Creemos porque ha sido así, con toda naturalidad, en todo tiempo y lugar, como lo demuestran los estudios sobre todos los pueblos de la tierra, desde siempre. No es locura: cuando creemos no decimos «dos más dos, cinco», sino que tiene una racionalidad, es decir, es razonable.
Creemos porque da un sentido a la vida. El que exista Dios es único relato de sentido.
Creer responde a la esperanza al ansia de inmortalidad, de no desaparecer, de seguir viviendo, de eternidad. El ansia de infinitud y trascendencia sólo es saciado en Cristo.
Creer satisface el anhelo de justicia (Horkeimer). Que se haga justicia a la vida y al mundo, que la injusticia no tenga la última palabra. Que sean reivindicados los perdedores, las victimas, los humillados…
Creer es una exigencia: «Se nos debe la luz por el dolor» (León Felipe)
Creer es positivo: templa los nervios en las circunstancias de la vida, ya que pasan a ser cosas penúltimas ante Dios y la eternidad que son últimas, relativizando aquellas. («Vuestra alegría nadie es lo podrá quitar»).
Creer aporta un consuelo por la desaparición de los seres queridos.
Creer nos mejora. Nos hace ser mejores personas. Nos ennoblece. Nos santifica.
Creer realiza la religación. Somos seres religados, religiosos, según Zubiri, y en le creer se actualiza esa dimensión esencial que todo ser humano posee como constitutiva propia.
Creer moraliza. «Si Dios no existe, todo está permitido»(Dostoyevski): Nada me impediría cometer cualquier barbaridad, si ello me favorece.
Los Evangelios son dignos de creerse ya que son el testimonio de personas que dieron sus vidas por ellos; quien testimonia lo que dice con sus sangre, no miente.
El testimonio de Jesús, ya por sí supone un humanismo prodigioso, que atrae. Su autenticidad admira y predispone al amor hacía esa figura. Lo que es ya un comienzo a creer en El.
Creer es tener la certeza de lo auténtico y verdadero. La fascinación de la belleza, de la bondad…, hace exclamar «¡esto es la verdad!». Como Edit Stein, tras leer la Vida de santa Teresa.
Creer es más positivo que negativo. El On (ser), que la nada.
Se cree en algo bien documentado, en calidad y cantidad. Miles de teólogos han estudiado y reflexionado a lo largo de siglos de historia. Al igual que existe el testimonio de miles de santos, místicos y contemplativos que han tenido experiencias místicas y revelaciones.
Creer es descubrirse heredero del legado trasmitido de una Tradición, consolidada con las obras y testimonio de tantos que los han precedido y dado el relevado de algo que se presiente sagrado. (Uno se admira al ver, por ejemplo, lugares que con una población de apenas 700 habitantes hace 500 años levantaron una templo como una monumental catedral… Y así en muchos pueblos o aldeas, fruto de una fe poderosa).
Creer es sentirse amado incondicional y tiernamente por un Ser que es Padre, y al que sientes agradercerle que así sea, y que estás aquí, vivo, por El, y que ha hecho y hará cuanto sea posible por salvarme.
Los miles de milagros.
Las experiencias más allá de la muerte.
Las dos reliquias no hechas por manos humanas: la sábana santa y la tilma de Guadalupe.
Si al final, no hay nada, no habrá ni decepción para los que creen; pero si lo hay, los que no creen se van a llevar un susto de muerte.