- El pecado original es en el fondo un pecado contra la humildad. La soberbia siempre está latente en la historia humana desde sus inicios.
- Dios busca hombres, voluntarios, que hagan lo que podría hacer El. La humildad de Dios es indescriptible, como el respeto, la consideración, el amor…
- Nos jugamos todo en nuestra posición con respecto a Dios. Todo se reduce en definitiva al combate entre el orgullo y la humildad.
- Nada, ni los pecados siquiera, nos puede separar del amor misericordioso de Dios, a no ser el orgullo.
- Cualquier virtud sin la humildad, deja de ser tal. La virtud está tentada de esa silenciosa vanidad que lo infesta todo, sin que apenas nos demos cuenta.
- Reconocer las faltas, las deficiencias, las imperfecciones, …los pecados, es cuestión de humildad, necesaria para el arrepentimiento y abrir a la gracia santificadora.
- Para Dios nada hay imposible, pero sin la humidad la salvación queda comprometida y la humildad propicia la misericordia que salva; recuérdese las dos posturas de los crucificados con Jesús.
- La salvación no se obtiene, conquista o compra, sino que Dios nos la da gratuitamente. Solamente, pide una cosa: que nuestro corazón se abra, no ofrezca resistencia a lo que se nos da. Recibir gratuitamente requiere de humildad; sin ser humildes nada se recibe verdaderamente.
- Reconozcamos humildemente que nos somos autosuficientes, que necesitamos de Dios, de su gracia, de su dinamismo de amor y santidad, para ser como el quiere que seamos: santos, como él es santo. Cuando toda otra pretensión decaiga en favor de esta única actitud, estaremos en la onda de Dios, en el espacio de su Reino.
- Sin esa vida de vitalidad procedente de la fuente de la vida, la Trinidad, cuanto hagamos por nuestra cuenta será como gotas de lluvia perdidas en lo intrascendente y perecedero. Solo trasciende lo que ya ha trascendido por la gracia hasta nosotros, en nuestra humilde disposición. Esto es lo que eternamente cuenta.
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