Pensamientos de Fe (20)

  1. Toda opción tomada con arreglo a lo que le agrada a Dios, se traduce en un sutil bienestar interior en forma de paz, alegría y confianza, que la acompañan.   
  2. La contemplación, que es un impregnarse de la presencia del Señor, al igual que cuando se hacía presente tras la resurrección que Jesús saludaban con un «la paz esté con vosotros», llena el corazón humano de paz, bondad y gratitud; que se incrementan día a día.
  3. Creer en Dios tiene efectos balsámicos, curativos y salvíficos; nos abre a salir del mayor peligro que corremos: el enfermizo deseo de mirarse únicamente a sí mismo; como dice san Pablo, del mayor de todos los males: el egoísmo.
  4. Estar triste, casi siempre es pensar en sí mismo. Este aspecto autista, este estar pendiente de sí, replegado sobre sí, esclavizado de sí mismo, de sus caprichos y deseos, con el único objetivo de satisfacerlos, llena de temores y recelos, y acaba por renroscandose sobre el alma… Lo que es contrario al trascender cristiano.
  5. La alegría de la fe -como virtud cristiana- es consecuencia de la presencia de la Gracia y un reverbero de la gloria divina.
  6. La belleza espiritual  -como la estética-  nos produce gozo: si nos produce agrado, dicha y satisfacción el bien, la bondad, la paz… La contemplación de la bondad de la bondad -venía afirmar santo Tomás Moro- es un deleite.
  7. Dios irradia a través de la persona que ama. Cuando amamos según Dios irradiamos sobrenaturalidad.
  8. Ponerse a vivir según el dinamismo del Espíritu, requiere dejarse llevar, dejarse hacer. Todo lo que hagamos estará en función de dejar acontecer la Acción que hace hacer.  
  9. Estar siempre dispuestos a la iniciativa siempre novedosa de Dios. Y esta voluntad novedosa puede desconcertarnos. Pero Dios quiere nuestra disponibilidad, aun desconcertados o precisamente por eso. En la disponibilidad es donde Dios nos puede hacer crecer.
  10.  «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), nos dice Jesús. Vida en abundancia que somos incapaces de comprender en sus verdadera dimensión, por más que lo meditemos; tan solo el silencio acogedor nos puede hacer apenas vislumbrar lo que supone.

 

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