J. ORTEGA Y GASSET, Estudios sobre el amor

Les ofrecemos este domingo algunos textos que hemos escogido de la obra “Estudios sobre el amor”[1] del gran pensador español José Ortega y Gasset (1883-1955).

         El hombre vale por lo que hace y la mujer por lo que es. 30

        El oficio de la mujer, cuando no es sino mujer, es ser el concreto ideal (“encantado”, “ilusión”) del varón. Nada más. 23

         La perfección radical del hombre ha sido llega a él mirando el infinito al través de un alma femenina, medio cristalino donde dan su refracción los grandes ideales concretos. 34

         En la atracción sexual no hay propiamente atracción. El cuerpo sugestivo excita un apetito, un deseo de él. Pero en el deseo no vamos  a lo deseado, sino, al revés, nuestra alma tira de lo deseado hacia sí. Por eso se dice muy certeramente que el objeto despierta un deseo como indicando que en el desear él no interviene, que su papel concluyó al hacer brotar el deseo, como indicando que en el desear él no interviene, que su papel concluyó al hacer brotar el deseo y que en éste lo hacemos todo nosotros. El fenómeno psicológico del deseo y el de “ser encantado” tiene signo inverso. En aquél tiene a absorber el objeto, en éste soy yo el absorbido. De aquí que, en el apetito no haya entrega de mi ser, sino, al contrario, captura del objeto. 50

         Par ser encantados necesitamos ante todo ser capaces de ver a otra persona, y para esto no basta con abrir los ojos. Hace falta una previa curiosidad, de un sesgo peculiar, mucho más amplia, íntegra y radical que las curiosidades orientadas hacia cosas. 55

         Hay que ser vitalmente curioso de humanidad, y de ésta en la forma más concreta: la persona como totalidad viviente, como módulo individual de existencia. Sin esta curiosidad, pasarán ante nosotros las criaturas más egregias y no nos percataremos. La lámpara siempre encendida de las vírgenes evangélicas es el símbolo de esta virtud que constituye como el umbral del amor. 57

         La paradoja del interés “desinteresado” penetra el amor en todas sus funciones y órdenes. 57.

         Casi todos los hombres y las mujeres viene sumergidos en la esfera de sus intereses subjetivo, algunos, sin duda, bellos o respetables, y son incapaces de sentir el ansia emigratoria hacia el más allá de sí mismos: contentos o maltratados por el detalle de lo que les rodea, viven en definitiva, satisfechos con la línea de su horizontes y no echan de menos las vagas posibilidades que a ultranza pueda haber. 58

         Un especial intuición que nos permite rápidamente descubrir la intimidad de otros hombres, la figura de su alma en unión con el sentido expresado por su cuerpo. 59

         La falta de vibración en el diálogo y en los gestos pronto revela que se está entre gentes dormidas. 59

         Desde mi punto de vista es inmoral que un ser no se esfuerce en hacer cada instante de su vida lo más intenso posible. 59

         Nadie ama sin porqué o porque sí, todo el que ama tiene, a la vez, la convicción de que su amor está justificado: más aún amar es “creer” (sentir) que lo amado es, en efecto, amable pro sí mismo,. como pensar es creer que las cosas son, en realidad, según las estamos pensando. 61

         Aquello que amamos, claro está que, en algún sentido y forma, lo deseamos también; pero, en cambio, deseamos notoriamente muchas cosas que no amamos, respecto a las cuales somos indiferentes en el plano sentimental. 66

         Desear algo es, en definitiva, tendencia a la posesión de ese algo; donde posesión e ese algo, donde posesión significa, de una u otra manera, que el objeto entre en nuestra órbita y venga como a formar parte de nosotros. Por esta razón, el deseo muere automáticamente cuando se logra; al satisfacerse. El amor, en cambio, es un eterno insatisfecho. El deseo tiene un carácter pasivo, y en rigor lo que deseo al desear es que el objeto venga a mí. Soy centro de gravitación, donde espero que las cosas vengan a caer. Viceversa: en el amor todo es actividad, según veremos. Y en lugar de consistir en que el objeto venga a mí, soy yo quien va al objeto venga a mí soy yo quien va al objeto y estoy en él. En el acto amoroso, la persona sale fuera de sí: es tal vez  el máximo, ensayo de la Naturaleza hace para que cada cual salga de sí mismo hacia otra cosa. No ella hacia mí, sino yo gravito hacia ella. 66-7

         Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror (“Mi amores es mi peso; por él voy dondequiera que voy.”) Amor es gravitación hacia lo amado. 67

         La mujer enamorada, prefiere las angustias que el hombre amado le origina, a la indolora indiferencia. 68

         Va del amante a lo amado  -de mí al oro-  en dirección centrífuga. Este carácter de hallarse psíquicamente en movimiento, en ruta hacia un objeto; el estar de continuo marcando íntimamente de nuestro ser al del prójimo, es esencial al amor y al odio. 69

         En el odio se va hacia el objeto, pero se va contra él; su sentido es negativo. En el amor se va también hacia el objeto, pero se va en su pro. 71

         Amar una cosa es estar empeñado en que exista. 74

         Estarle continuamente dando vida, en lo que de nosotros depende, intencionalmente. Amar es vivificación perenne, creación y conservación intencional de los amado. 74

         Este es el síntoma supremo del verdadero amor: (…) un estar ontológicamente con el amado, fiel al destino de éste, sea el que sea. 87

         “El amor es un anhelo de engendrar en la belleza” (Platón). En el vocabulario platónico, “belleza” es el nombre  concreto de lo que más genéricamente nosotros solemos llamar “perfección”. (…) Su idea es ésta; en todo amor reside un afán de unirse el que ama a otro ser que parece dotado de alguna perfección. Es, pues, un movimiento de nuestra alma hacia algo en algún sentido excelente, mejor, superior. 89

         Nunca se ha distinguido suficientemente  -tal vez con la sola excepción de Scheler-  entre el “amor sexual” y el “instinto sexual”, hasta el punto de que cuando se nombra aquél se suele entender éste. 90

         Se siente el apetito antes de conocer la persona o situación que lo satisface. Consecuencia de esto es que puede satisfacerse con cualquiera. El instinto no prefiere cuando es sólo instinto. No es, por sí mismo, impulso hacia una perfección. 91

         El instinto sexual asegura, tal vez, la conversión de la especie, pero no su perfeccionamiento. En cambio el amor sexual (…)  en lugar de preexistir a su objeto, nace siempre suscitado por un ser que aparece ante nosotros, y de ese ser es alguna cualidad egregia lo que dispara el erótico sopor. 91

         Cuando el amor es plenario culmina en un deseo más o menos claro de dejar simbolizada la unión en un hijo en quien se prolonguen y afirmen las perfecciones del ser amado. Ese tercer elemento precipitado del amor, parece recoger en toda pureza su esencial sentido. El hijo no es del padre ni de la madre: es unión de ambos personificada y es afán de perfección modelo en carne y en alma. Tenía razón el ingenuo Platón: el amor es anhelo de engendrar en lo perfecto. 92

         No hay nadie que vea las cosas en su nuda realidad. El día que esto acaezca será el último día del mundo, la jornada de la gran revelación. 94

         Se desea cuando hay sed, un vaso de agua; pero no se ama. Nacen, sin duda, del amor deseos; pero el amor mismo no es desear. 97

         Cuando la atención se fija más tiempo o con más frecuencia de lo normal en un objeto, hablamos de “manía”. El maniático es un hombre con un régimen atenciones anómalo. Casi todos los grandes hombres han sido maniáticos, solo que las consecuencias de su manía, de su “idea fija”, nos parecen útiles o estimables. Cuando preguntaban a Newton como había podio descubrir su sistema mecánico del universo, respondió: “Nocte dieque incubando” (“pensado en ello día y noche”). Es una declaración de obseso. En verdad, nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen atencional. 101-2

