que se humillare a ejemplo mío- entrará en el Reino de los Cielos.
 

Sigue: «Y el que recibiere a un niño tal, en mi nombre, etc.»

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 58,3

Esto equivale a decir: No solamente recibiréis una recompensa si os hiciereis como este niño, sino que si honrareis por mí a todos los que se hacen semejantes a un niño, yo determino para vosotros, como recompensa del honor que les habéis dado, el Reino de los Cielos. Y aun les propone otra cosa mayor, en estas palabras: «A mí recibe».
 

San Jerónimo

Efectivamente, recibe a Cristo aquel que imita su humildad y su inocencia. Y el Señor añade oportunamente, a fin de que los apóstoles no se atribuyesen a sí mismos el honor que se les había dado, que habían recibido ese honor, no por sus méritos, sino por los de su Maestro.

 

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[1] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, pp.42-43.

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