Armagedón

Armagedón: Har-magedón, en hebreo “Monte de Megiddó”, situado cerca del monte Carmelo, donde varias veces se decidió el destino de la Tierra Santa. El Valle de Armagedón, llanura de Meguido era el campo de batalla por excelencia. Una tradición también afirma que la última gran batalla del mundo, será librada en éste el fin de los tiempos, cosa que no se puede asegurar por tener el riesgo de malinterpretar imágenes o símbolos.

Previo al desenlace final, de la séptima trompeta, se concitarán todas las potencias mundiales, los 10 reyes a las ordenes de la Bestia, para dar la batalla de Armagedón, de ataque destructivo de la Humanidad ­—la prostituida— y de la Tierra, creaciones de Dios. Ese momento será el “ira de Dios” contra las naciones que se revelaron. Es la plaga del “juicio”, en el que llegó la hora de “recompensar a los siervos de Dios” y de “destruir a los que destruían la Tierra”.

Y vi que de la boca del Dragón, de la boca de la Bestia y de la boca del falso profeta, salían tres espíritus inmundos como ranas. Son espíritus de demonios, que realizan señales y van donde los reyes de todo el mundo para convocarlos a la gran batalla del Gran Día del Dios Todopoderoso. (…). Los convocaron en el lugar llamado en hebreo Harmaguedón. El séptimo derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una fuerte voz que decía: `Hecho está´” (16,13-17) .

En la sexta copa el Maligno convoca a todos los mandatarios del mundo para provocar la destrucción mundial.

Al final del fin de los tiempos, cuando se estén cumpliendo los tremendos tres días de tinieblas, en la séptima copa, provocados por el Cielo, acaecerá el Armagedón o batalla definitiva en la que las fuerzas divinas encabezadas por el Señor de señores, por el Rey del universo, acompañado de su ejército, sus ángeles y a la vanguardia san Miguel Arcángel, irrumpirán en el espacio terrestre. Esta Parusía o venida de Cristo,  -tras asumir su poder, el poder conferido por el Padre y ganado con su sangre en la Cruz- supondrá la victoria definitiva sobre el príncipe de las tinieblas, que dominaba la tierra, desbastándola.

Será una inmensa batalla, pero rápida. Un sangriento y terrible combate librado contra el Anticristo (“Vi entonces a la Bestia y a los reyes de la tierra con sus ejércitos reunidos para entablar combate“, Ap 19,19), en la planicie de Mageddo. Será una fulgurante y sobrenatural victoria en ese mismo momento en que el Anticristo animado por Satanás pretenda destruir la obra creada por Dios, mediante una total conflagración atómica.

Aparece un caballo blanco (Ap 19,11). Su jinete tiene varios nombres: “Fiel y Verdadero” (19,11), “Palabra de Dios” (19,13), “Rey de reyes y Señor de señores” (19,16). ¡Es Cristo Jesús! Acompañado de los ejércitos celestes (19,14), él viene a “juzgar y combatir con justicia” (19,11).

Satanás (o el Dragón), El Anticristo (o Primera Bestia), el Falso Profeta (o Segunda Bestia) y los dirigentes (o reyes de la tierra) secuaces y a las órdenes del Anticristo que gobernaban el mundo, en un instante,  quedarán derrotados.

A aquellos que lleven la marca de la Bestia se “pudrirá su carne estando ellos todavía en pie, sus ojos se pudrirán en sus cuencas, y su lengua se pudrirá en su boca” (Zac 14,12). Los adoradores de la bestia, están ya muertos todos por la espada que sale de la boca del gran Caballero (Ap 19,21).

La Bestia fue capturada, y con ella el falso profeta el que había realizado al servicio de la Bestia las señales con que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su imagen los dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con azufre. Los demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo” (Ap 19,20-21).

Un ángel baja del cielo y agarra al dragón, “la antigua serpiente, el diablo, Satanás” (Ap 20,1). El dragón es esposado y arrojado al gran abismo, donde se quedará durante mil años (20,2-3).

Arrojados al infierno y Satanás encadenado en él, hasta el fin del mundo definitivo, para extirpar su influencia maligna y opresión sobre los seres humanos que continúen su nueva existencia sobre la tierra, liberada de maldad, por un periodo de años indefinidos (“mil  años”).

Aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza. Aquel día – oráculo de Yahveh Sebaot – extirparé yo de esta tierra los nombres de los ídolos y no se volverá a mentarlos” (Zac 13,1-2).

Todos (o la inmensa mayoría) los que queden vivos sobre la Tierra reconocerán la intervención divina y creerán y se incorporarán a la Iglesia, Pueblo de Dios.[1]

Y todos los supervivientes de todas las naciones que hayan venido contra Jerusalén subirán de año en año a postrarse ante el Rey Yahveh” (Zac 14,16).

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[1]  “El poder de los que combaten el catolicismo irá siempre en creces hasta llegar a su apogeo: en el terreno de la política, y de la fuerza material prevalecerá el enemigo, y la Iglesia santa perderá completamente el apoyo de los poderes políticos de la tierra. Solo con Dios, luchará contra todos los poderes del infierno, coligados con los políticos de la tierra, y vencerá por la acción inmediata de Dios. La caída del imperio del mal, y el triunfo de la Iglesia, sobre las ruinas de la incredulidad, será un cataclismo el más espantoso que hayan visto los siglos”.  Beato Francisco Palau, “El Ermitaño”, Año III, 19 de Mayo de 1870.

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