
“Deja de temer; basta que creas” (Mc 5,36)
“Por qué sois tan miedosos? ¿Por qué no tenéis fe? (Mc 4,40)
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Se había reunido a los ancianos y enfermos en una mezquita. Francisco iba a consolarlos y hacerlos compañía. La enfermedad había vuelto ciegos a la mayoría de ellos (….) Un día contrajo la enfermedad.
—¡Te lo había previsto, te dije que no te acercaras demasiado! —me permití observarle un día.
—Eres infinitamente sensato, hermano León —me respondió—. Todo lo que dice es más sensato de lo necesario. ¿Nunca te decidirás a “saltar”? ¿Siempre caminaras? [1]
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La fe es un don, un don que es tarea; es decir, que requiere de la respuesta cooperadora de la persona a la que es ofrecida, desde el asentimiento (recibirla en la propia tierra en que se planta la semilla) hasta su cuidado para que se mantenga y crezca (que se la riegue y la abone).
Ahora bien, la tarea — o cooperación— que implica el don tiene diferentes respuestas o grados, y con arreglo a este compromiso la fe se enraíza, flora y da frutos, menos o más y mejor.
Vivir la fe requiere mucho coraje. Es una apuesta a confiarse en lo que —en quien— no se ve, apoyándose en la palabra dada, escuchada, con la promesa de que ella es verdad y se va a cumplir; pero este cumplirse — y he aquí donde se prueba la calidad de la fe— en un futuro, futuro que, en muchos casos o en el caso más importante, es tras la muerte, en la otra vida y en ésta, donde estás haciendo la apuesta que creer. Esta confianza —fe— se apoya fundamentalmente en la esperanza; de ahí que la virtud teológica de la fe vaya ineludiblemente acompañada de la otra virtud teologal, la esperanza. «La fe es la garantía de las cosas que se esperan, la prueba de aquellas que no se ven» (Heb 11,1).
La fe se prueba en el riesgo que implica la confianza. Es —el instante constantemente repetido— como el pajarillo que va a iniciar su primer vuelo y de pie sobre el nido apoyado en el alero desde donde ve el espacio vacío al que ha de saltar confiando en que no va a estrellarse contra el suelo.
«Todo es posible para el que cree» (Mc 9,23). El hecho o acto más posible para el que cree es el de saltar sabiendo —con una confianza total— que Dios te va a sostener (y aunque carezcas alas).
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[1] KAZANTZAKIS, N., El pobre de Asis, Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1973, 198.
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