Esta celebración al final del año litúrgico de Cristo Rey más que ser del Universo es total, origen de todo, por el que todo fue hecho, incluido los seres angélicos existentes en el Cielo; como dice la 2ª lectura de este día de San Pablo a los Colosense: «en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.»
Al principio de entrar Jesús en la historia humana, Isabel reconocido su divinidad estando en el vientre de María; luego, tras su nacimiento, los Reyes Magos le adoraron como alguien superior a ellos, como Rey de Reyes, y ahora a la salida de este mundo, un hombre pecador y moribundo, le reconoce como Rey: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23,42).
Algo que parecía imposible, en un cuadro tremendo, Cristo entre dos delincuentes, colgado con clavos de una cruz -martirio cruel y vergonzoso, como un maldito en que pende de un madero-, un ladrón, un pobre hombre hombres, un desgraciado, en sus agonizantes últimos momentos de vida, allí, donde todos se burlaban, insultaban y humillaban de Jesús, éste hombre es capaz de reconocer en él, al Rey eterno. ¡Qué pudo ocurrir para que allí donde todo el mundo veían a un ser humano sin apariencia humana, al ecce homo, al hombre destruido, escarnecido, fracasado…, aquel ladrón arrepentido viera a Dios!
Y Jesucristo, el Rey que juzgará a mundo entero, desde el trono de la cruz, imparte sentencia: a una lado, está el hombre que implora misericordia, y la abstiene: » hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43); al otro lado, el hombre -como tantos- al que le es posible reconocer la presencia «invisible» de Dios en medio de nosotros, e incluso formar parte de aquellos que le ofenden. Sin embargo, en este caso el Señor no se pronuncia, no sentencia; como sí hace en el caso de Dimas, al que canoniza como quien muere en santidad y goza de la presencia de Dios en el Cielo: en esa misma tarde estaría con Él en el Paraíso. Siempre hay tiempo; ante la misericordia divina hasta el último instante hay posibilidades de ser salvado; nada está perdido…
Sobre el trono de la cruz se leía «este es el rey de los judíos». Lo colocó Pilatos, ante quien Cristo afirmará: «Yo soy Rey. Para esto nací, para esto vine al mundo, para ser testigo de la Verdad» (Jn 18, 36-37). Para un mundo que naufraga en la mentira, como son los tiempos de entonces como los de hoy, la posibilidad de reconocer la Verdad divina y acceder a su Reino es absolutamente imposible.
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Lecturas del domingo, 20 de noviembre de 2022.
Primera lectura
Lectura del segundo libro de Samuel (5,1-3):
En aquellos días, todas las tribus de Israel se presentaron ante David en Hebrón y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos. Desde hace tiempo, cuando Saúl reinaba sobre nosotros, eras tú el que dirigía las salidas y entradas de Israel. Por su parte, el Señor te ha dicho: “Tú pastorearás a mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”». Los ancianos de Israel vinieron a ver al rey en Hebrón. El rey hizo una alianza con ellos en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos le ungieron como rey de Israel. ………………………….
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses (1,12-20):
Hermanos: Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen del Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles. Tronos y Dominaciones, Principados y Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él y para él quiso reconciliar todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.
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Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):
En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».