Cuantos le tocaban, quedaban curados

El Evangelio de la liturgia del día de hoy, 9 de febrero, se nos da a conocer la actividad extraordinaria de la predicación de Jesús: cómo la gente le buscaba se corría la voz de su presencia en determinada zona, en este caso Genesaret.

La fama de Jesús se había extendido por su palabra llena de sabiduría espiritual así como por los signos o milagros curando a todo el mundo. De modo que la gente acudía en masa a escucharle y a que curara a algún enfermo. Este bien físico y espiritual era señal de que el Reino de Dios que Jesús encarnaba ya estaba presente en medio de ellos, en la tierra, para todos.  

Jesús irradiaba amor misericordioso, su gracia se derramaba generosamente para aquellos que se le acercaban tocándole tan sólo su ropa con fe: “la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.”

Esto nos lleva a pensar: Esta multitud que abordaba a Jesús contrasta con la soledad en que después se encontraría en su Pasión.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 53-56

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos terminaron la travesía del lago y tocaron tierra en Genesaret.

Apenas bajaron de la barca, la gente los reconoció y de toda aquella región acudían a él, a cualquier parte donde sabían que se encontraba, y le llevaban en camillas a los enfermos.

A dondequiera que llegaba, en los poblados, ciudades o caseríos, la gente le ponía a sus enfermos en la calle y le rogaba que por lo menos los dejara tocar la punta de su manto; y cuantos lo tocaban, quedaban curados.

 

“Este pasaje puede ayudarnos a meditar cómo estamos recibiendo a Nuestro Señor en la Sagrada Comunión. ¿Comulgamos con la fe de que este contacto con Cristo puede obrar milagros en nuestras vidas? Más que un simple tocar «la orla de su manto», nosotros recibimos realmente el Cuerpo de Cristo en nuestros cuerpos. Más que una simple curación de nuestras enfermedades físicas, la Comunión sana nuestras almas y les garantiza la participación en la propia vida de Dios. San Ignacio de Antioquía, así, consideraba a la Eucaristía como «la medicina de la inmortalidad y el antídoto para prevenirnos de la muerte, de modo que produce lo que eternamente nosotros debemos vivir en Jesucristo».

“El aprovechamiento de esta «medicina de inmortalidad» consiste en ser curados de todo aquello que nos separa de Dios y de los demás. Ser curados por Cristo en la Eucaristía, por tanto, implica superar nuestro ensimismamiento. Tal como enseña Benedicto XVI, `Nutrirse de Cristo es el camino para no permanecer ajenos o indiferentes ante la suerte de los hermanos (…). Una espiritualidad eucarística, entonces, es un auténtico antídoto ante el individualismo y el egoísmo que a menudo caracterizan la vida cotidiana, lleva al redescubrimiento de la gratuidad, de la centralidad de las relaciones, a partir de la familia, con particular atención en aliviar las heridas de aquellas desintegradas´”. (Fr. John GRIECO. En Evangeli.net)

«Dios, después de haber terminado la creación, no se “retiró”: Él puede obrar aún. Sigue siendo el Creador y, en consecuencia, siempre tiene la posibilidad de “intervenir”. ¡Dios sigue siendo Dios!» (Benedicto XVI)

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 1 de julio de 2018)

En el camino del Señor están admitidos todos: ninguno debe sentirse un intruso o uno que no tiene derecho. Para tener acceso a su corazón, al corazón de Jesús hay un solo requisito: sentirse necesitado de curación y confiarse a Él. Yo os pregunto: ¿Cada uno de vosotros se siente necesitado de curación? ¿De cualquier cosa, de cualquier pecado, de cualquier problema? Y, si siente esto, ¿tiene fe en Jesús? Son dos los requisitos para ser sanados, para tener acceso a su corazón: sentirse necesitados de curación y confiarse a Él. Jesús va a descubrir a estas personas entre la muchedumbre y les saca del anonimato, los libera del miedo de vivir y de atreverse. Lo hace con una mirada y con una palabra que los pone de nuevo en camino después de tantos sufrimientos y humillaciones. También nosotros estamos llamados a aprender y a imitar estas palabras que liberan y a estas miradas que restituyen, a quien está privado, las ganas de vivir. 

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Catena Aurea

 

Glosa

Después de haber expuesto el evangelista el peligro que habían corrido los discípulos en el mar, y cómo fueron salvados, refiere ahora a dónde llegaron, diciendo: «Atravesando, pues, el lago».
 

Teofilacto

Después de largo espacio de tiempo, arribó el Señor a dicho lugar; y por esto dice el evangelista: «Apenas desembarcaron, que luego fue conocido», es decir, por los habitantes.
 

Beda, in Marcum, 2, 28

Lo conocieron por su nombre, no por el rostro; o acaso lo conocieron muchos por la grandeza de sus milagros y por su rostro. Observemos cuánta era la fe de los hombres de la tierra de Genesaret, que no se contentan con tener ellos la salud, sino que avisan a otros pueblos de las inmediaciones, para que se apresuren a venir al médico. «Y recorriendo toda la comarca entera, empezaron las gentes a sacar en andas», etc.
 

Teofilacto

No le invitaban a que fuese a curar a las casas, sino que le llevaban ellos mismos los enfermos. «Y donde quiera que llegaba, fuesen aldeas, o casas de campo», etc. El milagro de la mujer del flujo de sangre había llegado a oídos de muchos, y les inspiraba mucha fe, por la cual sanaban.
 

Beda, in Marcum, 2, 28

En sentido místico, debemos entender por la franja de su vestido el menor de sus preceptos, porque el que lo quebrante será llamado el menor en el reino de los cielos; o el asumir nuestra carne, por lo que tenemos acceso al Verbo de Dios, y gozaremos después de su Majestad.
 

Pseudo – Jerónimo

Lo que sigue: «Y todos los que le tocaban quedaban curados», se cumplirá cuando cese el gemido.

 

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