
*****
Un artículo en la revista National Geographic mostraba una foto impactante de las Alas de Dios. Era sobre algo que había sucedido durante un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de los EE.UU.
Después de sofocado el fuego comenzó la labor de valuación de daños, y fue entonces que al ir caminando por el parque, un guardabosques encontró una ave calcinada junto al pie de un árbol, como una estatua petrificada, en una posición extraña, pues no parecía que hubiese muerto atrapada o intentado escapar, simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo.
Impactado, el guardabosques la golpeó suavemente con una vara, y de pronto tres diminutos polluelos emergieron vivos de debajo de las alas de su madre muerta.
La sacrificada madre, sabiendo que sus crías no hubieran podido escapar del pavoroso fuego, no los abandonó. Desde el nido en las ramas había bajado a sus hijitos a la base a la base del árbol y los había acurrucado bajo sus alas, sabiendo instintivamente que el fuego y el humo ascenderían quemándolos o asfixiándolos.
Se inmoló, para salvarlos. Cuando las llamas llegaron y quemaron su pequeño cuerpo ella permaneció firme. Porque había decidido morir para que aquellos que estaban bajo sus alas pudieran vivir.
*****
Ella podía haber volado para encontrar su seguridad, pero se había negado a abandonar a sus crías.
¿Pueden imaginar la escena? El fuego rodeándolos, los polluelos asustados y la madre muy decidida, infundiéndole paz a sus hijos, como diciéndoles: «no teman, vengan bajo mis alas, nada les pasará».
¿Tienes a quién amar así? ¿Te ha amado alguien así?
Quien encuentra un motivo por el cual vale la pena vivir, encuentra un motivo por el cual vale la pena dar la vida.
Si tu crees que nadie te ha amado como esa madre pájaro amó a sus polluelos, creo que te equivocas, pero no conozco tu vida y no te puedo decir con certeza quién o cuándo de quienes has conocido te han querido de esa manera. Lo que sí te puedo asegurar es que Dios nos amó tanto que se dio a sí mismo para ser humillado y morir por ti.
Lo más parecido al amor de Dios es el de una madre. Dios nos ama hasta dar la vida por nosotros. Abrió sus brazos como alas para salvarnos del fuego eterno.
|
***** En un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir a nadar en el río que circundaba su casa. Su madre desde el porche observaba lo bien y feliz que se hijo nadaba. Cuando de repente, se dio cuenta de la amenaza que surgió: vio horrorizada como un espantoso cocodrilo se le acercaba a su hijo. Como un resorte salió despavorida hacía su hijo, gritándole. Al oírla, el crió nadó hacía ella. Pero fue tarde. Desde el pequeño embarcadero, llegó a alcanzar los brazos del niño, en el preciso momento en que el horrible reptil agarraba sus piernitas. La mujer tiraba de su hijo con todas sus fuerzas. El animal era más fuerte, pero la madre era apasionada, tiraba con el corazón, y su amor no lo abandonaba. Un señor que escuchó los gritos angustiosos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aun pudo llegar a caminar. Cuando salió del trauma un periodista le preguntó si le quería enseñar las cicatrices de sus pies. El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remango las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo: —Pero las que usted debe ver son estas. Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. —Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida. *****
Una historia sobre estilo del amor salifico de Dios. Algunas veces nos conducimos tontamente en algunas situaciones peligrosas. La vida está repleta de riesgos y nos olvidamos que el enemigo nos espera para atacarnos. Ahí es cuando empieza la lucha de halar y tirar. Si tienes las cicatrices de Su amor en tus brazos, se muy, pero muy agradecido. El no te dejó y no te dejará ir. *****
|
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
