ARISTOTELES, Gran ética

Les ofrecemos unas líneas del gran filósofo de la antigüedad Aristóteles de su obra “Gran ética”[1]. Que nos animarán a la reflexión y a valorar cómo ya hace veinticinco siglos se apreciaba -a diferencia de hoy, en general y en Occidente- la ética, el bien, la virtud, la felicidad interior…

        

Libro I

 

            Sócrates disertó sobre esta cuestión mucho mejor y más copiosamente, aunque tampoco él lo hizo con demasiada exactitud, ya que hacía de las virtudes unas ciencias: cosa que no es posible hacer en manera alguna. Puesto que todas las ciencias suponen un principio racional: y esto es fruto tan sólo de la parte intelectual el alma. (…)  Ocurre que el que supone que las virtudes son ciencias elimina la parte irracional del alma: y haciendo esto, destruye el sentimiento y la pasión. (Cap. I, p. 27)

         Toda ciencia y toda facultad tienen un fin y que este fin es, por sí mismo, bueno (cap. I, p. 28)

         La facultad de la vida política o social es la mejor de todas: y en consecuencia su fin será el mejor de los bienes. (Cap. I, p. 28)

         El bien, en efecto, no es uno y simple; puesto que recibe la denominación de bueno tanto lo que en cada ser es lo mejor -y, por su propia naturaleza, deseable-,  como aquello por cuya participación las cosas son buenas: es decir, la idea del bien. (cap. I, p. 29)

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         Varias acepciones o sentidos del bien. Es decir, hay unos bienes que son merecedores de honor, otros que son merecedores de alabanza, otros, en fin, simplemente bienes potenciales. (Cap. II,  p. 34)).

         Otros bienes, en fin, son potencias o potenciales, por ejemplo: la autoridad, las riquezas, la fuerza, la belleza, porque de estos bienes el hombre que es bueno puede hacer un buen uso, y un mal uso el hombre que es malo; por esta razón, los bienes de esta clase se llaman bienes en potencia. (Cap. II, p. 35)

         La cuarta y última clase de bienes la constituyen aquellos por cuyo medio se conservan y preparan los otros bienes. (cap. II, p. 35)

         Ahora bien, los bienes admiten también otra división, algunos bienes son completamente deseables en todos sus aspectos mientras que otros no lo son. Por ejemplo, la justicia y todas las demás virtudes son dignas de ser deseadas en todos sus aspectos y de manera absoluta; mientras que la fuerza, la riqueza, el poder y otras cosas del mismo género, no lo son en ningún aspecto, ni de manera absoluta. (cap. II, p. 35)

         También se pueden dividir de otra manera: de entre los bienes todos, unos son fines y otros no lo son. (Cap. II, p. 36)

         Entre los mismos fines siempre está por delante del imperfecto el que es perfecto. Y es un fin perfecto aquel que, una vez conseguido, no sentimos ya la necesidad de ninguna otra cosas. (cap. II, p. 36)

         Si conseguimos la felicidad, no tenemos ya necesidad de ninguna otra cosa. La felicidad es entonces el mejor de los bienes humanos, bien que es además el objeto de nuestra investigación. Es un fin perfecto. Y el fin perfecto es el bien, y el fin o término de todos los bienes. (cap. II, 36)

         La felicidad no es algo independiente de todos estos bienes; es simplemente su suma total. (cap. II, p. 37)

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         Los bienes admiten aún otra división. Hay, en efecto, unos bienes que se hallan en el alma; por ejemplo: las virtudes; otros, que radican en el cuerpo: la salud, al belleza; otros, en fin, que son extrínsecos o circunstanciales; la riqueza, la autoridad, la honra, y cualquier otra cosa del mismo género.

         De todos ellos son mejores los que radican  en el alma. (cap. III, p. 38)

         Por otra parte, los bienes que radican en el alma se dividen en tres clases: prudencia, virtud y placer. (cp. III, p. 39)

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         La virtud del alma nos hará vivir bien.

         Decimos que “vivir bien y obrar bien” no es otra cosa que la felicidad: luego, ser feliz y la felicidad están en vivir bien. Y vivir bien consiste en vivir de acuerdo con la virtud. La virtud es, por tanto, el fin, la felicidad y lo mejor. (Cap. IV, p. 40)

         La felicidad esta bien vivir bien de acuerdo con las virtudes. (….) Viviendo de conformidad con las virtudes podremos ser felices y poseeremos el mejor de los bienes. (cap. IV, p. 41)

         Existe, al parecer, una parte del alma a la que, como instrumento de nuestra nutrición corporal, llamamos nosotros “nutritiva”. (Cap. IV, p. 41)

         Las cosas que acrecen de apetito carecen también de actividad. (Cap. IV, p. 42).

