La paz del cementerio

         “La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras propias familias” (Madre Teresa).

         Donde hay envidia y espíritu de disputa, allí hay desorden y toda clase de obras malas. La sabiduría de arriba, por el contrario, es ante todo pura, pacífica, condescendiente, conciliadora, llena de misericordia y de buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. El fruto de la justicia se siembra en la paz, para los que obran la paz (Sant 3,16-18).          

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         Después de una guerra cruenta y fratricida, en la que el país había quedado totalmente desolado, reunida la Junta Mayor del ejército vencedor, el general en jefe levantándose de su asiento tomó la palabra y dijo:

          Señores, recemos una oración de gracias a Dios porque al fin hemos conseguido la paz.

           Y alguien de los allí presentes musitó por lo bajo:

           “Hemos hecho un cementerio y lo llamamos paz”.

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         El 6 de agosto de 1945 el “Esnola Gay” sobrevuela Japón y en la vertical de la ciudad de Hiroshima, abre su panza y deja caer una bomba atómica. ¡Era necesario que una ciudad muriera por el pueblo!

         Más de 200.000 personas murieron en Hiroshima y Nagasaki.

         Los supervivientes de los dos bombardeos aún mueren de leucemia y otras enfermedades relacionadas con las radiaciones que soportaron.   

         Se ha podido comprobar a lo largo del XX que el sueño de la razón produce monstruos. La locura de guerras y sufrimientos originados por la absolutización fanática de la razón política y la ilusión de un progreso científico y técnico,… que hizo exclamar en el inconsciente colectivo de una civilización aquello de Adorno: “¡Toda la cultura después de Auschwitz, junto con la crítica contra ella, es basura!”[1].

         Hoy día en los humbrales del siglo XXI hay unas 50 guerras en el mundo.

         Según Hobbes, en su estado natural el hombre es “homo homini lupus” (un lobo para el hombre), de modo que hay  —cuando menos en principio— un estado constante de “bellum omnium contra omnes” (guerra de todos contra todos ). Y ¿cuántos de los que nos decimos creyentes nos empeñamos en darle la razón?

         Tan sólo hay que observa la pasividad y connivencia (cuando no, la implicación) de Occidente, del “mundo cristiano” ante las guerras brutales centroafricanas o centroamericanas, o en genocidio en Yugoslavia,… o ante los informes escalofriantes de la UNICEF (en los últimos diez años dos millones de niños han muerto en conflictos armados; cinco millones padecen discapacidades físicas; otros cinco millones están en campos de refugiados y más de doce millones menores no tienen hogar.[2]

         Se nos cae la cara de vergüenza y no podemos más que indignarnos y escribir con Adorno que después de todo esto no se puede vivir como si tal cosa, haciendo poesía.

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        Tenemos, a veces, muchas veces, una singular forma de solucionar las cosas: las arreglamos, destrozándolas.

          Cuántas veces al mal lo llamamos bien. Y a los errores los tenemos por aciertos.

         Argumentos no han de faltar hasta para justificar las mayores atrocidades. Somos expertos en retorcer los argumentos, teorizar los  hechos, las circunstancias,… todo, con tal de ponerlos a nuestro favor, de hacerlos decir algo según nos convenga. Es un intento desesperado de autojustificación indecente.

         ¡Cuántas veces ponemos a Dios por testigo, y le hacemos que nos bendiga en tal y cual acción,… cuando son cosas propias del diablo!

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[1] Dialéctica negativa, Taurus, Madrid 1975, p. 367.

[2] En RS, nº 796, enero 1998, pp.39-40.

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