La lucha del cristiano perseguido

Cristiano es alguien que ha aprendido a ser pobre, débil, vulnerable…, que está dispuesto a perder, a no luchar, a no defenderse, a no resistir a las tinieblas con las armas que proponen éstas.

La lucha del cristiano se entabla a otro nivel, al nivel de lo sobrenatural, de lo eterno; es una lucha espiritual, escatológica. El Señor nos dice: “Mi reino no es de este mundo”[1], porque si así fuera “mi Padre mandaría legiones de ángeles…”. No os dejéis engañar por el diablo; tened en cuenta que la incitación a la lucha es uno de los medios de seducción más eficaces del mal.[2] Su propósito es que dejemos de amar y contagiarnos su odio.

Nuestra lucha no es contra fuerzas humanas…; nos enfrentamos con los espíritus inmundos y las fuerzas sobrenaturales del Mal. Por eso, tomemos las armas de Dios para poder resistir las maniobras del Diablo[3]. “Dios ha dispuesto que combatamos más con la plegaria que con nuestras fuerzas”[4], nos dijo san Agustín, y san Pablo: Confortaos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de la armadura de Dios para que podáis resistir las tentaciones del diablo[5]. Pues aunque caminamos en la carne, no combatimos con los medios de la carne, porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por virtud divina para destruir fortalezas[6].

 Exhortamos, pues, a recurrir a las armas que vencen al demonio: la fe, los libros sagrados, el ayuno, los sacramentos, especialmente la Eucaristía, la oración, la caridad… y encomendándonos sobre todo a  Nuestra Señora y Madre, María santísima, la “enemiga de Satanás”, ante la que el demonio pierde todo su poder.

San Pablo, para resistir a las estratagemas del diablo, propone a los cristianos de Éfeso estas armas: el cinturón de la verdad, la coraza de la honradez, el escudo de la fe, el calzado de la paz, la espada de la palabra de Dios, siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos [7]. Con estas cautelas y estas armas espirituales aguantaréis y saldréis victoriosos a las asechanzas del Maligno. Nuestra lucha es una lucha de fe: una resistencia en la confianza absoluta en Dios. En definitiva, a esto se limita nuestra lucha: a no resistirnos a ser crucificados; la cruz es la apoteosis de la fe.

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[1] Jn 18,33-37.

[2] Franz Kafka.

[3] Ef. 6, 10-13.

[4] San Agustín, Contra Iulianum 6,15: PL 45,1535.

[5] Ef 6,10.

[6] 2 Cor 10,3-4.

[7] Ef 6,10-18.

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