Pensamientos de Fe (155)

  1. La bondad es la forma más exquisita de inteligencia. El ser humano confunde inteligencia (capacidad de conocimientos, índice de coeficiente) con sabiduría. La verdadera sabiduría tiene mucho de espiritual, nos ha de aproximar a la santidad.     
  2. El corazón inocente tiene la capacidad de sorpresa, y esta es la disponibilidad para la revelación. Sin ella, aunque se de la revelación, esta cae en el vacío; como la semilla que cae en tierra baldía. 
  3. Los milagros requieren, de alguna manera, de la colaboración de la persona agraciada. Así como decía san Agustín que “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, cabría aplicarse para las sanaciones milagrosas, en las que la gracia donada precisa de la exigencia de la colaboración receptora del beneficiado, donde la fe juega un factor fundamental.
  4. Dios creador del ser humano –todo hombre- a su imagen y semejanza, “sobrenaturalizado”, le ha aportado una dignidad intocable, inviolable, absolutamente respetable, sagrada; aún para los que se portan mal. Y tal es la importancia de la dignidad otorgada a todos, que para que no haya la menor duda, Jesús –Dios- dice que “lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40); es decir, recubre de una protección especial, insuperable, la dignidad a los más miserables.
  5. La Virgen María dijo si incondicional, se puso a disposición de Dios, con todas las consecuencias. Y no lo tuvo fácil: dio a luz en un establo, tuvo que abandonar su país como un refugiado a Egipto, la atravesó una espada el alma: vio morir a su hijo en la cruz, y acabo su vida expatriada, en Éfeso, Turquía.
  6. La ley moral del AT no fue alterada, sino llevada a plenitud; resumiéndola en la perfección sintética de dos mandamientos: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. El contenido de estos dos mandatos de amor consisten en: 1. Amar a Dios supone el obedecerle, hacer su voluntad, lo que le agrada; 2. Amar a los otros, consiste en procurarles su bien, hacer lo que queramos que hicieran con nosotros.
  7. Cuando uno se abaja, se hace humilde, pequeño, casi nada, entonces se eleva, es exaltado espiritualmente, porque carece de la gravedad de la materia que le amarraban a lo mundano.
  8. El amor a Dios pasa por el amor al prójimo y el amor al prójimo proviene del amor a Dios. Ambos amores están íntimamente vinculados. Si decimos amar a Dios, lo teneos que expresar prácticamente en el amor a los demás; no hay el uno sin el otro. De modo que cabría decir que en la medida en que amamos a los otros, amamos a Dios. Dios se siente amado cuando amamos. Dios es padre, y como tal se siente reconfortado viendo que sus hijos se quieren como hermanos.
  9. Todo es un constante abrirnos, un constante comprender, no nos neguemos a ello, no nos obstinemos creyendo haberlo comprendido todo. Nos negamos cuando resistimos a que la Palabra de Dios nos desconcierte. Toda revelación de Dios es tremenda y fascinante. Y queremos huir de aquello que nos atrae.  Creemos que la excesiva belleza no nos corresponde, que no es para nosotros, o que no vamos a estar a la altura de las circunstancias o que su suave exigencia nos resulta imposible.
  10. El Espíritu Santo, Señor y dador de vida está dentro de nosotros. Somos templo de Dios; Espíritu Santo habita en vosotros  (cf. 1 Cor 3,16). Este es un hecho extraordinario, y su meditación tendría que se constante, nos debería de cambiar por completo. En todo el universo, es nuestro corazón el lugar más preciso en que Dios se hace presente, es la mediación más sagrada (al margen de la presencia sacramental). Debemos, pues, de cuidarnos por dentro ante tan insigne huésped.  

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