Aparentar daña hasta las obras buenas

En el evangelio de la liturgia de hoy, 19 de junio, Jesús nos dice: «Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.» Y hace referencia a tres obras concretas, en las que se pueden comprender todas: la limosna, la oración y el ayuno.

Hipócrita es quien aparentar ser lo que no lo es. Hipócrita es alguien falso que finge hacer cosas que no haría si no le estuvieran viendo.

Comportarse de una determina manera para que nos vean o porque nos ven, el bien de esa acción queda comprometido en cuanto a la intención motivadora, se carece de un verdadero sentimiento noble.

Dios nos viene a decir que sólo ha de ser realizado «secretamente», si anunciarlo, sin aparentar, discreta, sólo que Dios tenga conocimiento de ellas. Por lo tanto, el bien realizado queda a salvo de ser por una intención que contamine la pureza del corazón de la persona; por otro lado, que ese gesto de amor requiere de la fe y la esperanza en Dios, quien motiva y por quien en último extremo se hace, por su voluntad, por agradarle. “La visión de Dios no es como la del hombre, porque el hombre juzga según las apariencias, pero Yavé mira el corazón.” (1Sam 16,7).

Evangelio según san Mateo 6, 1-6. 16-18

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.

Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.

Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará’’.

Las buenas obras, no tienen valor si se hacen con un fin humano, como el de ser alabados. Hay que poner en ellas espíritu sobrenatural, buscando solamente la aprobación de Dios y no de los hombres.

La pérdida de pureza en las intenciones, de inocencia, de nobleza, de buenos sentimientos y confianza supone incapacidad para creer, y por ende, para amar. Muchas relaciones amorosas están teñidas por una falsa apariencia de generosidad, pero en realidad domina el interés que la ahoga sin ser consciente de ello, como el trigo ahogado por la cizaña, que cree aun de noche y sin que se sepa.   

Cualquier mérito sin humildad se convierte en demérito. Más vale entonces carecer de méritos pero ser humildes.

«Cuando pienso en aquellas palabras del Señor: “Traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno según sus obras”, me digo a mí mismo que en mi caso Dios va a verse en un gran apuro: ¡Yo no tengo obras! Así que no podrá pagarme “según mis obras”… Pues bien, me pagará “según las suyas…” (Santa Teresa de Lisieux)[1]

«El hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios sino como consecuencia del libre designio divino de asociarlo a la obra de su gracia. El mérito pertenece a la gracia de Dios en primer lugar, y a la colaboración del hombre en segundo lugar. El mérito del hombre retorna a Dios.» [2]

«La gracia del Espíritu Santo, en virtud de nuestra filiación adoptiva, puede conferirnos un verdadero mérito según la justicia gratuita de Dios. La caridad es en nosotros la principal fuente de mérito ante Dios.» [3]

Los méritos de nuestras buenas obras son dones de la bondad divina (cf Cc. de Trento: DS  1548). «La gracia ha precedido; ahora se da lo que es debido…. los méritos don dones de Dios» (S. Agustín, sermo. 298,4-5).[4]

La pretensión de acumular méritos, es antievangélica. La argumentación de los talentos es un recurso a la responsabilidad, a un mínimo; a un echar mano al miedo, como medio de cumplir un mínimo exigible, es un posicionamiento en la obligación, en el «no» del AT, no-matarás, no-robaras, etc. Para quien vive en el ámbito del NT, su lógica no es la de mínimos, sino la de la sobreabundancia, lo gratuito, es don, entrega, son las Bienaventuranzas las que rigen, es el orden de las santidad, del amor.

Santa Teresa de Lisieux lo entendió a la perfección. Por eso decía que su ilusión era llegar delante de Dios con las manos vacías. El se encargaría de llenarlas. Algunos tienen tal obsesión con cargar su vida de méritos que no dejan a Dios lugar para que entre en ella y la haga feliz, es decir, la salve.

La recompensa no se mide por los méritos del hombre, sino por al generosidad de Dios.

«La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse». (Charles de Foucauld).

«La apetencia de la propia gloria impide la fe. El que busca su propia gloria se olvida de Dios y del prójimo.» (D. Bonhoeffer)[5]

Leonardo Boff:

Si por mérito entendemos la obligación de recompensar, en justicia conmutativa, a alguien por los servicios prestados, se debe afirmar categóricamente que nadie puede merecer ante Dios. Las acciones del hombre «no son obras de otro con respecto a Dios, ya que el mismo Dios es autor de tales obras  -por cuanto otorga al hombre la posibilidad de obrar, el impulso para la acción y la realidad de la propia acción-  tanto en el orden natural como, sobre todo, en el orden sobrenatural» (Flick-Alszeghy). El mérito se entiende aquí en el horizonte de la promesa divina de recompensar con la felicidad en el reino a todos cuantos viven conforme a su beneplácito y en la rectitud de su proyecto orientado hacia Dios. En la Escritura abundan los textos donde se enseñan que las obras buenas serán premiadas y las malas castigadas (cf. Mt 5,12; 6,1-6.16.18; Mc 9,41-43; Lc 14,12-14; 19,11-27). Un vaso de agua dado a un discípulo (Mt 10,42) o una mínima compasión hacia los más insignificantes de la tierra (Mt 25,31-46) hacen, a juicio del Juez Supremo, a la persona digna del reino. El mérito quiere resaltar la realización de la promesa de Dios a aquellos que escucharon su voz y la pusieron en práctica. No constituye la condición para la suprema felicidad; es ya su presencia y gozo en la vida del justo.