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         El alma se divide en dos partes: la que llamamos irracional y la que llamamos racional. En la parte racional radican la prudencia, la astucia y presencia de ánimo, la sabiduría, la formulación o educabilidad, la memoria, y otras cosas del mismo género. Y en la parte irracional radican lo que llamamos las virtudes, la templanza, la justicia, la fortaleza, y todas cuantas, arraigadas en el carácter, son dignas o merecedoras de alabanza. (cap. V, p. 43).

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         La virtud, pues se la puede también definir en términos de tristeza y de gozo. Pues, incitados por el placer, obramos el mal; mientras que la tristeza nos disuade y desalienta para hacer el bien. Y, en general, es imposible concebir la virtud o el vicio fuera de la tristeza y el placer.

         La virtud, pues, está relaciona con el campo del placer y la tristeza. (Cap. VI, p. 45)

         La virtud “ética” toma su nombre de esto: su nombre viene de la palabra “ethos”, costumbre o hábito; y se llama virtud “ética”, porque nosotros la conseguimos por habituación. (Cap. VI, p. 46)

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         Las manifestaciones fenoménicas del alma. Estas manifestaciones son de tres tipos: percepciones o afectos, facultadles, hábitos. (cap. VII, p. 46)

         Atribuirse más cosas de las que uno posee es arrogancia; pero atribuirse menos de las que se tienen, es autodepreciación. El término medio, pues, entre ambas, es la verdad. (Cap. VII, p. 47)

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         El error está en la elección de los bienes, pero no en el orden del fin. Pues, por lo que respecta a los fines, el consentimiento es universal. (…) En esta elección es donde más pesan el place y el dolor, con su fuerza alucinatoria. (cap. XVIII,  p. 68)

         No hay, pues, anda mejor que la virtud, puesto que ella es cusa final de otras cosas, y respecto de ella existe un principio. (cap. XVIII, p. 69)

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         El fin de la virtud es lo moralmente bello o noble. (Cap. XIX, p. 70)

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         El que es capaz de indignarse justamente, es merecedor de encomio. La indignación es algo así como una tristeza o pena por los bienes que han sobrevenido de una era indigna. Y, por consiguiente, aquel a quien entristecen estos bienes, indignamente allegados, se entristecerá también de ver a otros afligidos pro males también inmerecidos. Esto es la justa indignación y éste es el hombre que lo experimenta. (Cap. XXVII, p. 83-4)

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Libro II

 

         Cuentan no obstante entre los constitutivos de la felicidad el carecer de dolor; de manera, pues, que una vida libre de dolor está muy estrechamente relacionada con el placer.

         En nuestra definición hemos establecido que la felicidad es “la actividad de la virtud en una vida perfecta” (cap. VII, p. 144)

         La actividad del bien va acompañada de un placer; de manera que, puesto que el bien es predicable de toda categoría, también el placer deberá ser predicable. De modo que concluimos que, al igual que las cosas buenas y el placer se hallan juntamente, y que el placer que procede de  las cosas buenas es verdaderamente un placer, todo placer es una cosa buena. (cap. VII, p. 148)

         El placer no es lo mismo para el caballo y para el hombre, o, en general, para una y para otra criatura; sus naturalezas difieren, y esto hacen igualmente sus placeres. (cap. VII, p. 150)

         Todas las criaturas buscan, naturalmente, lo que es bueno; de manera que, si todas buscan el placer, el placer debe ser contado entre las cosas buenas. (cap. VII, p. 152).

         Si un hombre realiza las cosas virtuosas con pena, no es un hombre bueno. La virtud no puede ir acompañada de penalidad: por tanto, debe ir acompañada de placer. El placer, pues, lejos de ser un impedimento a la acción, es un estímulo de la misma; y la virtud no puede en manera laguna existir fuera del placer que ella misma produce. (cap. VII, p. 154)

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         El hombre honesto y bueno es aquel para quien lo que es absolutamente bueno es bueno, y lo que es absolutamente honesto es honesto; porque un hombre así es él mismo ambas cosas, bueno y honesto. (cap. IX, p. 162)

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         Todos los hombres se ven impelidos hacia las cosas buenas, cada una de las cuales le reclama según su propio grado de bondad. (Cap. XIII, p. 184)

         Un amante de sí mismo, lo será respecto de lo que es noble u honesto y lo que es moralmente bello. (cap. XIII, p. 184)

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[1] Sarpe, Madrid, 1984.