La palabra de Dios

 

      La palabra de Dios es viva y eficaz y más aguda que espada de dos filos: ella penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de distinguir los sentimientos y pensamientos del corazón. Y no hay criatura alguna que esté oculta ante ella, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos dar cuenta (Hb 4,12-13).

         Exponerse abiertamente a la Palabra revelada requiere de un valor del que carecemos: es un hacerse vulnerable, salir de la trinchera mental y espiritual en la que nos hemos resguardado.

         El seguimiento de Cristo, que exige flexibilidad, creatividad, inconformismo, dinamismo, disponibilidad,… estar abiertos a modificar nuestros planes, nuestra voluntad, dispuesta según nuestras expectativas, deseos, gustos, comodidad, capricho,… según nuestra manera de entender y de actuar «moralmente».

         !Cuántos de nosotros interpretamos la palabra de Dios a nuestro capricho y según mejor nos cuadra¡

        La palabra de Dios puede ser manipulada «inconscientemente», distorsionada,… por nuestras personalidad, por nuestros interés, por nuestra subjetividad,… que se impone a ella, sin dejarla decir nada sino lo que nosotros queramos que diga, según lo que previamente hemos diseñado. Entonces por mucho que leamos las Sagradas Escrituras, ya no será palabra de Dios, sino nuestra. Y esto es algo que realizamos con frecuencia y sin que lo advirtamos, con la mayor naturalidad del mundo.

         No es nuestra fe, «buena fe», intención, disposición,… sino nuestros errores, nuestras interpretaciones,… lo que nos hace no entender la voluntad de Dios.

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         Los «sabios», los que se creen en posesión de la verdad, los expertos, los hombres de ciencia, los profesionales, los especialistas (teólogos),… tienen la «virtud» de retorcer los argumentos, los datos, las teorías,… de tal forma que manipulan la evidencia según su favor, prejuicio o idea preconcebida.

         Tomás Moro decía:  «Los predicadores, gente astuta y sagaz, siguiendo vuestro consejo, supongo, ya que veían que los hombres mal se avenían a conformar sus costumbres con la ley de Cristo, han retorcido y desviado su doctrina y, como regla de plomo, la han adecuado a las costumbres de los hombres para que de alguna manera puedan ponerse un mínimo de acuerdo”[1].

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         Si tomamos en serio la Palabra de Dios, hemos de hacernos vulnerables a ella; es decir dejarnos alcanzar, impactar, atravesar como por una espada. Pretender que no nos «hiera», es hacerla callar, quedarnos sin la Palabra. Y esto mismo hacemos  cuando pretendemos saber previamente lo que nos va a decir.

       La palabra de Dios es viva, no es un conjunto de normas, reglas, mandamientos,… dictados. La comunidad viva es Dios que se hace presente y a cuya luz hay que interpretar y comprender la palabra. La comunidad encargada de transmitir la palabra más auténtica de Cristo al mundo.

         La palabra de Dios, que permanece vitalmente activa en vosotros, los creyentes (1 Tes 2,13b).

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] Utopía, Orbis, Barcelona 1984, p.111.

 


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