         El “enamoramiento”, en su  iniciación, no es más que eso: atención anómalamente detenida en la otra persona. Si ésta sabe aprovechar su situación privilegiada y nutre ingeniosamente aquella atención, lo demás se producirá con irremisible mecanismo. Cada día se hallará más adelantado sobre la fila de los toros, de los indiferentes; cada día desalojará mayor espacio en el alma atenta. Esa se irá sintiendo incapaz de desatender a aquel privilegiado. los demás seres y cosas serán poco a poco desalojados de la conciencia. 103

         Reconozcamos en el “enamoramiento”  -no hablo del amor sensu stricto-  un estado inferior de espíritu, una especie de imbecilidad transitoria. 106

         Lo que hacemos es aislar un objeto anormalmente, quedarnos sólo con él, fijos y paralizados, como el gallo ante la raya blanca que lo hipnotiza. 106

         Así no hay amor sin instinto sexual. El amor usa de éste como de una fuerza bruta, como el bergantín usa del viento. El “enamoramiento” es otro de esos estúpidos mecanismos, pronto siempre a dispararse ciegamente, que el amor aprovecha y cabalga, buen caballero que es. No se olvide que toda la vida superior del espíritu, tan estimada en nuestra cultura, es imposible sin el servicio de innumerables e infiores automatismos. 106-7

         El proceso místico es como mecanismo psicológico análogo al enamoramiento. Se parece tanto, que coincide con él hasta en el detalle de ser fastidiosamente monótono. como el que se enamora se enamora lo mismo, los místicos de todos los tiempos y lugares han dado los mismos pasos y han dicho, en rigor, las mismas cosas. 113

         La única diferencia, a veces importante, es ésta: algunos místicos han sido “además” grandes pensadores, y al hilo de su misticismo nos comunican una ideología, en ocasiones, genial. 113

         La vida mística comienza por evacuar de nuestra conciencia la pluralidad de objetos que en ella suele haber y que permite el anormal movimiento de la atención. Así en San Juan de la Cruz, el punto de partida para todo avance ulterior es “la casa sosegada”. Embotar los apetito y las curiosidades: “un desasimiento grande de todo”  -dice santa Teresa-,  “un arrancamiento del alma”; esto es, cortar las raíces y ligamentos de nuestros intereses mundanos plurales, a fin de poder quedar  “embebidos” (Santa Teresa) en una sola cosas. 115

         No hay arrobo místico sin previo vacío de la mente. “Por esto  -dice san Juan de la Cruz-   mandaba Dios que el altar donde se habían de hacer los sacrificios estuvieses de dentro vacío”, “para que entienda el alma cuán vacía la quiere Dios de todas las cosas”. Y un místico tudesco, más enérgicamente aún, expresa ese alejamiento de la atención para todo lo que no s una sola cosa  -Dios-., diciendo: “Yo he desnacido”. El propio San Juan dice bellamente: “Yo no guardo ganado”; esto es, no conservo preocupación ninguna. 116

         T ahora viene lo más sorprendente: una vez que la mente ha sido evacuada de todas las cosas, el místico nos asegura que tiene a Dios delante, que se halla lleno de Dios. Es decir, que Dios consiste justamente en ese vacío. Por eso habla el maestro Eckhart del “silente desierto de Dios” y San Juan de la “noche oscura del alma”; oscura y, sin embargo, llena de luz; tan llena que, de puro haber sólo luz, la luz no tropieza con nada y es tiniebla. “Esta es la propiedad del espíritu purgado y aniquilado cerca de todas particulares aficiones e inteligencias, que en este no gustar nada ni entender nada particular, morando en su vacío, oscuridad y tinieblas, lo abraza todo con gran disposición para que se verifique en él lo de san Pablo: Nihil habentes ete omnia possidentes.” (No tiene nada y lo poseen todo.”) San Juan denomina en otro sitio este vacío repleto, esta oscuridad luminosa, con la fórmula más deleitable: es  -dice-  “la soledad sonora”. 116-7

         El colmo del desdén consiste en no dignarnos descubrir los defectos del prójimo, sino, desde nuestra cultura inaccesible, proyectar sobre ellos la luz favorable de nuestro bienestar. Así para el místico y el amante correspondido, todo es bonito y gracioso. E que al volver, tras su etapa de absorción, a mirar las cosas, las ve, no en ellas mismas, sino reflejadas en los único que para él existe: Dios o lo amado. 122

