Pensamientos de Fe (175)

  1. Dios nos perdona siempre e incluso antes de que le pidamos perdón. Pero el riesgo está en que por la propia maldad, pervertida la libertad, nos ofusquemos hasta tal grado de oscuridad que rechacemos la divina gracia misericordiosa y salvadora.        
  2. Cuando se hace el silencio de tanta ideología, de tanta cacharrería mundana, de tanta cosa ambicionada, de tanto sueño materialista, de tanta pasión desordenada, de tanta distracción asfixiante, de tanto deseo…, y entonces: “Una palabra habló el Padre que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”. «La sabiduría de esta contemplación es el lenguaje de Dios al alma, de puro espíritu a espíritu.» (San Juan de la Cruz).
  3. La ideología está acabando con la estima de la verdad, y con tantas cosas, pues después de eso todo se precipita, para mal.
  4. «Lo que hace a un hombre grande es la virtud» (Cervantes). No se puede hablar de verdadero progreso al no ser en esa dirección: Hacer crecer a la persona más virtuosa y humana.
  5. El peor de los peligros de la IA (Inteligencia Artificial) es que al hacerse tan poderosa y autónoma, hasta independiente y no sujeta a valores éticos, que pueda ser penetrada por el Maligno; lo cual supondría una explosión automática de maldad.
  6. La ley natural, sustentada en el sentido común, en la racionalidad razonable, y cuyo contenido son los principios universales y propios de la condición humana, evita la ideologización subjetiva que puede fanatizar arbitrariamente la verdad y la realidad.
  7. Ignorar que existe el tesoro escondido -la gracia salvadora, la que proporciona la santidad que conduce a la vida eterna- es la mayor de las pobrezas; es muy invisible o sutil, pero la más real y verdadera, que constriñe la grandeza de la dignidad humana, cuya riqueza a trascender la apariencia caduca es inigualable. Busquemos los bienes de arriba, la gloria del cielo.
  8. Somos responsables de nosotros mismo: aquello que somos es lo que nos hacemos, con lo que hacemos, que se actualiza en nuestro ser, y a su vez, el actuar se sigue del ser, es decir, que hacemos lo que somos. En esta inversabilidad se juega nuestro destino trascendente.
  9. Un solo hombre encierra en sí toda la grandeza de todos los hombres. Uno solo, y cualquiera. Nada hay que supere en el universo la dignidad de un pobre desgraciado al que Dios ha querido destinar a ser hijo suyo.
  10. El poder de las tinieblas se muestra en nuestros días en la normalización como propio de lo impropio al ser humano: vivir como natural lo que hay de malo, de defectuoso, de pecaminoso… que lastra y encanalla el alma humana sin que apenas lo percibamos, pero que es de una eficacia letal.

 

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