Tan así es que Dios mismo se jugó la vida por nosotros, los seres humanos. El precio que hubo de pagar por tanto como valíamos fue su sangre. ¡No hay nada igualable!
En cambio, llegados a este punto de la historia, gran parte de los seres humanos se revuelven contra ello; para negar lo uno y lo otro: que el ser humano sea de esa grandeza que se mereciera tal sacrificio y dignidad tan elevada para la que todo fue hecho y cuya esperanza trasciende los límites de la historia para seguir viviendo en plenitud en la vida que nunca acaba.
El ser humano está siendo devaluado; de tal forma que no cueste el deshacerse de él… por medio del aborto, la eutanasia, el suicidio, etc.; pero no sólo en el podérsele arrebatar el derecho a la vida, también están siendo socavados otros derechos como el de la libertad, la capacidad de decisión, de opinión, el de conciencia, la integridad moral, el de la privacidad e intimidad, y tantos otros derechos… personales, y sociales.
Cuando el ser humano es considerado como un todo, único e irrepetible, con una dignidad sagrada, con valor eterno, con espíritu indestructible (y no materia fungible), con unos derechos inalienables, etc., tal y como lo considera el Dios cristiano, es de una grandeza inefable ante la que hay que estar con un respeto absoluto. Dios lo ha querido así, y así lo creo; ante lo cual, por envidia y soberbia se opuso el Demonio homicida entablando batalla por el alma humana hasta el fin de los tiempos, y arrastrando a esta feroz lucha a una multitud de ángeles caídos.
En esta guerra por la infestación de tinieblas del mundo y la perdición de los seres creados por Dios intervienen también seres humanos que, cual secuaces, se prestan -conscientes o inconscientemente- a que allanan el camino a los espíritus inmundos, a mermar la grandeza de la persona humana creada por amor a imagen y semejanza de la persona divina. Hoy día, como nunca, las fuerzas del mal que actúan en medio del mundo parecen más poderosas que nunca.
Nadie respeta más al ser humano y lo tiene en estima que Dios. Y en verdad, llegado un extremo, y si esto avanza en la dirección destruir la naturaleza humana, la conciencia y su espiritualidad trascendente, Dios intervendrá para salvar su Creación.
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