El aniquilamiento de los débiles

No nos cabe la menor duda de que la pandemia está poniendo al descubierto un aspecto más de eso que se ha venido a mal llamar «cultura de la muerte» —entre otras cosas porque «cultura» viene de cultivar (es decir, algo tan noble y antiguo, como era el cuidado de la tierra y sus cultivos)—. De esto, de que los débiles perezcan, es algo que ya tratamos en parte en un artículo con el título de «Los descartados«. En caso de tener que elegir, a los que hay que adjudicar el papel de perdedores, serán aquellos que entre la población esté más próximos a la muerte. (En el caso de los abortos, es al revés: los que estén próximos a nacer; pero con el sangrante componente de que aquí ya no se opta por otra vida, sino por el bienestar placentero de otra vida).

Este es el mundo a que hemos llegado: preferir a unos en detrimento de otros, fríamente, sin el menor gesto que inquiete. Esta impasibilidad nos delata. Después de esto, podremos esperar cualquier cosa; como la eutanasia (buena muerte), otra bella palabra, un eufemismo para enmascarar lo que nos debería avergonzar. Acabaremos matando, como si nada, a aquel —y ya sin importar la edad— que nos cuadre según sus  circunstancia poco propicias para vivir satisfactoriamente o que suponga una carga económico-social (v.g.: pobres, enfermos, ancianos, discapacitados, enfermizos, etc.)

¡Esto es inadmisible! Se pensará. Pero no, esto va a ocurrir. ¿Quién se inmuta ante esta elección del coronavirus de quitar a una persona mayor un respirador para dárselo a una persona más joven? o ¿Quién se inmuta ante el descuartizamiento de un feto, con todo el cuerpo de un ser humano?

La impasibilidad ante el aniquilamiento de los más débiles es algo que desde la perspectiva del Dios cristiano es inadmisible. Las entrañas de amor misericordioso de Dios que se dirige especialmente hacia sus hijos más frágiles, contrasta con la actitud de inhumanidad imperante poniendo de relieve la gran distancia que separa ambas formas de ser.

Les dejamos con este párrafo, perteneciente al escrito de la Pontificia Academia para la Vida, “Pandemia y Fraternidad Universal. Sobre la emergencia covid-19”, del 30 de marzo de 2020, y que puede descargarse completa AQUÍ:

 

La obligación de proteger a los débiles: la fe evangélica a prueba

 En este panorama, se debe prestar especial atención a los que son más frágiles, pensamos sobre todo a los ancianos y discapacitados. En igualdad de condiciones, la letalidad de una epidemia varía según la situación de los países afectados -y dentro de cada país- en todo lo que se refiere a los recursos disponibles, a la calidad y organización del sistema sanitario, a las condiciones de vida de la población, a la capacidad de conocer y comprender las características del fenómeno y de interpretar la información. Habrá muchas más muertes allí donde no se garantice a las personas una simple atención sanitaria básica en su vida cotidiana.

También esta última consideración, sobre la mayor penalización a la que están sometidos los más frágiles, nos insta a prestar mucha atención a la forma en que hablamos de la acción de Dios en esta situación histórica. No podemos interpretar los sufrimientos por los que pasa la humanidad en el crudo esquema que establece una correspondencia entre la “majestad herida” de lo divino y la “represalia sagrada” emprendida por Dios. Si consideramos entonces, que de esta manera serían los más débiles los más castigados, precisamente aquellos por los que Él se preocupa y con los que Se identifica (Mt 25,40-45), vemos cuan equivocada es esta perspectiva. Escuchar las Escrituras y el cumplimiento de la promesa de Jesús nos muestra que estar del lado de la vida, como Dios nos enseña, se concretiza en gestos de humanidad hacia el otro. Gestos que, como hemos visto, no faltan en el momento actual.

Cada forma de solicitud, cada expresión de benevolencia es una victoria del Resucitado. Es responsabilidad de los cristianos dar testimonio de Él. Siempre y para todos. En esta coyuntura, por ejemplo, no podemos olvidar las otras calamidades que golpean a los más frágiles como los refugiados e inmigrantes o aquellos pueblos que siguen siendo azotados por los conflictos, la guerra y el hambre.

 

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