Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz 2020

El Vaticano publicó hoy, 12 de diciembre. el mensaje del Papa Francisco con motivo de la Jornada Mundial de la Paz que se celebrará el próximo 1 de enero de 2020 con el tema “La Paz como camino de Esperanza: Diálogo, Reconciliación y Conversión ecológica”.

El texto completo del mensaje del Papa Francisco:

  1. La paz, camino de esperanza ante los obsta?culos y las pruebas

La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensio?n existencial, y de este modo cualquier situacio?n difi?cil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino».[1] En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obsta?culos parecen insuperables.

Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los ma?s pobres y a los ma?s de?biles. Naciones enteras se afanan tambie?n por liberarse de las cadenas de la explotacio?n y de la corrupcio?n, que alimentan el odio y la violencia. Todavi?a hoy, a tantos hombres y mujeres, nin?os y ancianos se les niega la dignidad, la integridad fi?sica, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas vi?ctimas inocentes cargan sobre si? el tormento de la humillacio?n y la exclusio?n, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensan?amiento sistema?tico contra su pueblo y sus seres queridos.

Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocacio?n de la familia humana.

Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesio?n y la voluntad de dominio. Nace en el corazo?n del hombre por el egoi?smo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversio?n de las relaciones, de las ambiciones hegemo?nicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obsta?culo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.

Es parado?jico, como sen?ale? durante el reciente viaje a Japo?n, que «nuestro mundo vive la perversa dicotomi?a de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible dia?logo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destruccio?n o sobre una amenaza de aniquilacio?n total; so?lo es posible desde una e?tica global de solidaridad y cooperacio?n al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de man?ana».[2]

Cualquier situacio?n de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condicio?n. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un ci?rculo vicioso que nunca puede conducir a una relacio?n de paz. En este sentido, incluso la disuasio?n nuclear no puede crear ma?s que una seguridad ilusoria.

Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a trave?s del miedo a la aniquilacio?n, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones socioecono?micas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creacio?n, en lugar de protegerse los unos a los otros.[3] Entonces, ¿co?mo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Co?mo romper la lo?gica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Co?mo acabar con la dina?mica de desconfianza que prevalece actualmente?

Debemos buscar una verdadera fraternidad, que este? basada sobre nuestro origen comu?n en Dios y ejercida en el dia?logo y la confianza reci?proca. El deseo de paz esta? profundamente inscrito en el corazo?n del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.

  1. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad

Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos ato?micos de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedio? en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continu?a hasta nuestros di?as. Su testimonio despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las vi?ctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez ma?s contra todo deseo de dominacio?n y destruccio?n: «No podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y esti?mulo para construir un futuro ma?s justo y ma?s fraterno».[4]

Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no so?lo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino tambie?n para que esta, fruto de la experiencia, constituya la rai?z y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras.

La memoria es, au?n ma?s, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequen?o gesto de solidaridad recibido puede inspirar tambie?n opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energi?as y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.

Abrir y trazar un camino de paz es un desafi?o muy complejo, en cuanto los intereses que esta?n en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son mu?ltiples y contradictorios. En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y poli?tica. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazo?n humano y la voluntad poli?tica siempre necesita revitalizacio?n, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades.

El mundo no necesita palabras vaci?as, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al dia?logo sin exclusio?n ni manipulacio?n. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un dia?logo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad ma?s alla? de las ideologi?as y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»,[5] un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien comu?n y comprometie?ndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los dema?s tambie?n pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.

Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las vi?ctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza comu?n, ma?s fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es de?bil o marginado, en la bu?squeda continua de la verdad.[6] Es una construccio?n social y una tarea en progreso, en la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional y mundial.

Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiracio?n hacia la igualdad y la participacio?n trata de promover un tipo de sociedad democra?tica. […] Esto indica la importancia de la educacio?n para la vida en sociedad, donde, adema?s de la informacio?n sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los dema?s; el sentido y la pra?ctica del deber esta?n mutuamente condicionados por el dominio de si?, la aceptacio?n de las responsabilidades y de los li?mites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo».[7]

Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la bu?squeda del bien comu?n. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasio?n y solidaridad creativa.

En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliacio?n (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la bu?squeda de un orden justo, y continu?a sirviendo al bien comu?n y alimentando la esperanza de paz a trave?s de la transmisio?n de los valores cristianos, la ensen?anza moral y las obras sociales y educativas.

  1. La paz, camino de reconciliacio?n en la comunio?n fraterna

La Biblia, de una manera particular a trave?s de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los dema?s y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de e?l. So?lo eligiendo el camino del respeto sera? posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.

Nos gui?a el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente dia?logo entre Pedro y Jesu?s: «“Sen?or, si mi hermano me ofende, ¿cua?ntas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesu?s le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliacio?n nos llama a encontrar en lo ma?s profundo de nuestros corazones la fuerza del perdo?n y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdo?n aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.

Lo que afirmamos de la paz en el a?mbito social vale tambie?n en lo poli?tico y econo?mico, puesto que la cuestio?n de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habra? una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema econo?mico ma?s justo. Como escribio? hace diez an?os Benedicto XVI en la Carta enci?clica Caritas in veritate: «La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no so?lo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de cara?cter pu?blico, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad econo?mica caracterizada por ciertos ma?rgenes de gratuidad y comunio?n» (n. 39).

  1. La paz, camino de conversio?n ecolo?gica

«Si una mala comprensio?n de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despo?tico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduri?a que debi?amos custodiar».[8]

Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los dema?s, la falta de respeto por la casa comu?n y la explotacio?n abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas u?tiles u?nicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien comu?n y por la naturaleza—, necesitamos una conversio?n ecolo?gica.

El reciente Si?nodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relacio?n paci?fica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.

Este camino de reconciliacio?n es tambie?n escucha y contemplacio?n del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa comu?n. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confi?an para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) tambie?n para las generaciones futuras, con la participacio?n responsable y activa de cada uno. Adema?s, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra ma?s al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creacio?n, que refleja la belleza y la sabiduri?a de su Hacedor.

De aqui? surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa comu?n, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien comu?n de toda la familia humana.

Por lo tanto, la conversio?n ecolo?gica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversio?n debe entenderse de manera integral, como una transformacio?n de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creacio?n en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea».[9]

  1. Se alcanza tanto cuanto se espera [10]

El camino de la reconciliacio?n requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera. En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.

El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir ma?s alla? de nuestros temores humanos, reconocie?ndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pro?digo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos gui?a a ir ma?s alla? de los li?mites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del u?nico Padre celestial.

Para los disci?pulos de Cristo, este camino esta? sostenido tambie?n por el sacramento de la Reconciliacio?n, que el Sen?or nos dejo? para la remisio?n de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener la mirada en Jesu?s, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro pro?jimo como hacia la creacio?n.

La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdo?n, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Di?a tras di?a, el Espi?ritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y la paz.

Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.

Que Mari?a, Madre del Pri?ncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompan?e y nos sostenga en el camino de la reconciliacio?n, paso a paso.

Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.

Vaticano, 8 de diciembre de 2019

FRANCISCO

[1] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007).
[2] Discurso sobre las armas nucleares, Nagasaki, Parque del epicentro de la bomba ato?mica, 24 noviembre 2019. [3] Cf. Homili?a en Lampedusa, 8 julio 2013.
[4] Encuentro por la paz, Hiroshima, Memorial de la Paz, 24 noviembre 2019.
[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78.
[6] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los dirigentes de las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 enero 2006. [7] Carta. ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 24.
[8] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 200.
[9] Ibi?d., 217.
[10] Cf. S. Juan de la Cruz, Noche Oscura, II, 21, 8.

 

 

 


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