La santidad es lo que Dios quiere para nosotros

La santidad lo es todo. Y es a ese todo al que Dios nos convoca desde que nos dio el ser; tiene un designio sobre nosotros: el que seamos como él es: santo.

Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Dios, nos quiere santos a todos -sin excepción-, luego todos somos elegidos, predestinados  y graciosamente privilegiados. “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (Vaticano II, LG 40).

Sed santos en toda vuestra vida como es santo el que os ha llamado, pues está escrito: “Sed santos porque santo soy yo (1 Pe 1,15-16a). “Sed santos” es lo que el hombre lleva indeleble escrito en los “genes” de su ser. Como el insecto que tiende hacia la luz, el hombre tiende vocacionado a lo santidad. En lo más profundo de cada hombre está latente el llamamiento a la vida en plenitud.

Si esto es lo que Dios nos propone como ideal -realidad- de vida, debemos empeñar toda nuestra existencia con todos los desvelos en alcanzar ese objetivo coincidente con la voluntad de Dios. Voluntad que pedimos todos los días o momento en que remaos en padrenuestro cuando decimos “hágase tu voluntad…” y “venga a nosotros tu reino”.  

Es la santidad lo que Dios nos propone. De modo que si nosotros nos prestamos a ello, lo seremos. Si nos dejamos hacer, Él nos hará santos. Si esto no se concluye, es porque una de las dos partes ha fallado; esa parte somos nosotros, que no hemos estado a la altura, es decir, que no hemos dado la respuesta adecuada, Dios no ha encontrado en nosotros la disposición y generosidad necesarias.

Para llegar a ser santos, basta con decir sí a la corriente que nos arrastra hacia la Luz. No tenemos que fabricar esa corriente: está ya ahí. Si lo permitimos, si nos despojamos, si somos lo suficientemente leves, ligeros de equipaje, seremos llevados, acabaremos absorbidos por esa corriente.

No hay límite para Dios, y nosotros no podemos ponernos límite alguno. Dios puede hacer todo en nosotros: Dios -aunque se lo pongamos difícil- nos puede hacer santos. Es precisamente eso lo que Dios quiere para nosotros. La gloria de Dios es la santidad de sus hijos.

Ahora bien, como decía el Señor al Beato Susón: “Nadie puede llegar a las sublimes alturas de la divinidad ni gustar su extraordinaria dulzura si antes no ha pasado por la contemplación de la amargura y bajeza de mi humanidad. Sin eso, cuanto más uno se remonte, más abajo cae. Mi humanidad es el camino que ha de seguir quien desea llegar a los que tú buscas[1].

Si no somos santos es porque no tenemos la suficiente pobreza espiritual, la suficiente pequeñez  como para mendigar la asistencia de Dios, ponernos confiadamente en sus manos. Si esto ocurre, si vivimos a expensas de El, entonces Dios se hace presente en nuestras vidas, y las llena, las colma. El fariseismo —que es un esfuerzo orgulloso por ser perfecto, santo—  es lo que más impide llegar a esa actitud de dependencia que nos posibilita la santidad. La santidad no es una conquista, es gracia.

El humilde, el sencillo, el pequeño, el pobre… no lleva equipaje, estorbo que le impida atravesar la puerta estrecha. La pobreza es la pobreza de uno mismo, no tanto de las cosas, aunque la de estas viene por añadidura. Los que se creen ricos, los provistos de cosas, de archiparres intelectuales y hasta de “virtudes”, carecen de la disponibilidad necesaria, aquella que nos hace sentirnos espiritualmente necesitados, dependientes de Dios, sustentándose en su gracia.

La sanidad no es tal o cual práctica sino que consiste en una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra debilidad y confiados hasta la audacia en su bondad de Padre” (Santa Teresita de Lisieux).

Al niño le es fácil acceder al Reino, al mundo de Dios, de la gracia, pues es un ser esencialmente pobre y confiado, confiado porque sabe de su debilidad y pequeñez, de depender de Otro, de forma espontáneamente natural, como llevado confiadamente en los brazos de sus padres.

Mi deseo fue siempre llegar a ser santa. Pero, ¡ay!, al compararme con los santos, me he visto siempre como un granito de arena ante una altísima montaña. Más, lejos de desalentarme, me decía a mí misma: “Dios no inspira deseos irrealizables; por tanto, puedo muy bien, a pesar de mi pequeñez, aspirara la santidad… Voy a buscar el medio de ir al cielo por un caminito nuevo, derechito y corto. Voy a buscarme un ascensor, pues soy excesivamente pequeña para subir por la ruda escala de la perfección…” Entonces hallé  estas palabras salidas de boca de la Sabiduría eterna: Si alguien es pequeñuelo, venga a mí (Prov. 9,4)…” (Santa Teresita de Lisieux[2]).

 

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[1] “Eterna Sabiduría”, c. 2. En ARINTERO, J. G.:  “Cuestiones místicas”, BAC, Madrid, 1956, p.237.

[2] “Sa vie”, c. 9.

 

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