Revolución silenciosa

Aún a riesgo de pasar por pesimista e incluso de alarmista, no deja de ser sorprendente y hasta dolorosa la frecuencia con la que en Occidente se vienen sucediendo, de unos años acá, iniciativas de innegable cariz secularista, muchas de ellas incluso rayanas en lo esperpéntico como es el caso de la reciente publicidad atea en autobuses urbanos de algunas ciudades.

Ahí están, como ejemplo de lo dicho, las leyes españolas del divorcio express, la de equiparación al matrimonio de las parejas homosexuales, la normativa sobre embriones humanos, o el decreto de contenidos de la asignatura de Educación para Ciudadanía, sin olvidarse de las que están en ciernes: la de ampliación del aborto y la de la llamada “muerte digna”, etc., así como, lo que no deja de ser más grave: el clima de aceptación social y mediática de este estado de cosas.

La lectura reciente de un excelente ensayo de la profesora Marguerite A. Peeters acerca de la Nueva Ética Global (www.afeuropa.org/allegati/doc/Peeters-es.pdf), arroja una gran luz sobre la situación esbozada, al dar claves esclarecedoras de lo que viene ocurriendo en la situación moral, legal y social actual, y que a muchos actores sociales les está pasando desapercibido, cuando no es aceptado ingenua y pasivamente, ya que se trata de una auténtica revolución silenciosa de naturaleza cultural y política que está sustituyendo de hecho el sistema operativo moral de Occidente y empapando de forma creciente la cultura de las organizaciones internacionales, nacionales y regionales, así como la mentalidad de la sociedad civil y las prácticas de gobierno. Ahí está, como botón de muestra, el Ministerio de Igualdad para impulsar está línea política.

Un nuevo orden moral

Estamos ante la construcción de un nuevo orden moral y la “deconstrucción” del sistema hasta ahora vigente, basado en la Ley natural y en los principios éticos, morales y jurídicos, nacidos de la civilización grecorromana y judeocristiana. Estos son sustituidos por otros nuevos surgidos del consenso y del relativismo que proclama que toda realidad es una construcción social, que la verdad y la realidad no tienen un contenido estable y objetivo, pues de hecho no existen. Para la nueva visión las normas y las estructuras sociales, políticas, jurídicas y espirituales pueden ser reconstruidas una y otra vez a voluntad, según las transformaciones sociales del momento.

Los derechos humanos universales –ahora que celebramos el 60 aniversario de su Declaración- se vuelven en esta cosmovisión radicalmente autónomos de todo marco moral objetivo y trascendente. El principio básico del nuevo sistema es el del derecho a elegir: ya sea la orientación sexual, la identidad, e incluso el género, etc. Todo es reconstruido, recreado a voluntad, por lo que sobran las normas basadas en la Ley natural y todo se instala en lo que el cardenal Ratzinger llamó con toda razón la “dictadura del relativismo”. En esta revolución cultural se silencian palabras y conceptos esenciales desde siempre, hasta el punto de vaciarlos de su contenido semántico o sustituirlos por otros nuevos y ambiguos puestos de moda: desarrollo sostenible, gobernabilidad, diálogo de civilizaciones, democracia participativa, salud reproductiva, pareja, reproductores, formas de familia, orientación sexual, derecho reproductivo, aborto sin riesgo, entorno favorable, etc.

José María Gil Tamayo
Revista Ecclesia

 

 


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