Pensamientos de Fe (182)

  1. No hay mejor propuesta para mejorar el mundo que la voluntad de Dios; cualquier otra que se distancie de esta está abocada al fracaso. De modo que se impone lo de “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5,29); sólo cabe humildad o soberbia paradisiaca.       
  2. Aquel que no cree pero que obedece lo que la conciencia le indica está más cerca que Dios que aquel que diciendo creer ignora lo que la conciencia le dice.
  3. La conciencia es ese recinto interior, sagrado, lo más íntimo, reservado para la presencia mística de Dios, y que hace al ser humano ser lo que es: especie única: la humana; creada y recreada por la imagen de Jesucristo, la Palaba divina, que siempre —sin que abandone a cada hombre, por pecador que sea— resuena en el hondón de su ser. El riesgo mayor es echar tantas paletadas de tierra de maldad que acabe sepultando hasta hacer inaudible esa voz divina que portamos dentro. La aniquilación de la conciencia, la anomia, es lo más cercano a la aniquilación del hombre. En el hombre actual esto parece darse de manera excepcional.
  4. La suma belleza es la bondad de Dios, cuyo resplandor extasía de deleite a quien la contempla.
  5. La fe —virtud teologal— es gracia divina y un don para todos sin exclusión, pero hay que extender las manos para recibirla. Aquello es seguro; pero esto, no, y es aquí, por nuestra parte, donde se juega nuestro destino.  
  6. La fe es comienzo de todo, de ahí que Jesús pida constantemente que creamos en Él. La fe es lo que mueve el corazón al ritmo del Espíritu de Jesús, le configura con Él, y salva.
  7. Las obras son la expresión de la fe. Si la fe no se plasma en el quehacer diario, cuyo contenido es la voluntad de Dios, que se identifica con el amor y la bondad, entonces esa fe es una fe muerta, no salva. (Cf. Sant 2,1-17).
  8. Las cosas no son unívocas, sino como cada cual las ve, afectadas por la subjetividad. «Lo que el gusano cree que el fin del mundo, el hombre lo llama mariposa» (dicho oriental). Son como son; pero para cada uno son según él las interpreta. Sobre esta particular subjetividad recae la responsabilidad intelectual y moral de acertar con la verdad.
  9. Toda impureza ante Dios queda hecha ceniza. «No puede verlo nadie y quedar con vida» (Ex 33,20). No se puede ver el rostro de Dios sin morir, o lo que es lo mismo: conocerle, sin dejar de ser lo que se era, sin ser transformados, purificados, sobrenaturalizados; es decir convertidos de raíz, renacer de nuevo.
  10. No aferrarse a nada, ni siquiera a las «cosas buenas»; lo más importante es estar desapegados, disponibles a la voluntad de Dios, que puede pedirnos de un momento a otro, otra cosa. Un ejemplo real: A una persona de mucha oración se le planteó el tener que acompañar a urgencias a una vecina, que vivía solo y que le dio un dolor repentino; aquella dijo a su marido que le acompaña que ella tenía que ir a la parroquia hacer oración ante el Santísimo… Cuando lo supe tan solo se le ocurrió aquello de santa Teresa de Jesús: «dejar a Dios por Dios» (estando en oración dejó a Dios con la palabra para ir o cumplir una obligación —un deber, que era voluntad de Dios—). “Dejar a Dios (la oración) por Dios (el amor al prójimo)”; el servicio al prójimo puede ser la mejor oración: escucharle haciendo su voluntad.

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