- Jesús no crea los panes y los peces de la nada –que podría hacerlo-, no, sino que obra a partir de lo que le traen los discípulos. Dice uno de ellos: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es esto para tantos?» (v. 9). Es poco, no es nada, pero le basta a Jesús. Dios cuenta con el ser humano, con su aportación procedente de la libertad de su dignidad.
- Los malos principalmente -es una coincidencia- son los que más acendradamente niegan que exista el más allá y el posible ajuste de responsabilidades. Si no existe, entonces para ellos “felizmente” no se cumplirá aquello del evangelio: «nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse» (Lc 8,17).
- Tras la muerte habrá estupor: estupor por maravillarse y estupor por avergonzarse. El avergonzamiento dará paso a que Dios pueda llevar a cabo lo que pretende con todo el mundo, salvarlo.
- La fraternidad caída -se halla bajo el vinculo común prometeico- es la de la Revolución, la que pretende salvación sin Dios. La del falso derecho a pecar, la del falso concepto de libertad.
- Dios, que nos ha hecho de la masa que somos, necesita de esa masa, del su sí, para obrar en el espacio de esa masa, es decir, del ámbito de la libertad del ser humano, como Dios mismo le ha creado.
- Para cumplir la voluntad de Dios -que es lo que más importa- hay que rezar; como hay que rezar para ser bondadoso, sincero, humilde, puro, íntegro…, como hay que rezar para ser santos como Dios quiere…, y para mantenerse fiel ante el aluvión espantoso de este mundo.
- Hay que rezar por todo aquello que creemos que merece la pena. Es decir, por cuanto estimamos que es bueno, justo, ético y elevado.
- Dios entabla comunicación -a veces más imperfecta, entrecortada, débil, etc., hasta los grados más elevados de unión mística-, de tal manera que nadie quede al margen de tener «noticias» de Él. Dios no solo entra en contacto con cada persona a través de las mediaciones o caminos más perfectos y deseados marcados por la Iglesia, Cuerpo del Señor, sino de cualquier otro medio y sea cual fuere el estado, de gracia o pecaminosidad, de su interlocutor humano.
- Hay que vivir del encuentro cara a cara con Dios -singularmente: en el pan sagrado y en la oración- para recibir de Él cuanto necesitamos; en esos momentos, si nos ofrecemos, si somos lo suficientemente generosos y verdaderos, la Gracia de Dios produce sus efectos.
- Hacen falta mimbres para hacer un cesto. Pasa con cierta frecuencia que carecemos de las condiciones interiores necesarias que nos hagan atrevernos a dar ciertos pasos para el seguimiento de Jesús. Como le ocurrió al joven rico que quería llegar a la santidad, siguiendo a Jesús, pero carecía de la suficiente generosidad necesaria para dejarlo todo y seguirle.
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