El aborto

Usan el término «interrupción del embarazo», cuando quiere decir aborto. Un término de los llamados eufemístico, a interponer a este del aborto que suena horroroso, y que per se produce repeluco, con letras fuertes de sonoridad: r, b, t, a, o.

Ponen el acento en la mujer, en el adulto que pretende hacer lo que le dé la gana, lo que más le guste, lo que sea más placido y no le complique la vida. Y obvian la consideración del tema de aquellos que no tienen voz, ni votan, ni se les «ve», los niños inocentes por nacer.

 

El aborto es un hecho brutal y asesino; materialmente se produce una exterminación de destrucción de un ser con toda apariencia humana, al que -en algunos casos-  se le desguaza, se le arranca pieza a pieza, un brazo, una pierna, etc., miembro a miembro, parte a parte de cuerpecito, hasta arrancarlo del todo del útero. Ah, no se me escandalice, es así. Ah, que es algo de más gusto tal descripción. Pues, mire, si esto resulta teóricamente tan abyectamente repugnante, ¿qué será en la práctica?…

 

Hay que avanzar en el terreno de la razón, para conseguir logros en la defensa de la vida que atenta el aborto. Hay que armarse de razones, para que en ese terreno común de todos los seres humanos, en el que podemos entendernos como es el de la razón, podamos convencer y no vencer, para que asuman posturas de respeto a los no nacidos y no su aniquilación.

 

Partamos de un hecho: La razón de que Dios lo ha dicho en un libro sagrado, no es razón suficiente; lo será para el que crea, pero no para el que no; si Dios no obliga a creer en Él, tampoco lo que Él dice.

 

Argumentos expuestos:

Apuntes sobre el aborto (I)

Apuntes sobre el aborto (II)

 

 

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