«Feliz el que no se condena a sí mismo en sus decisiones.» (Rom 14,22b).
«La gente del mundo -decía Teresa de Jesús- es hábil en el arte de conciliar las satisfacciones de aquí abajo con las exigencias de Dios.»
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El novelista Balzac sorprendió a su criado en una mentira en cierta ocasión, y le dijo:
—La mentira es uno de los pecados más feos que existen. de ahora en adelante ten siempre en cuenta que no podemos engañar a nuestro prójimo.
—Pero, señor Balzac, entonces, ¿cómo, cuando llama a la puerta el aguacil ejecutivo, he de decir siempre que el señor esta fuera?
—¡Es que los aguaciles no son nuestro prójimo! -respondió Balzac.[1]
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Si moralmente algo se opone a nuestros intereses, deseos, si contraviene nuestras pretensiones o saca a relucir nuestras vergüenzas y contradicciones y tacha de hipócrita nuestro comportamiento, somos muchos los que mezquinamente manipulamos lo que haga falta con tal de subvertir la evidencia de algo que no nos complace.
Si la realidad no me gusta, no me da la razón o me acusa, lo único que hay que hacer es cambiarla. m Esto ocurre especialmente cuando es una cuestión de conciencia, cuando se nos reclama interiormente a responder de un comportamiento inmoral. Siempre buscamos triquiñuelas para autoexculparnos.
Podemos zafarnos, salir del paso…; pero en el fondo -pero en el fondo seamos conscientes o no de ello- algo nos dice que no, que no estamos autoengañándonos a nosotros mismos. Y si no pasa esto, peor; porque significa que ya interiormente estamos muy mal.
«Hay quienes, al cometer cierta clase de pecados, se imaginan no pecar, porque dicen que no hacen mal a nadie.» (San Agustín[2]).
Todo intento de autojustificarnos, de negarnos a agachar la cabeza y reconocer que hemos fallado, errado, pecado, es una actitud de orgullo, de no querernos reconocer humildemente que somos frágiles, débiles, pobres necesitados -necesitados de la gracia divina, que nos da la fuerza…-.
si no procuramos conocer a Dios; mirando sus limpieza veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes. (Santa Teresa de Jesús[3]).
A base de autojustificaciones podemos llegar muy lejos, tan lejos como alejarnos de Dios.
Quien se aleja de la luz, no se percibe cómo es. Quien está en la penumbra, la oscuridad no le deja ver sus anchas. «¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís?” (Mc 8,17b).
«La fascinación del mal oscurece el bien» (Sab 4,12). .
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[1] CÁNOVAS, L., Las 1000 mejores anécdotas humorísticas, De Vecchi, Barcelona, 1972, p.102.
[2] «Sermón» 287,7.
[3] Moradas del castillo interior, Moradas Primeras, cap. II.
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