“Toda la confusión de la historia humana adquiere un sentido, cuando se ve en ella la escondida dirección de Dios. (…) No necesita intervenir directa y bruscamente en la historia; sino que El puede mover los pensamientos y los corazones de los hombres, como en el caso del rey persa Ciro, que deja volver a los israelitas desde la cautividad de Babilonia. El puede escoger hombres y pueblos para utilizarlos como instrumentos. La fe ve a Dios operante, tanto en la creación como en la historia. Dios es su rector escondido, sin quitar a los hombres su libertad de obrar” (R. Schnackenburg)[1]. Tras la llegada del Hijo y su resurrección, la fe adquiere una dimensión humana fundamental e irremplazable, pues Dios se va a dirigir al hombre por su Espíritu presente, es decir el Espíritu Santo se comunica íntimamente al espíritu del hombre. La Palabra se hace «silencio», silencio sonoro. «Dios guardó silencio. No respondió a la oración doliente de Jesús en Getsemaní ni, frente a los adversarios, al grito último que lanzó en el Gólgota. «El silencio de Dios, ¿no era, en definitiva, más elocuente que las palabras que hubiéramos querido oír y que los signos destinados a tranquilizarnos? ¿No había acaso decidido Dios poner punto final a la educación directa de su pueblo? «Dios ya no se nos revela en el tumulto del Sinaí, ni siquiera en el murmullo del Horeb; cuando se manifiesta, lo hace a través del silencio. De una vez por todas, tomó forma en Jesús, y esa forma desapareció”[2]. No estamos liberados de la forma de entender que tiene el mundo, de su manera de aproximarse a la realidad…, pertenecemos a una cultura vitalmente contaminada que nos incapacita para recibir la Palabra de Dios, para descubrir el rostro de Cristo. Es sencillo, pero nosotros no lo somos. Se precisa de la pequeñez de los niños, de los humildes, de los agradecidos, de los inocentes… No es difícil, pero para nosotros ya si lo es. La Palabra de Dios es para el pueblo —para todos— y no propiamente para los intelectuales, y es haciéndonos un poco pueblo como nos dejamos hacer por su Palabra. El «sabor» de lo divino es para el ser humano, sin acepción, sin excluir a nadie; por ello —y porque al Padre así le agradó— se hace accesible al hombre que no puede nada, que no tiene nada, que carece de posibilidades, de adquirir saberes, conocimientos conquistas. «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo escondido estas cosas a los sabios y prudentes, las has revelado a los pequeñuelos« (Mt 11,25). La inocencia accede fácilmente, como el espíritu sencillo y de niño, a lo espiritual, a lo que está más allá de lo sensible; pues, para el espíritu inocente es creíble porque lo ve factible. El corazón inocente tiene la capacidad de sorpresa, y ésta es disponibilidad para la revelación. Sólo en una corazón tal, prende la fe, la que hace ver el reverbero de la luz de Dios en medio de un mundo para el que pasa inadvertido. …………………………… [1] SCHNACKENBURG, R., Observad los signos de los tiempos, Sal Terrae, Santander 1977, p.30. [2] X. LEON-DUFORU, Jesús y Palo ante la muerte, Cristiandad, Madrid, 1982, p.280. |
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