         El deleite del “estado de gracia”, dondequiera que se presente, estriba, pues, en que uno está fuera del mundo y fuera de sí. Esto es, literalmente, lo que significa “ex-stasis”: estar fuera de sí y del mundo. 123

         En nuestra convivencia con el prójimo nada nos interesa tanto como averiguar su paisaje de valores, su sistema de preferir, que es raíz última de su persona y cimiento de su carácter. Asimismo, el historiador que quiera entender una época necesita, ante todo, fijar la tabla de valores dominantes en los hombres de aquel tiempo.134

         Un hombre que toda su vida marcha en contra de su nativa inclinación es que nativamente está inclinado a la falsedad. 138

         El sumo error, desde el Renacimiento hasta nuestros días, fue creer   -con Descartes-   que vivimos de nuestra conciencia, de aquella breve proporción de nuestro ser que vemos claramente y en que nuestra voluntad opera. Decir que el hombre es racional y libre me parece una expresión muy próxima a ser falsa. Porque, poseemos razón y libertad; pero ambas potencias forman sólo una tenue película que envuelve el volumen de nuestro ser, cuyo interior ni es racional ni es libre. Las ideas mismas de que la razón se compone nos llegan hechas y listas de un fondo oscuro, enorme, que está situado debajo de neutra conciencia. Paradójicamente, lo deseos se presentan en el escenario de nuestra mente clara como actores que vienen ya vestidos y recitando su papel de entre los misteriosos, tenebroso bastidores. 138-9

         La verdad es que, salvo esa somera intervención de nuestra voluntad, vivimos de una vida irracional que desemboca en la conciencia, oriunda de la cuenca latente, del fondo invisible que en rigor somos. 139

         Probablemente, no hay más que otra cosa aún más íntima que el amor: la que pudiera llamarse “sentimiento metafísico”, o sea, la impresión radical, última, básica que tenemos del universo. 140

         Sirve ésta de fondo y soporte al resto de nuestras actividades, cualesquiera que en ellas sean. Nadie vive sin ella, aunque no todos la tienen dentro de sí subrayada con la misma claridad. Contiene nuestra actitud primaria y decisiva ante la realidad total, el sabor que el mundo y la vida tiene para nosotros. El resto de nuestros sentires, pensares, quereres se mueve ya sobre esa actitud primaria y va montando en ella, coloreado pro ella. 140

         Al hombre normal le “gustan” casi todas las mujeres que pasan cerca de él. Esto permite destacar más el carácter de profunda elección que posee el amor. Basta para ello con no confundir el gusto y el amor. 141

         La Iglesia ha sido en otro tiempo excelente psicóloga y es una pena que se haya quedado retrasada en los último siglos. Ello es que, clarividente, reconocía la inocencia de todos los “primeros movimientos”. 142

         No sólo somos atraídos, sino que nos interesamos. Lo uno se diferencia de lo otro como el ser arrastrado del ir uno por sí mismo. 142

         Este interés es el amor , que actúa sobre las innumerables atracciones sentidas, eliminando la mayor parte y fijándose sólo en alguna., Produce, pues, una selección sobre el área amplísima del instinto, cuyo papel queda así reconocido y a la vez limitado. 142-3

         Si es una tontería decir que el verdadero amor del hombre a la mujer, y viceversa, no tiene nada de sexual, es otra tontería creer que amor es sexualidad. Entre otros muchos rasgos que los diferencian, hay éste, fundamental, de que el instinto tiende a ampliar indefinidamente el número de objetos que lo satisfacen, al paso que el amor tiende al exclusivismo. Esta oposición de tendencias se manifiesta claramente en el hecho de que nada inmunice tanto al varón para otras atracciones sexuales como el amoroso entusiasmo por una determinada mujer. 143.

