«Solo se comprende la vida a la luz de la muerte. Prepararse a morir es vivir naturalmente.» (Unamuno[1]).
“La muerte es la mejor iluminación de la vida” (Heidegger)
El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. (Vaticano II[2])
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La Historia nos cuenta que:
Poco antes de morir D. Juan II, decía al bachiller de Ciudad Real, que le asistía:
—Bachiller, naciera yo hijo de un artesano y fuera fraile en un convento y no rey de Castilla…
Y
Felipe III, en su angustiosa agonía, exclamaba repetidamente:
—¡Oh, quién hubiera sido portero de un convento en vez de ser rey!
Reflexionando a la luz de esto alguien se preguntaba:
—¿Por qué será que a la hora de la muerte los reyes desean ser frailes y ningún fraile sabemos que haya deseado ser rey?
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La muerte nos sitúa cara a cara ante la cruda realidad insobornable.
Cuando se toma el verdadero pulso a la vida… entonces sobreviene la pregunta de marras: ¿qué sentido tiene mi vida? Es una pregunta que da temor, por eso muchos la esquivan como pueden, la ignoran, sobre todo en los años jóvenes; hasta que llega la hora de la verdad, el ineludible momento de mirar la muerte cara a cara, a quemarropa.
La muerte, el máximo enigma de la vida humana; «he ahí la cuestión» que diría Hamlet.
Al eludir, por miedos, a la muerte, eludimos también la vida.
Ante la muerte se templan los espíritus, que sienten la responsabilidad de asumir su ser, de hacerse cargo de sus vidas.
El hombre es un ser para la muerte, en la cual su infinitud se ve amenazada e interpela. Esta interpelación sólo puede ser respondida a partir de una interpretación religiosa de la existencia humana que liga la inmortalidad del espíritu humano con la realidad de Dios.
«Cada día, cada hora, nos revela la nada que somos, y nos advierte con un nuevo argumento nuestra olvidada fragilidad: entonces nos obliga a meditar en lo eterno y a volver la mirada hacia la muerte.» (Séneca[3]).
«Cuando todo está desacralizado la existencia es ensombrecida por una amargo sentimiento de absurdo. De ahí uno de los motivos por los cuales hoy se tiene tanto terror a la muerte; se ha convertido en un tabú. Ya casi no hay velatorios y llorar en un entierro es un acto inadecuado, poco frecuente.»[4]
Solo la fe y más concretamente la cristiana, es la única de mirar cara a cara a la muerte. Como ha dicho el filósofo laicista M. Cacciani, “el cristianismo es hoy día la única institución en Occidente capaz de responder a los interrogantes del hombre y de ofrecerle auténticos ideales” [5]
Ningún saber o ciencia pueden dar proporcionar la orientación total que el hombre necesita, porque son parciales, porque cuando saltan más allá de las paredes de este mundo callan, no saben qué decir. Y el ser humano necesita saber qué hay más allá de la muerte, donde está convocado.
«Las ciencias particulares son, pues, en efecto, una orientación de la vida. Pero son una orientación parcial: enderezan su actividad cognoscitiva a una parte de las cosas, a la materia por ejemplo, como la física.» [6]
“Si la gente se pusiera a pensar, a meditar, posiblemente muchos renegarían de su vida y de su trabajo. Y es que el silencio, definitivamente, nos acerca a las verdades últimas de la vida” [7]
“Es vano intentar salvar un sentido incondicionado sin Dios” (Horkheimer[8])
«El pensamiento de la muerte requiere un contrapeso, y ese contrapeso –con la omisión de la gracia- no puede ser más que una mentira«(S. Weil [9]).
«Nada expresa con mas elocuencia nuestra impotencia mental, nuestro desasosiego intelectual, que la imposibilidad actual para hacer frente a la «muerte» con serenidad.» Solzhenitsyn[10])
La fe, ante el trance de la muerte, se convierte en «esperanza»; ambas gracias sobrenaturales.
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[1] Diario ímtimo, Alianza, Madrid, 1983, p.27.
[2] Gaudium et spes n. 18.
[3] Cartas a Lucilio, Carta CI.
[4] SABATO, E., La resistencia, Seix Barral, Barcelona, 2000, p.47.
[5] SAYÉS, J. A., “¡Salid a la calle!”: Alfa y Omega 241 (2001), p.18.
[6] GARCÍA MORENTE, M., Escritos desconocidos e inéditos, BAC, Madrid, 1987, p. 124.
[7] (JUAN MAUEL DE PRADA) LLAMAS, A., “La verdadera libertad”: Alfa y Omega 282 (2001), p.4.
[8] Alfa y Omega 282 (2001), p.7.
[9] La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, p.67.
[10] «Fin de Silo», Blanco y Negro, 7-11-93; p. 5s.
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