Murmuración

pixabay

Murmurar quita la fama —o sea difama— es algo reprobado desde la moral cristiana; aunque sea verdad lo que se diga, si se hace gratuitamente y daña el buen nombre del prójimo, es un pecado. Y no digamos ya de la murmuración si son falsedades, o sea la calumnia.

*****

 

          San Agustín escribió los siguientes versos en la mesa, advertencia contra el común vicio de la murmuración: 

           “Aquel que se crea con derecho

           de picar en la vida de un amigo ausente

           que separa que es indigno de esta mesa.”

            …una vez, cuando algunos amigos íntimos suyos, también obispos, se olvidaron de estos versos hasta el punto de comenzar a murmurar, los reprendió tan duramente que montó en cólera y dijo que, o bien borraban los versos de la mesa o se levantaba y se marchaba a su cuarto en la mitad de la comida. [1]

                                                               *****                                            

                      

           En la mesa de Goethe estaba terminantemente prohibido hablar mal de los ausentes. Y si alguno se atrevía a insinuar algo en este sentido, Goethe le imponía silencio en seguida. Le decía: 

           —No; aquí, no. Si os gusta el barro, llenad de barro vuestra casa. La mía, no.[2]        

*****  

 

          Cuando un amigo del poeta de Alejandría Calímaco (250-240 antes de J.C.) contó a éste que su vecino había conversado con él de cosas que favorecían muy poco al poeta, Calímaco repuso: 

           El no habría hecho eso de no haber sabido que le oías con gusto. [3]           

*****

  

«El murmurador mancha su alma» (Eclo 21,28).

 En la murmuración hay responsabilidad tanto en el que difama como en el que escucha y no acalla.

No sólo hemos de abstenernos severamente de comentar los defectos ajenos, sino que debemos evitar también el dar oídos a quien lo haga. «El que le da oídos no encontrará reposo, ni morará en paz». (Eclo 28,16).

 Si quieres ser santo no consientas que nadie hable más de los demás. Ningún santo lo ha consentido:  “Cuando alguien me venga a decir los defectos de mi prójimo, yo, Señor mío, no querré oírlos, y le responderé que haga oración por él y ruegue al Señor que primero me enmiende yo misma” (Sta. Magdalena de Pazzis). «Nunca oiga flaquezas ajenas; y si alguna se quejare a ella de otra, podrále decir con humildad que no le diga nada» (San Juan de la Cruz).

Como viene a decir el papa Francisco la murmuración se asemeja a poner una bomba e irse, para que luego estalle y progague su efecto dañino, acabando con la vida o convivencia.

 

 

Según Ignacio Larrañaga[4]:

 

Meterse con el otro

La falta de respeto se llama vulgarmente murmuración y, científicamente, violencia compensadora.

Todo el que murmura realiza los siguientes actos: entra en el mundo del otro, en su recinto mas sagrado, que es el de la intencionalidad; allá levanta un tribunal; juzga, condena y publica la sentencia condenatoria. (El vulgo utiliza una excelente expresión para significar la falta de respeto: meterse. No te metas conmigo. De eso se trata? de meterse o no en el mundo del otro, de no invadir y pisar el terreno sagrado y privativo del otro.

En general, la crítica y la murmuración son violencia com­pensadora, típica reacci6n de los «pequeños» y de los irrealizados.

La murmuraci6n envenena rabiosamente los mejores intenciones de cualquier ambiente. Y se acaba por crear un clima enrarecido en el cual nadie se fía de nadie.

2.— Reverenciar

El respeto viene de dentro. Hay que comenzar por redimir las raíces. En una comunidad cristiana, las emociones hostiles, originadas por diversas casualidades, sólo pueden apagarse en la proximidad emocional con Jesucristo. Las palabras destructivas son hijas de los sentimientos destructivos. Son estos los que necesitan ser silenciados, como homenaje ablativo a Jesús.

Respetaremos el misterio del hermano solo si nos colocamos en la esfera de la fe y hacemos una transferencia «viendo» al Hermano Jesús en este hermano que esta junto a mi. Así nace la veneración.

3.- Callar es amar

El modo ideal de respetar es el silencio.

Silencio interior en primer lugar. Es en el corazón donde cada uno tiene que atajar y silenciar la murmuraci6n y ofrecerla a Jesús como un sacrificio ablativo. No pensar mal. No sentir mal. Res­petar al otro «callando» en la intimidad.

Silencio exterior en segundo lugar, Muchas veces no se pue­den. justificar ciertas reacciones de una personalidad o ciertas actitudes irregulares de algunos sujetos, porque son defectos evidentes. Pero siempre podremos respetar las espaldas del hermano ausente, simplemente callando. Es el silencio una actitud tan noble y elegante…

Uno de los síntomas más seguros de madurez humana es la capacidad de guardar en silencio las confidencias que se reciben o las pequeñas irregularidades humanas que se observan.

La esencia misma de la fraternidad es ser transparencia. Vivir en fraternidad significa ir derribando lentamente las murallas que separan a los hermanos, para hacerse todos mutuamente patentes y presentes. Para esta finalidad, hay que crear un clima de confianza, y para crear ese clima hay que comenzar por cultivar un gran respeto mutuo.

 

Y para la tercera persona, la victima de la murmuración, decirla que ofrezca aquello a imitación de Jesús: «El, que, siendo ultrajado, no respondía con ultrajes; siendo maltratado, no amenazaba, sino que se abandonaba en manos del que juzga con justicia» (1 Pe 2,23). Y tal y como dice Santa Teresa de Jesús: «En cosas que dicen de mí de murmuración, que son hartas, y en mi perjuicio, y hartos, también me siento muy mejorada; no parece me hace casi impresión más que a un bobo. Paréceme algunas veces tienen razón, y casi siempre. Sintiéndolo tan poco, que aun no me parece tengo que ofrecer a Dios, como tengo experiencia que gana mi alma mucho, antes me parece me hacen bien.»[5]

 

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] BROWN, P., Biografía de Agustín de Hipona, Ed. española Revista de Occidente, Madrid, 1970, p.258.

[2] CLARASÓ, N., Antología de anécdotas, Acervo, Barcelona, 1988, p.345.

[3] VEGA, V., Diccionario ilustrado de anécdotas, Ed. Gustavo Gili, 3ª ed., Barcelona, 1965, p.487.

[4] Sube conmigo, Paulinas, Madrid, 1978, pp.172-173.

[5] Relaciones espirituales  

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.