
Ya lo mencionó san Pablo (2 Tes 1-12), al referirse a ciertos tiempos en que se aparecería el Anómos (en griego: ho ánomos), el hombre sin Ley. (Ah, entiéndase: varón o mujer).

«Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento.»
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Necesitamos de Dios. Y no ya por la fragilidad de la vida humana, experimentada en momentos de pandemias, o la conocida expresión de desespero de «sólo un Dios nos puede salvar» de Martin Heidegger en 1966, que pronunciara ante lo dantesco del siglo XX, con sus horrorosas de las guerras mundiales consecuencias de un hombre convertido en alimaña, y que «dejado de la mano de Dios», y el destino amenazador de la potencia tecnología, sería capaz de destruir el mundo entero; sino —y principalmente— por la responsabilidad del quehacer(se) cotidiano de cada uno de nosotros, en que nos jugamos algo muy importante: nuestro destino definitivo, la condenación o salvación eternas.
