Infiel

             

              David montó en cólera contra aquel hombre y dijo a Natán: “Vive Yavé que el que ha hecho tal cosa es digno de muerte, y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad.”   Natán dijo entonces a David: “¡Tú eres ese hombre!” (2Sam 12,5-7).

 

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           Hace tiempo y en unas lejanas tierras, un monarca, para evitar la mendicidad en su reino, puso en práctica una singular y atroz medida: aquel que diera limosna a un pobre le sería amputada la mano que la de.

           La medida fue eficacísima.

     Sin embargo hubo quien obedeciendo a su conciencia transgredió la prohibición. En cierta ocasión, una joven llena de conmiseración ante la solicitud de un pordiosero moribundo ofreció una pequeña limosna, y consecuentemente, al ser sorprendida por la guardia real, le fue seccionada la mano.

       Por aquel entonces, el monarca que había enviudado, buscaba esposa. Después de mucho transitar por todo el reino sin encontrar a la deseada futura reina, cierto día se fijó inesperadamente en el rostro bellísimo de una joven, quedándose prendado de su semblante noble y bondadoso.

         Pero… ¡Oh!… A aquella doncella le faltaba una mano. Cuando el joven monarca se enteró, montó en cólera y juró aplicar “el ojo por ojo” y cortar al responsable aquello no solo  una mano sino las dos.

           La muchacha, al saberlo, se ocultó. Durante mucho tiempo la buscaron por todo el reino; cuando por fin dieron con ella, la condujeron a presencia del rey. La joven se negó, rotunda, a decir cuál era la causa y quién el responsable de la amputación.

           —Dime quién te ha hecho eso, y ahora mismo ejecutaré el juramento que hice!

           Ella se negó una y otra vez, y por fin dijo:

          —¿Y si fuera Vuestra Majestad… lo haríais?

           —Sí, lo haría ¾dijo categórico.

           La muchacha se echo a llorar; pero no dijo nada. Y se retiró, tan sólo con la promesa de hacérselo saber.

           La joven angustiada, desapareció. Por muchos años la buscaron inútilmente. En aquel tiempo el monarca supo la razón de su huida, y que en definitiva el mismo era el responsable último…

           En cierta ocasión, el rey, que jamás había podido olvidar los ojos de aquella joven, como un relámpago los descubrió tras el velo de cubría un rostro en medio de la multitud. Se acercó con su comitiva, y le mandó descubrirse…

           —¿Por qué os habéis ocultado de mí? ¿No deseabais ser la reina? O ¿Acaso no soy de vuestro agrado…; no me amáis, tal vez?

           Ella, mirando las manos del monarca, se echó a llorar desconsoladamente… Se mantuvo en silencio un instante, y enjugándose los ojos, dijo digna, con palabras que, como un sable, atravesaron el pecho del monarca:

       —Veo, Majestad, que poseéis las manos. No habéis sido fiel a vuestro juramento… Mi corazón no os puede amar.

           Se cubrió de nuevo el rostro, y se alejó perdiéndose entre la multitud.

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En la infidelidad nos perdemos….; en primer lugar a nosotros mismos. De modo que «si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno.» (Mt 5,30)

La importancia que damos a la palabra dada, habla de nuestra seriedad, de nuestro respeto a nosotros mismos, de nuestra integridad, de nuestra grandeza como persona. 

La peor de las infidelidades es la que se comete con uno mismo. «el que peca se perjudica a sí mismo» (Eclo 19,4).

Quien en lo es fiel a sí mismo, ¿con quién lo será? «El que es malo para sí, ¿para quién será bueno?» (Eclo 14,5).

De una persona sin palabra, se puede esperar cualquier cosa…

El que falta al compromiso de su palabra, se traiciona a sí mismo. El deshonor (la pérdida de dignidad) no es del engañado -que puede sentirse frustrado, decepcionado, estafado, humillado, etc.- sino del que engaña. ¡Ay, del que pierde la dignidad! Lo pierde todo.

 

Aún después de todo, de la fragilidad… nos queda la esperanza de la misericordia inmerecida: «La fidelidad de Dios es más fuerte que la infidelidad del hombre« (Rom 11,28-29).

 

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