Aproximación a una composición ordenada del relato del libro del Apocalipsis

Hemos tratado de «montar» abreviadamente un relato del Apocalipsis buscando un secuencia lógica en el acontecer de los hechos, para que sea más asimilable. Hemos incluidos los capítulos 5 al 20, que entendemos que son los que principalmente se centran en los acontecimientos inmediatos al fin de los tiempos (que no del fin del mundo -para éste están los capítulos 21 y 22, que no incluimos en el relato-).

        

         Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta y va a dar a luz. Un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, está delante de la Mujer, para devorar a su Hijo en cuanto le de a luz. La Mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Entonces se entabló una batalla en el cielo: El arcángel Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus Ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya en el cielo lugar para ellos. El gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero, junto con sus ángeles fueron arrojados a la tierra. Cuando el Dragón vio que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la Mujer que había dado a luz al Hijo varón. Pero la Mujer, a la que se le habían dado dos  alas del águila, voló al desierto, lejos del Dragón, donde tenía un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada durante tres años y medio. Entonces el Dragón, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.[1]

 

 

         Dios Padre sentado en el trono celeste sostiene en su mano derecha un libro, el libro de la Historia Humana, sellado con siete sellos. Nadie en el cielo y en la tierra, excepto su Hijo, es capaz de abrirlo y leerlo[2]; porque sólo Cristo es el Señor de la Historia.

         El Kyrios de la Historia tomó el libro y abrió los cuatro primeros sellos en los que aparecían cuatro caballos montados por cuatro jinetes, a los que se les dio poder sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con la espada, con el hambre, con la peste y con las fieras de la tierra[3].

         Un Ángel, que tenía gran poder, bajó del cielo y la tierra quedó iluminada con su resplandor. Gritó con potente voz diciendo: “La Gran Babilonia se ha convertido en morada de demonios, en guarida de toda clase de espíritus inmundos, en guarida de toda clase de aves inmundas y detestables. Porque del vino de sus prostituciones han bebido todas las naciones, y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido con su lujo desenfrenado.” Luego oí otra voz que decía desde el cielo: “Salid de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas. Porque sus pecados se han amontonado hasta el cielo y Dios se ha acordado de sus iniquidades.”[4]

 

          Cuando abrió el quinto sello, se pudo ver las almas de los mártires degollados por causa del testimonio de fe y fidelidad a la Palabra de Dios. Se pusieron a gritar con viva voz: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia y sin tomar venganza de los habitantes de la tierra por nuestra sangre?” Entonces se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos.[5]

 

         Los dos testigos de Dios habían profetizado durante 1260 días, cubiertos de sayal. Cuando hubieron terminado de dar testimonio, la Bestia que surgió del Abismo les hizo la guerra y los mató. Exponiendo sus cadáveres en la plaza pública. Pero, pasados los tres días y medio, un aliento de vida procedente de Dios entró en ellos y se pusieron de pie, y un gran espanto se apoderó de quienes los contemplaban. Y se oyó entonces una fuerte voz que les decía desde el cielo: “Subid acá.” Y subieron al cielo en la nube, a la vista de sus enemigos. En aquella hora se produjo un violento terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y con el terremoto perecieron siete mil personas. Los supervivientes, presa de espanto, dieron gloria al Dios del cielo.[6]

        

         Un ángel que volaba por lo alto del cielo, tenía una buena nueva eterna que anunciar a los que están en la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo. Decía con potente voz: “Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su Juicio; adorad al que hizo el cielo, la tierra y el mar.” Otro lo siguió con fuerte voz: “Si alguno adora a la Bestia y a su imagen, y acepta la marca en su frente o en su mano, padecerá el furor de Dios.” Aquí se requiere la paciencia de los santos, de los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Una voz decía desde el cielo: “Escribe: Dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, sí  ¾dice el Espíritu¾, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan.”[7]

 

         De pie delante del trono y el Cordero había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero. Por esto están delante del trono de Dios, dándole culto día y noche en su Santuario.[8]

 

         El Señor abrió el sexto sello: se produjo un fortísimo terremoto;  el sol se ennegreció y la luna apareció como ensangrentada; las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra; el cielo desapareció; las montañas y las islas fueron removidos de sus asientos; y los gobernantes de la tierra, los magnates, los políticos, los ricos, los poderosos…, y todos los seres humanos se ocultaron aterrorizados donde pudieron, a la vez que decían ocultémonos del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero. Y pensaban que había llegado el fin de los tiempos.[9]

         Apareció sentado sobre una nube blanca uno como Hijo de hombre, que llevaba en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada. Seguidamente salió del Santuario un ángel diciendo al que estaba sentado en la nube: “Mete tu hoz y siega, porque ha llegado la hora de segar; la mies de la tierra está madura.”[10] Ante los daños que iban a sobrevenir a la tierra, otro ángel portando el sello de Dios marcó la frente de los siervos de nuestro Dios. El número de los marcos fueron ciento cuarenta y cuatro mil.[11]

