La cosa no es de nuestros días, exclusivamente; viene de atrás. Aunque se haya agravado, como en general todo lo relacionado con la dimensión espiritual del ser humano. Allá por el 1975 —y es experiencia propia— en el seminario de Madrid en el curso de que dábamos el paso del seminario menor al mayor, para acceder a los estudios propios de teología, de los 94 seminaristas menores dejaron la vocación sacerdotal 90, es decir, tan solo 4 pasaron al sermonario mayor. Parece increíble, pero así fue.
Tiempo atrás —por el día de san José— leímos con este mismo título un artículo del sacerdote Jorge González Guadalix, que exponemos parcialmente a continuación, y que pueden leer completo en Infocatolica.
Mejor, nos estamos quedando ya sin curas. Los datos del día del seminario de este año son escalofriantes en España. Tanto que, por primera vez que yo recuerde, no se ofrecen desglosados por diócesis. Ya imaginamos por qué. 1066 seminaristas mayores en España. Podemos hacer cuentas. 1066 para 70 diócesis. O bien 1066 seminaristas en una población, la española, de algo más de 47 millones de habitantes. Un seminarista por cada 44.000 habitantes. Si tenemos en cuenta que se producirán abandonos, vamos a contar en un futuro próximo con un sacerdote ordenado para cada cincuenta o sesenta mil habitantes. Me da pereza entrar en la media de edad del clero.
Ahora, visto el dato, toca analizar causas y poner remedios.
Varias cosas que expongo sin orden ni concierto, pero que son las que un servidor entiende que podrían estar en la base de todo:
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- No existe la verdad. Cada cual tiene la suya y todas son igualmente respetables, por tanto, no tiene sentido predicar a Cristo como Verdad.A lo sumo, como una verdad que se propone.
- Tras la muerte siempre se va al cielo, hagas lo que hagas, vivas como vivas, mueras como mueras. Por eso tan pocas confesiones y la unción de enfermos caso en extinción.
- Desaparición en la práctica de la gracia de Dios.Hoy estamos más por la autoayuda.
- Relativismo doctrinaly, en consecuencia, de la praxis eclesial y pastoral. Todo vale, una cosa y su contraria sin que jamás pase nada.
- Reducción de la misión de la Iglesia a un buenismo caritativo social.
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Quizá parezcan cosas simplonas las que apunto, pero a mi modo de ver son la clave.
Si la Verdad es relativa, no tiene sentido la predicación.
Si todos se salvan y la gracia no es fundamental, para qué celebrar los sacramentos. Para qué orar si Dios ya sabe lo que necesitamos.
¿Consagración para la salvación? ¿No se salvan todos?
¿Entonces para qué hacen falta curas? Terrible.
Atraer hacia el sacerdocio o la vida religiosa con la cosa de estar con los pobres no hace otra cosa que manifestar aún más la raíz de todo: la falta de visión trascendente. Y sin eso ¿para qué queremos curas?
Las causas de que nos estemos quedando sin curas son muchas, algunas complejas y difíciles. Pero hay que tener en cuenta al menos varias cosas:
- Si no cambia la sociedad, que valores y estime un tipo de «producto» (la dimensión espiritual, religiosa, humano-moral, etc.) mal se va a cosechar lo que no se siembra.
- Si —como en el caso introductorio que comentamos de los 90 de 94 que abandonaron el seminario de un tacada en un solo curso—, no se cuidan y hasta se miman las vocaciones —hoy escasas— se perderán, ahondado más la sangría.
- El mensaje, la verdad, a comunicar es el Evangelio de ayer, hoy y siempre; no hay que mimetizarlo con el secularismo y diluirlo en la mundanidad. Es una doctrina salvadora, que contracta —que debe contractar— con un mundo que yace…
- El sacerdote es el hombre de la Trascendencia, que habla de las cosas de Dios, con Dios y para los hombres. Esto es más que suficiente y fundamental. Y lo que se le debe de pedir a la persona con esa vocación. Lo demás es añadidura (pero en su justo término).
- Hay que aprender de Jesucristo. Tener los ojos fijos en Él, para saber qué hacer, cómo y con qué fuerza.
- Hay que rezar, vivir de la oración, aspirar a la santidad… Y aún así, con humildad y paciencia, sabiendo que el Maligno también juega sus bazas tratando de descarríar al pastor y las ovejas.
- Hacer a Dios presente, comunicar que Dios nos ame con locura, y que es la fuerza con la que amamos y que sin Él todo se viene abajo, y que con Él todo cobra sentido y que la muerte ni el mal no tienen la última palabra…
- Una renovación casi total en pastoral juvenil y en la evangelización en las comunidades parroquiales; pues para obtener resultados diferentes no se puede seguir haciendo siempre lo mismo. Hay que concentrar muchas energías y esfuerzos en este terreno.
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