Los de la «libertad, igualdad y fraternidad» incluyen la destrucción de la vida, la aniquilación de seres humanos inocentes como un derecho constitucional. ¿Hay algo más infame y perverso que convertir el asesinato del inocente en un derecho? En Francia se producen más de 223.000 abortos al año.
Los franceses, orgullosos de ser el primer país en incluirlo en la Constitución, han sacada lo guillotina a pasear. A este derecho que acaba con la libertad, la igualdad y fraternidad del nasciturus, se une además la imposición de que los médicos deben ejercer profesionalmente abortos, sin que exista la objeción de conciencia, en una actitud totalitaria de un Estado.
Monseñor Michel Aupetit, arzobispo emérito de París, y que fuera médico antes de su vocación sacerdotal, afirmó que una sociedad que elimina la objeción de conciencia se convierte en una dictadura: «El aborto se impone en la Constitución. Se rechaza la cláusula de conciencia para los médicos. La ley prevalece sobre la conciencia. Francia ha tocado fondo. Se ha convertido en un Estado totalitario».
Francia es un país materialista y políticamente masón que no reconoce que haya vida humana en el ser que crece en el vientre de una madre. Pero también es en parte de su población de tradición católica, cuya fe conlleva el sumo respeto a la persona que se está gestando desde la concepción. ¿Cuántos católicos han respaldo esto con su voto a estos políticos, que en una grandísima mayoría (780 votos a favor, 72 en contra y 50 abstenciones, diputados y senadores franceses), han decidido tal atrocidad? Es abrumadoramente signficativa esta mayoría. ¿La Iglesia católica está haciendo todo cuanto puede en este sentido para luchar contra esta barbarie?
La pregunta que sin explicación se hacia Trump, hace unos días, sobre «¿Cómo pueden los cristianos votar a Joe Biden o a los demócratas?» Un Joe Biden —como tantos políticos— promotor y patrocinador del aborto, que está atacando agresivamente a las iglesias cristianas y encarcelando a los estadounidenses provida por protestar pacíficamente. Es una pregunta válida para todas las personas creyentes de cualquier lugar del mundo.
«La historia demuestra que, sin JESUCRISTO, no hay ‘libertad’, ‘igualdad’ ni ‘fraternidad’: 1º.- ¿LIBERTAD?… ¿Es justo sobreponer mi libertad de elección sobre el derecho a la vida del inocente? 2º.- ¿IGUALDAD?… ¿Acaso puede calificarse de igualitario que el destino de los seres humanos dependa de si son considerados como ‘deseados’ o ‘no deseados’? 3º.- ¿FRATERNIDAD?… “El Señor dijo a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Respondió Caín: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?»” (Génesis 4, 9).» (Mons. J. I. Munilla).
Francia ha dado este paso homicida, pese a que cada vez hay mayores evidencias científicas de la vida desde el momento de la concepción y también a la ya creciente conciencia de ello —pese a Joe Biden— en el país más influyente del mundo EE.UU, que camina en muchos de sus estados al reconocimiento y respeto de la vida en el seno materno, cuando menos desde el latido del corazón.
Los franceses se creen así estar a la vanguardia del mundo; pero no saben -¡pobres!- qué diablos los poseen. El aborto, como un gran mal, como un pecado horrendo, abre puertas a la influencia y presencia de Maligno. Ya veremos que se nota de aquí en adelante su mayor acción sobre esta nación. Al tiempo.
Y todo esto, en un país donde los franceses nativos son cada vez menos. En el pecado van a llevar la penitencia. Lo hemos de ver.
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