         Al abrir el Hijo el séptimo sello se hizo un prolongado y expectante silencio…[12] Se abrió en el cielo el Santuario de la Tienda del Testimonio, y salieron del Santuario siete Ángeles, vestidos de lino puro, resplandeciente, que llevaban siete copas de oro, las siete plagas, y también a otros siete ángeles que se encontraban de pie delante de Dios, se les entregó siete trompetas. El Santuario se llenó del humo de la gloria de Dios y de su poder y del perfume de las oraciones de los santos.[13] Se oyó una fuerte voz que desde el Santuario decía a los siete Ángeles: “Id y derramad sobre la tierra las siete copas del furor de Dios.”[14] Los siete Ángeles de las siete trompetas se dispusieron a tocar.[15]

         Tocó su trompeta el primer ángel y el primero derramó su copa sobre la tierra: Hubo entonces pedrisco y fuego mezclados con sangre, que fueron arrojados sobre la tierra: la tercera parte de los árboles y toda hierba quedó abrasada. Y sobrevino una úlcera maligna y perniciosa a los hombres que llevaban la marca de la Bestia y adoraban su imagen. Tocó el segundo ángel y el segundo derramó su copa sobre el mar: Entonces fue arrojado al mar algo como una enorme montaña ardiendo, y el mar se convirtió en sangre como de muerto, y toda alma viviente murió en el mar. Tocó el tercero y el tercero derramó su copa sobre los manantiales y los ríos: Entonces cayó del cielo una estrella grande, ardiendo como una antorcha; cayó sobre la tercera parte de los ríos y los manantiales, convirtiéndolos en su tercera parte en aguas amargas, y muriendo mucha gente. Tocó el cuarto y el cuarto derramó su copa sobre el sol: Entonces fue herida la tercera parte del sol, y le fue encomendado abrasar a los hombres con fuego. No obstante, blasfemaron del nombre de Dios, y no se arrepintieron dándole gloria. Cuando tocó el quinto ángel y el quinto derramó su copa sobre el trono de la Bestia: y quedó su reino en tinieblas. Una estrella, a la que se le había dado la llave del abismo, cayó a la tierra y abrió el pozo del abismo, y de éste se alzó una  humareda como la de un horno inmenso que oscureció el aire y el sol. De la humareda surgieron langostas sobre la tierra, con aguijones como los de los escorpiones. Tienen sobre sí, como rey, al Ángel del abismo. Se les ordenó que no causaran daño a nada verde de la tierra, ni a la hierba ni a los  árboles, sólo a los hombres que no llevaran en la frente el sello de Dios. Se les dio poder, no para matarlos, sino para atormentarlos. Los hombres se mordían la lengua de dolor. En aquellos días, buscarán los hombres la muerte y no la encontrarán; desearán morir y la muerte huirá de ellos. No obstante, blasfemaron del Dios, y no se arrepintieron de sus obras.  Tocó el sexto ángel y el sexto derramó su copa sobre el gran río Eufrates, y sus aguas se secaron. Entonces fueron soltados los ángeles atados junto al rió Eufrates, formando una tropa de doscientos millones, montando caballos que echaban fuego, humo y azufre por sus bocas. Fue exterminada la tercera parte de los hombres por estas tres plagas del fuego, humo y azufre. Sin embargo, los demás hombres, los no exterminados por estas plagas, no se convirtieron de las obras de sus manos y no dejaron de adorar a los  ídolos y a los demonios… No se convirtieron de sus asesinatos, idolatrías, vicios y rapiñas.[16]

         El séptimo Ángel derramó su copa sobre el aire; entonces salió del Santuario una poderosa voz que decía: “Hecho está”. Se produjeron relámpagos, fragor, truenos y un tremendo terremoto, como jamás ha existido. La Gran Ciudad se abrió en tres partes, y las ciudades de las naciones se desplomaron; y todas las islas y las montañas desaparecieron.[17] Los mercaderes, los que se habían enriquecido, horrorizados ante su suplicio, se lamentaban llorando y echando polvo sobre sus cabezas: “¡Ay, ay, la Gran Ciudad, llena de riquezas y opulencia, que en una hora ha sido derruida y asolada!” Sus mercaderes eran los magnates de la tierra, porque con tus hechicerías se extraviaron todas las naciones; y en ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos y de todos los degollados de la tierra. Alegraos por ella, cielo, y vosotros, los santos, los apóstoles y los profetas, porque al condenarla a ella, Dios ha juzgado vuestra causa.[18] Y se escuchó en el cielo un griterío de muchedumbre inmensa que decía: “¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios, porque sus juicios son verdaderos y justos; porque ha juzgado a la Gran Ramera que corrompía la tierra con su prostitución idolátrica, y ha vengado en ella la sangre de sus siervos.”[19]

 