«Tan grande es la bondad de Dios para con todos los hombres, que ha querido que sean méritos nuestros sus mismos dones» (DS, 248). El mérito no justifica, pues, la vanagloria del hombre; únicamente expresa el carácter dialogal de la gracia, resaltando la participación humana.

El mérito reside propiamente en el proyecto fundamental unificador y totalizador de la vida. Las acciones concretas -todas ellas-  son meritorias en la medida en que expresan con mayor o menor intensidad el proyecto fundamental de la persona.

Es propio de Dios ser más generoso y más pródigo de lo que el proyecto humano podría hacer pensar.

Se rompe la proporción ente la causa y el efecto; sobreabundan la benevolencia y graciosidad de Dios, que se comunica a los hombres mediante las creaciones humanas y hace que éstas produzcan efectos superiores a sus causas.

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Palabras del papa Francisco

 (Audiencia General, 13 febrero 2019)

Tenemos que rezar como Él nos enseñó a hacerlo.

Él dijo: cuando reces, entra en el silencio de tu habitación, retírate del mundo y dirígete  a Dios llamándolo “¡Padre!”. Jesús quiere que sus discípulos no sean como los hipócritas que rezan de pie en las calles para que los admire la gente (cf. Mt 6, 5). Jesús no quiere hipocresía. La verdadera oración es la que se hace en el secreto de la conciencia, del corazón: inescrutable, visible solo para Dios. Dios y yo. Esa oración huye de la falsedad: ante Dios es imposible fingir. Es imposible, ante Dios no hay truco que valga, Dios nos conoce así, desnudos en la conciencia y no se puede fingir. En la raíz del diálogo con Dios hay un  diálogo silencioso, como el cruce de miradas entre dos personas que se aman: el hombre y Dios cruzan la mirada, y esta es oración. Mirar a Dios y dejarse mirar por Dios: esto es rezar. “Pero, padre, yo no digo palabras…” Mira a Dios y déjate mirar por Él: es una oración, ¡una hermosa oración!

Sin embargo, aunque la oración del discípulo sea confidencial, nunca cae en el intimismo. En el secreto de la conciencia, el cristiano no deja el mundo fuera de la puerta de su habitación, sino que lleva en su corazón personas y situaciones, los problemas, tantas cosas, todas las llevo en la oración.

Hay una ausencia impresionante en el texto de “Nuestro Padre”. ¿Si yo preguntase a vosotros cual es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro? No será fácil responder. Falta una palabra. Pensadlo todos: ¿qué falta en el Padre nuestro? Pensad, ¿qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestros tiempos, -pero quizás siempre-, todos tienen una gran estima. ¿Cuál es la palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? Para ahorrar tiempo os la digo: Falta la palabra “yo”. “Yo” no se dice nunca.  Jesús nos enseña a rezar, teniendo en nuestros labios sobre todo el “Tú”, porque la oración cristiana es diálogo: “santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad”.  No mi nombre, mi reino, mi voluntad. Yo no, no va. Y luego pasa al “nosotros“. Toda la segunda parte del “Padre Nuestro” se declina en la primera persona plural: “Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal”. Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de  tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo. No hay que olvidarlo, falta la palabra “yo”. Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No os olvidéis.

¿Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, “nosotros”. Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: “Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo? Y yo, ingenuo, dije: “Tú”. “Este es el principio de la guerra. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, todos juntos”. Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura.

Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón es ¿cómo es? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. “Ablanda, Señor, mi corazón”. Es una oración hermosa: “Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás”. Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre. Este “sentir compasión” –no olvidemos esta palabra tan cristiana: sentir compasión- es uno de los verbos clave del Evangelio: es lo que empuja al buen samaritano a acercarse al hombre herido al borde del camino, a diferencia de otros que tienen un corazón duro.

Podemos preguntarnos: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿O pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese “nosotros” que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas.

Hay hombres que aparentemente no buscan a Dios, pero Jesús nos hace rezar también por ellos, porque Dios busca a estas personas más que a nadie. Jesús no vino por los sanos, sino por los enfermos, por  los pecadores (cf. Lc 5, 31), es decir, por  todos, porque el que piensa que está sano, en realidad no lo está. Si trabajamos por la justicia, no nos sintamos mejor que los demás: el Padre hace que su sol salga sobre los buenos y sobre los malos (cf. Mt 5:45). ¡El Padre ama a todos! Aprendamos de Dios que siempre es bueno con todos, a diferencia de nosotros que solo podemos ser buenos con alguno, con alguno que me gusta.

Hermanos y hermanas, santos y pecadores, todos somos hermanos amados por el mismo Padre. Y, en el ocaso de la vida, seremos juzgados por el amor, por cómo hemos amado. No solo el amor sentimental, sino también compasivo y concreto, de acuerdo con la regla evangélica -¡no la olvidéis!- “Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos, más pequeños a mí lo hicisteis”. Así dice el Señor. Gracias.

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[1] Manuscritos 11.1

[2] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.2025

[3] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n. 2026

[4] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n. 2009

[5] «Vida en comunidad», Sígueme, Salamanca, 1985 (3ª), p.75

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