- Dios en Jesucristo es más humano que nosotros mismos; es el la humanidad perfecta, el modelo de Hombre, al que fue creado todos ser humano, a su «imagen y semejanza». Sólo cuando lleguemos al Cielo y estemos con Él veremos a la luz de su presencia nuestra verdadera grandeza.
- Cuando el capricho toma las riendas de nuestro comportamiento en lugar de la voluntad la grandeza moral de nuestra dignidad comienza a resquebrajarse.
- Agere sequitur esse (santo Tomás de Aquino): «el obrar sigue al ser». Lo que uno es eso hace, y su vez el hacer persiste el ser, o puede desvirtuar la naturaleza de ser. De modo que hay una responsabilidad en el quehacer moral.
- Dios es donación, generosidad, gratuidad infinitamente, efusión desmedida…; más de cuanto somos capaces de acoger.
- Dios no es invasivo, no fuerza, no se impone, sino que te espera pacientemente a tu lado: «Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20).
- Dios con amor misericordioso de padre hacia sus hijos, siempre les perdona, por graves que sean, se anticipa entregándolo antes que se le pida; el problema está en hacer que se le acepte.
- Quien desee oír a Dios, que le hable, que se dirija a él claramente sin que «permanezca en silencio», ha de empezar por escucharle: prestar atención a la conciencia, que es una evidencia constante de su presencia, que te dice «haz el bien». Escuchar esa voz y seguirla, es estar a la longitud de onda de Dios.
- Quien el Evangelio y no siente un decir dentro de sí «esto es la verdad» ha perdido la capacidad de vibrar y se le ha endurecido el corazón. La inocencia de nacimiento que confiadamente dispone a empalmar con la Trascendencia.
- No hay paz sin justicia. De modo que permanecer impasibles ante las atroces injusticias (vg.: gobierno tiránico, como el venezolano), sin hacer nada, pudiendo hacerlo, supone un vínculo de complicidad moral. Esto está sucediendo a nivel de los Estados mundiales, que no se implican. También vale para los particulares, en otro plano y nivel de responsabilidad, claro; pero cada cual según su coyuntura. Pero nunca se puede esquivar la responsabilidad moral ante la injusticia, si se pretnde la convivencia pacífica y fraterna.
- Nadie estamos exentos de miserias. Y es el ella donde tiene lugar la miseri—cordia. Dios te espera en tu miseria. Allí El va a entablar la batalla decisiva con el mal que te aflige, porque El te ama más, mucho más, de lo que te imaginas. Su amor es más fuerte que tu mal. Dios ejerce su misericordia en la miseria. Es como si el pecado hubiera sido permitido con vistas al perdón: un derroche de amor divino, allí donde abundo el mal sobreabundo la gracia (cf. Rom 5,20).