         El Dragón, la Bestia y el falso profeta mandaron tres espíritus inmundos, tres demonios, a los reyes de todo el mundo para convocarlos a la gran batalla del Gran Día del Dios Todopoderoso. Los convocaron en el lugar llamado en hebreo Harmaguedón.[20]

         Un ángel poderoso, que bajaba del cielo envuelto en una nube, con el arcoiris sobre su cabeza, su rostro como el sol y sus piernas como columnas de fuego, puso el pie derecho sobre el mar y izquierdo sobre la tierra; luego levantó al cielo su mano derecha y juró por el que vive por los siglos de los siglos, el que creó el cielo, la tierra y el mar y cuanto hay en ellos, y gritó como ruge el león: “¡Ya no habrá dilación! sino que en los días en que se oiga la voz del séptimo ángel, cuando se ponga a tocar la trompeta, se habrá consumado el Misterio de Dios, según lo había anunciado como buena nueva a sus siervos los profetas.”[21]

         Tocó el séptimo ángel… Entonces se oyeron en el cielo fuertes voces que decían: “Ha llegado el reinado sobre el mundo de nuestro Señor y de su Cristo; y reinará por los siglos de los siglos.” Y los veinticuatro Ancianos que estaban sentados en sus tronos delante de Dios, se postraron rostro en tierra y adoraron a Dios diciendo: “Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, `Aquel que es y que era´ porque has asumido tu inmenso poder para establecer tu reinado. Las naciones se habían encolerizado; pero ha llegado tu cólera y el tiempo de que los muertos sean juzgados, el tiempo de dar la recompensa a tus siervos los profetas, a los santos y a los que temen tu nombre, pequeños y grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.”[22]

         En el cielo abierto apareció un caballo blanco: el que lo monta se llama “Fiel” y “Veraz”; y juzga y combate con justicia. Viste un manto empapado en sangre. Su nombre es: La Palabra de Dios. Y los ejércitos del cielo, vestidos de lino blanco puro, le seguían sobre caballos blancos. De su boca sale una espada afilada para herir con ella a los paganos; él los regirá con cetro de hierro; él pisa el lagar del vino de la furiosa cólera de Dios, el Todopoderoso. Lleva escrito un nombre en su manto y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de Señores. Luego se vio a un ángel de pie sobre el sol que gritaba con fuerte voz a todas las aves que volaban por lo alto del cielo: “Venid, reuníos para el gran banquete de Dios.” La Bestia y los reyes de la tierra con sus ejércitos se habían reunido para entablar combate contra el que iba montado en el caballo y contra su ejército.[23]

         La Bestia fue capturada, y con ella el falso profeta —el que había realizado al servicio de aquélla las señales con que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su imagen—; los dos fueron arrojados vivos al lago del fuego que arde con azufre. Los demás fueron exterminados por la espada que sale de la boca del que monta el caballo.[24]

         Luego un Ángel bajó del cielo trayendo en su mano una gran cadena y la llave del Abismo. Dominó al Dragón, la Serpiente antigua —que es el Diablo y Satanás— y lo encadenó por mil años. Lo arrojó al Abismo, lo encerró y puso encima los sellos, para que no seduzca más a las naciones hasta que se cumplan los mil años. Después tiene que ser soltado por poco tiempo.[25]

         En unos tronos se sentaron, y se les dio el poder de juzgar. Estaban también las almas de los que fueron decapitados por el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios, y todos los que no adoraron a la Bestia ni a su imagen, y no aceptaron la marca en su frente o en su mano; revivieron y reinaron con Cristo mil años. Los demás muertos no revivirán hasta que se acaben los mil años. Es la primera resurrección. Dichoso y santo el que participa en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene poder sobre éstos, sino que serán Sacerdotes de Dios y de Cristo y reinarán con él mil años.[26]   

 

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[1] Cf. Ap 12,1-17.

[2] Cf. Ap 5,1-5.

[3] Cf. Ap 6,1-8.

[4] Cf. Ap 18,1-5.

[5] Cf. Ap 6,9-11.

[6] Ap 11,3-13.

[7] Cf. Ap 14,6-13.

[8] Cf. Ap 7,9-15.

[9] Cf. Ap 6,12-17.

[10] Cf. Ap 14,14-15.

[11] Cf. Ap 7,1-4.

[12] Cf. Ap 8,1.

[13] Cf. Ap 15,5-7 y 8,2 y 4.

[14] Cf. Ap 16,1.

[15] Cf. Ap 8,6.

[16] Cf. Ap 9,1-21 y 16,2-12.

[17] Cf. Ap 16,15-20.

[18] Cf. Ap 18,15-24.

[19] Cf. Ap 19,1-2.

[20] Cf. Ap 16,13-14.

[21] Cf. Ap 10,1-7.

[22] Cf. Ap 11,15-18.

[23] Cf. Ap 19,11-19.

[24] Cf. Ap 19,20-21.

[25] Cf. Ap 20,1-3.

[26] Cf. Ap 20,4-6.


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