         Es, pues, el amor, por su misma esencia, elección. 143

         Que el instinto sexual es ya de por sí selectivo fue una de las grandes ideas de Darwin. El amor sería una segunda potencia de selección mucho más rigurosa. 143

         La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora. 144

         El amor es monótono, insistente, pesadísimo; no soportaría nadie que se lo repitiese muchas veces la frase más ingeniosa, y, en cambio, exige la reiteración innumerable de que el ser amado le ama. Viceversa: cuando alguien no ama, el amor que le es dedicado le desespera, le atosiga pro su extremada pesadumbre. 144

         La belleza que atrae rara vez coincide con la que enamora. 144

         Siempre ha visto que de las mujeres plásticamente más bellas se enamoraban poco los hombres. En la sociedad existen algunas “bellezas oficiales” que en teatros y fiestas la gente señala con el dedo, como momentos públicos; pues bien: casi nunca va a ellas, el fervor privado de los varones. Esa belleza es tan resueltamente estética, que convierte a la mujer en objeto artístico y con ello la distancia y aleja. Se la admira  -sentimiento que implica lejanía-,  pero no se la ama. El deseo de proximidad, que es la avanzada del amor, se hace, desde luego, imposible. La gracia expresiva de un cierto modo de ser, no la corrección o perfección plásticas, es, a mi juicio, el objeto que eficazmente provoca el amor. 145

         Hay personas que no evolucionan, caracteres relativamente anquilosados (en general, los de menos vitalidad: prototipo, el “buen burgués”). 150

         Las nueve partes de lo que se atribuye a la sexualidad es obra de nuestro magnifico poder de imaginar, el cual no es obra ya un instinto, sino todo lo contrario: una creación. 156

         La notoria desproporción entre el sexualismo del hombre y el de la mujer, que hace a ésta, normalmente, espontáneamente, tan moderada en “amor”, coincide con el hecho de que la hembra humana suele disponer de menos poder imaginativo que el varón. 156

         Quien haya observado con algún cuidado el alma femenina pondrá en duda, como suceso normal, el entusiasmo erótico de la mujer por la belleza masculina. Y hasta puede predecirse qué tipo de mujer serán la excepción a esta regla. Helo aquí: primero, las mujeres de alma un poco masculina; segundo, las que desde luego han practico sin limitaciones la vida sexual (prostitutas), Tercero, las mujeres normales que tienen tras de sí una vida sexual plenamente ejercitada y llegan a la madurez; cuarto, las que por su constitución psicofísiológica vienen al mundo dotadas de “gran temperamento”. 164

         La coalescencia de lo natural (instintos) con lo cultural (concreciones específicamente humanas) hace irreconocible al instinto, lo convierte en magnitud histórica que nace un día para desaparecer otro, y entremedias sufrir las más hondas modificaciones. 220

         Se discute largamente una ley financiera o un reglamento de circulación, y, en cambio, no se comentan las tendencias sentimentales que llevan como en brazos la vida íntegra de nuestros contemporáneos. 173

         De las “bellezas oficiales” sólo se enamoran los tontainas y los mancebos de botica. Son momentos públicos,  curiosidades que uno contempla de lejos y sin detenerse. Ante ellas se siente uno turista y no amante. 197

         Nadie puede saltar fuera de su sombra ni tener otras convicciones que las que tiene. 198

         Por inteligencia entiendo tan sólo que la mente reaccione ante los hechos con alguna agudeza y precisión, que no se tome el rábano perpetuamente por las hojas, que no se confunda lo gris con lo pardo y, sobre todo, que se vea lo que se tiene delante con un poco de exactitud y de rigor, sin suplantar la visión con palabras mecánicamente repetidas. 198

         La inteligencia se manifiesta sobre todo  -no en el arte, no en la ciencia-  en la intuición de la vida. Ahora bien, el intelectual  no vive apenas, suele ser un hombre muy  pobre de intuiciones, no actúa penas en el orbe, conoce poco la mujer, los negocios, los placeres, las pasiones. Lleva una existencia abstracta y raramente puede arrojar un trozo de auténtica carne viva a los colmillos puntiagudos de su intelecto. 200

         La coincidencia ni implica ni siquiera prefiere ser identidad de juicio. No se trata de que coincidan las ideas, sino las vidas. 206

 

 

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[1] Espasa-Calpe, Madrid, 1984.