Parece que ya amaina la tormenta perfecta de algo perfectamente innecesario. La Fiducia Supplicans ha venido a ser como el parto de los montes, que ha parido un ratón, o lo que es lo mismo mucho ruido y pocas nueces o para estas o para este viaje no se necesitaban alforjas. Es normalmente empleado para decir que no merecía la pena el esfuerzo empleado para el resultado que se ha obtenido, aunque también para expresar que la ayuda que han brindado para resolver algo, no supone ninguna ventaja, ya que esa solución es tan costosa como el propio problema a superar.
Es decir, que hemos hecho un lio monumental, artificialmente, de algo que no ha sido real: se ha llegado, más menos, al punto de partida: que no se puede bendecir la unión homosexualidad, sino a personas individualmente que tienen esa tendencia y/o que podrían no tenerla. O sea, como siempre.
Durante la recepción a los miembros del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, e papa Francisco ha insistido este viernes, 26 de enero, en que no se bendice la unión: “no se bendice la unión, sino simplemente a las personas que juntas lo han solicitado».
Y esta tormenta que ya ha pasado ha dejado un rastro de secuelas y enseñanzas:
De momento, un poso de tristeza las refriegas de un bando y otro. Pero bienvenido sea si ha servido para tomar conciencia de que ciertos devaneos doctrinales hay que pensárselos y rezarlos muy bien.
Ha habido un fuerte enfrentamiento entre la clerecía cortesana, que han asentido acríticamente, y otra parte, tanto o más numerosa, tal vez más, pues mucha parte de clero ha optado por callarse, peor que en su fuero interno, en su conciencia, disentían en privado de la bendiciones propuestas en Fiducia Supplicans.
Muchas voces se han dejado oír en esta especie de intentona por seguir los pasos de camino sinodal alemán; algunos prelados han dado un paso adelante siguiendo a su conciencia, de ellos muy especialmente los obispos africanos.
Este aproximación a adaptar la doctrina a la mentalidad mundana o espíritu del tiempo ha fracaso estrepitosamente. ¡Gloria a Dios!
La nota aclaratoria, los comunicados de prensa, las diversas manifestaciones… que se han sucedido en un esfuerzo ímprobo principalmente del cardenal Fernández, e incluso del Papa, por aplacar el temporal, no hacen sino confirmar la relevancia de la controversia desatada.
Una de las cosas más tristes que ha quedado es que la autoridad papal se ha visto mermada.
Y algo positivo que cualquier intento futuro por variar la doctrina –siguiendo los pasos de los progresistas y del camino sinodal alemán-, ha quedado definitivamente atajado; esta grieta de la Fiducia Supplicans ha sido sellada y reforzado el depósito doctrinal, que parará las ansias de futuras intentonas. Por otra parte, la sinodalidad, desgraciadamente y también afortunadamente, ha sido ignorada y para un futuro carente de mayor relevancia, y con las debidas reservas a que sea tomada por los progresistas como palanca para conseguir sus propósitos.
«Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto» (Rom 12,2). A quien nos hemos de amoldar es a Cristo, asemejándonos a él, haciendo su voluntad, siendo fieles a su evangelio, al credo que constituye nuestra doctrina para siempre. Hay que estar con las orejas tiesas: lo que no se ha conseguido por la sinodalidad, se ha pretendido de forma autocrática. Los progres han sido descubiertos: si no se consigue por la puerta principal, por la puerta trasera. Por esta vez, y que sirva como advertencia, se les ha parado los pies. El peligro estará si en los sucesivos sínodos, como estrategia de salirse con la suya, los progres acaparan todos los puestos, y entonces se dirán: el Espíritu Santo ha hablado a través de la asamblea del pueblo. ¡Cuidado! Arteramente, en estas cosas los hijos del mundo son más hábiles que los hijos de la luz.
En fin, y por último, añadir que esta movida tormentosa para nada ayuda a la unión ecuménica con nuestros hermanos de la Iglesia Ortodoxa.
Les invito a leer:
Fiducia Supplicans y el sensus fidei
Un puente sobre aguas turbulentas
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