Contra la disolución del ser humano: imagen y semejanza de Dios

Ciertamente vivimos tiempos en que se constata una decidida pretensión -sin duda promovida por los que habitan en las tinieblas y en sombra de muerte- de soslayar al ser humano, disminuirlo, confundir su identidad y valor, aniquilar su naturaleza, etc., hasta ponerlo en igualdad a otros seres (animales) que habitan la tierra.

Y dicho de paso, este poner en igualdad con las cosas creadas no es como diría san Francisco -«hermana luna, hermano sol, hermano lobo, etc.)»-, no. En una confraternización de lo creado por un mismo Creador, en un canto a las criaturas en alabanza y gratitud a Dios Padre y Señor de todo. Cuya grandeza infinita reconoce en la humildad de equipáranos en sus criaturas. No es en ver así, a la luz de la existencia de Dios la realidad de lo que existe; sino que se pretende el rebajamiento del ser humano hasta niveles desconsideración, en una imposible confraternización con lo creado porque no hay un Padre Creador, que procure esa paternidad universal y que dignifique al hombre dotado de espíritu a semejanza de Él con una grandeza y dignidad inigualables entre lo creado. 

Muy probablemente esta revelación de la singularidad de la dignidad humana sea la noticia más grande, junto con la encarnación de Dios, que ha conocido la historia: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y nuestra semejanza” (Gen 1,27).

El hombre hecho persona, a imagen de Dios, posee un alma espiritual, es inmortal, tiene un valor infinito. De modo que entre las criaturas ocupa un lugar especial, destacadísimo, incalculable. A esa persona humana sobre la cual Dios sopló su aliento, es decir, dejó la huella indeleble de sí, ningún ser viviente sobre la tierra se le puede equiparar.

(El hombre) «Por su interioridad es superior al universo entero; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro; a esta profunda interioridad retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones, y donde él personalmente, bajo la mirada de Dios, decide su propio destino». (Gaudium et spes n.14)

El ser humano lleva inscrito en su ser la capacidad de pensar, amar, de ejercer la libertad, de asumir la responsabilidad de sus decisiones. De lo cual es inalienable, y ningún poder de este mundo, de tinieblas, se lo puede arrebatar.

Así pues, el valor del hombre es un valor dado por su Creador; pese a que algunos nieguen la autoría de Dios paternal y misericordiosamente creador. Y su dignidad es incanjeable e indisminuible.

Si está tirado en la acera como si pisa moqueta, da lo mismo: El hombre tiene por ser tal un valor otorgado, que supera infinitamente cualquier logro o fracaso, mérito o… circunstancia y situación vital. El valor de la persona está al margen de lo que esta representa, tiene, titula, etc. La dignidad de la persona está por encima de toda realidad, opinión, hechos, resultados, conquistas o frustraciones.

Es más, hay que sobrevolar las imperfecciones de cualquier persona, propias y ajenas, e ir más allá; porque sepultado bajo ese manto o montón de miseria y pecado, hay una dignidad insoslayable y la presencia secreta de Dios. Dan ganas  -ante la mirada de fe-  de caer de rodillas ante cualquier hombre, por más perverso que sea. Allí donde parece emborronarse su figura, donde parece no darse apenas dignidad humana a los ojos del mundo, allí está imperecedera la humanidad de la divinidad de Cristo.

Uno vislumbra algo de la dignidad humana cuando empieza a preguntarse

                   ¿qué es el hombre

                   para que de él te acuerdes,

                   el mortal para que te preocupes? (Sal 8,5).

El que Dios muestre tanto interés… el que Dios le ame… ¿a qué es debido?, ¿por qué?…

Jamás se profundizará lo suficiente en esta grandeza del alma huma, que ha hecho que todo un Dios abajara para conquistarla, hasta el extremo de: «Desfigurado, no parecía hombre ni tenía aspecto humano« (Is 52,14).

Sin que uno tenga admiración, respeto y amor por su propio misterio como ser humano salido de las manos de un Padre amantísimo, jamás lo tendrá por quien es su hermano. Quien no descubre y ama su propia dignidad, jamás lo hará por la ajena.

Esta grandeza inigualable, este ser obra querida por Dios, salido de sus manos amantísimas, es lo que hoy día, como nunca jamás en la historia humana está siendo atacada. Se pretende no reconocer y deconstruir la dignidad de esa naturaleza genuina del ser humano.

Si al hombre se le despoja de esta su condición humana, entonces resulta más fácil, desposeído de esa dignidad sagrada, disponer de él a antojo, y a su vez que él mismo disponga de sí, a capricho, sin responsabilidad, sin dar cuenta de sus actos a una naturaleza con conciencia. De modo que el «Homo res sacra homini» (el hombre es cosa sagrada para el hombre), de Séneca, pierde esa condición de invulnerabilidad, de intocabilidad, de respeto sacro… para los demás y para sí mismo.

Al ser disuelto de su constitución de naturaleza sagrada, se convierte en un artefacto, una cosa entre otras, todas ellas caducas y sin mayor relevancia. Listo para una tiranía exculpatoria, propia y ajena, que cuanto con  él quiere. Perdida el alma, el hombre estará a merced del Príncipe de las tinieblas.

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